«Y VIO DIOS QUE ERA BUENO»
Sería redundante tratar de destacar la importancia de los medios de comunicación social, verdadero "signo de los tiempos", en el mundo actual, y como cualquier realidad terrena, están sometidos a una ambigüedad, que es preciso discernir teológicamente.
Lo anterior no les resta nada de s importancia y trascendencia. Tienen un poderío singular para convertir el mundo en una "aldea", para hacer de él una "mesa redonda", para marcar paradigmas y ritmos a una nueva cultura.
Los medios masivos de
comunicación se han convertido en el espacio público donde prácticamente toda la
sociedad participa en la creación de una cultura común. Leer un periódico,
entrar en un cine, poner la televisión o conectarse al Internet, es una manera
de decidir qué tipo de cultura queremos. Los medios masivos son la arena del
debate público donde exploramos nuevos valores, nuevos modos de ver y nuevos
mitos culturales.
¿Quién podría pretender estar inmunizado frente a la influencia de la comunicación social?
Los modernos medios de comunicación social han conseguido presentar al hombre actual una religión alternativa, con sus templos, sus mitos y sus ritos, sus santos y sus mártires. A ellos recurren muchas personas en busca de consejo y de consuelo, como otras recurren al confesor o al psiquiatra.
Alguien comentaba que ya era común ver la moderna torre de comunicación como un símbolo alternativo de la vieja catedral que dominaba la ciudad. Es una forma de afirmar el papel central que desempeñan los modernos medios de comunicación social en la sociedad y en la cultura moderna.
Los medios de comunicación
social son tan poderosos que fascinan y dan miedo a la vez. Como todo lo
poderoso y lo sagrado. Por eso abundan las actitudes rígidas y dogmáticas ante
ellos, particularmente en el campo eclesial. Unos los demonizan y ven en ellos
la razón de todos los males actuales de la humanidad. Otros los consagran y
absolutizan, hasta esperar de ellos la salvación presente y futura de la
humanidad. Ninguna de estas actitudes resulta, a la larga eficaz. El miedo
paraliza y mata. Es preciso liberarse de él, mientras que la entrega sin juicio
ni discernimiento conduce a la idolatría y coloca al borde del abismo.
Por eso se ha insistido en la necesidad de una mayor profundización teológica para definir el lugar social y eclesial de los modernos medios de comunicación social. Sólo una sana teología de dichos medios puede garantizar una actitud frente a ellos equidistante de la demonización y la idolatría.
Hay presupuestos teológicos obvios y elementales que fácilmente se olvidan al enjuiciar los modernos medios de comunicación social. Vamos a recordar uno de ellos.
«Y VIO DIOS QUE ERA BUENO»
Este presupuesto teológico es obvio, aparece ya en la primera página de la Biblia, en el relato de la creación, cuando se narran los orígenes se dicen las mayores verdades sobre la naturaleza y la finalidad de las cosas. Por eso es tan sabia y tan honda la sabiduría que hay detrás de los relatos que narran la historia de los orígenes. ¡Lástima que la razón científica e instrumental haya perdido el respeto y haya pretendido desautorizar esta corriente! Es frecuente olvidar la sabiduría trascendente y sustituirla por algunas afirmaciones empíricas de alcance inmediato.
Creó Dios todas las cosas. «Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien. Y atardeció y amaneció: día sexto» (Gén 1,31). Todo lo que Dios había hecho era bueno.
Para captar toda la hondura
de esta bondad, es preciso traspasar los niveles meramente morales. La bondad de
la creación es más que una bondad moral Se trata de la bondad de las mismas
cosas, al margen del uso que el hombre pueda hacer de ellas. Se trata de la
aptitud intrínseca de las cosas para acomodarse al plan providencial de Dios
sobre esta creación. Estas afirmaciones son presupuesto de toda teología de las
realidades terrenas.
Desgraciadamente la invasión de ideas dualistas en el ámbito del pensamiento cristiano, han distorsionado las cosas de una manera importante. De ellas se deriva la idea de que el alma y el espíritu deben liberarse de la carne y la materia. Entre la materia y el espíritu se da una batalla a vida o muerte. El triunfo de la carne y la materia sería el triunfo de lo demoníaco; el triunfo del alma y del espíritu sería el triunfo de lo divino. Son tesis centrales del dualismo maniqueo.
Tal como suenan, quizá no sean suscritas por ningún cristiano, y menos por los teólogos, pues suenan a exageraciones. Pero ¿Quién no ha culpado al mundo, al demonio y a la carne o a la materia de todo el mal que hay en las personas y en la sociedad? Incluso hay catecismos famosos que lo proclaman.
El dualismo maniqueo es, a todas luces, una teología falsa de la creación y no puede ser una teología cristiana. Por consiguiente, no podría servir como base para una teología de los medios de comunicación social.
Es verdad que éstos medios son hechura de manos humanas. Pero no hay que olvidar que son materiales, que están hechos de materia, de materias primas convertidas luego en instrumentos tecnológicos.
Aunque se multipliquen el mal y el pecado en el campo de acción de los medios de comunicación social, nunca será acertado buscar la razón en la condición material de éstos, pues sería una valoración equivocada.
Una estigmatización de la materia como demoníaca condena al fracaso la comunicación humana o, cuando menos, la descalifica teológicamente, dado que toda comunicación humana es una comunicación necesitada de mediaciones. El cuerpo humano -la carne- y todo lo que es extensión del cuerpo humano son mediaciones obligadas de la comunicación. La comunión inmediata es privilegio de Dios o, por lo menos, no pertenece al ámbito de esta historia terrena. ¿Tendrá que reducirse la teología de los medios de comunicación a descalificarlos teológicamente, simplemente porque son materiales? ¿Dónde encontraremos unos medios de comunicación que sean exclusivamente espirituales? ¿Cómo podríamos comunicarnos si tuviéramos que prescindir de la materia?
Ciertamente, éstas son posiciones son extremas, radicales y extravagantes. Pero no conviene ignorar su incidencia en la valoración teológica de los modernos medios de comunicación social. De hecho la Iglesia superó una primera fase de recelo y desconfianza frente a dichos medios. De esa actitud negativa y condenatoria pasó luego a una acogida entusiasta -y no carente de cierta ingenuidad- de los medios como cauces de evangelización.
Finalmente, se está consiguiendo una actitud más ponderada, realista y crítica. Detrás de todas estas actitudes hay diferentes interpretaciones teológicas de las realidades terrenas. ¿Qué teología garantiza una valoración verdaderamente cristiana de los modernos medios de comunicación social?
En cuanto a realidades
naturales, los medios de comunicación social merecen una valoración teológica
positiva. «Vio Dios que todo era bueno». Deben ser vistos como "dones de Dios»,
y deben ser iluminados desde una sana teología de la creación.
Desde esta perspectiva, el papel de la prensa moderna, el aparato de radio, la pantalla de la televisión, la computadora... no son cosas mejores ni peores, más sagradas o más profanas que el papel de una Biblia, el mosaico de un púlpito, la madera de una talla de Cristo. La materia no es mala. Es creación de Dios y, corno tal, tiene una bondad que le es esencial y anterior a toda manipulación por parte del hombre.
La teología de la «Gaudium et spes» insiste una y otra vez en esta tesis de la teología cristiana y en la autonomía de las realidades terrenas, es decir, en su densidad y consistencia propias, antes de cualquier utilización por parte del hombre.
La Iglesia, antes que nadie, está obligada a aceptar y respetar esta bondad de las realidades terrenas.
Es verdad que al relato de la creación sigue inmediatamente el relato del pecado original. También este relato es esencialmente teológico. Pero aquí el centro ya no es la materia inerte, sino el ser humano, cuerpo y espíritu a la vez. El mal no brota desde el corazón de la materia, sino desde el corazón del hombre. El relato del pecado original toca de lleno a las relaciones entre Dios creador y el hombre responsable de la creación. El hombre ha querido ser el centro absoluto del mundo y de la historia y ha quebrantado así el ordenamiento inicial de la creación.
El hombre se ha cerrado sobre sí mismo, y ha perdido la original referencia teológica que le permitía orientarse en medio de la creación y de la historia. Con el pecado se introduce la ambigüedad en las realidades terrenas. Lo que- originalmente era bueno, sigue siendo bueno, pero las manos del hombre lo someten a la ambigüedad de una historia que es ya mezcla de gracia y de pecado.
Los modernos medios de
comunicación social no son simple materia prima o materia bruta. No son materia
virgen, tal como saliera de la mano de Dios o de las entrañas de esta creación,
sino que son materia manipulada, manufacturada, transformada por el hombre... en
función de la comunicación (y a veces de otros fines ocultos).
Los medios de comunicación social no son meras realidades terrenas; forman parte de las realidades culturales, y como tales deben ser calificados y discernidos teológicamente, para evitar tanto la demonización como la sacralización de los mismos.
Basado en una reflexión propuesta en el libro “Teología de la Comunicación” de Felicísimo Martínez Díaz, O. P. de la Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1994