YO
«Yo».
Una sola palabra.
La más densa. La que encierra mi propio misterio.
La que expresa mi ser.
El
mayor regalo que Dios me ha dado es ser yo mismo. Dios me ama por ser quien soy.
Yo
soy «yo», desde que nací;
lo soy ahora, a los 52 años; y lo seré a los 70 (si Dios me presta vida). Con el paso
del tiempo han cambiado las células de mi
cuerpo, pero sigo siendo «yo»;
ha ido cambiando mi personalidad, pero
no mi persona. Y no cambiará: seré «yo» aunque me amputaran
un brazo, o me convierta en
delincuente, o pierda la fe.
Podré
cambiar y ser
mejor o peor, pero jamás dejaré
de ser yo mismo. Ni siquiera
la muerte es capaz de
destruir mi «yo»;
seré «yo»
por toda
la eternidad; «yo» viviré para siempre con
Dios.
Soy
mi permanente compañero.
Puedo convertirme
en mi mejor aliado
o mi peor enemigo; pero
no puedo separarme de mí.
Soy
único e irrepetible. Solo «yo» tengo la experiencia de
ser quien soy.
Sobre
mi persona se apoya
una serie de cualidades y defectos, de rasgos
físicos y habilidades. Mi
«yo»
está atrás de todas mis vivencias:
pienso, me duele la rodilla, soy abrazado, siento
frío, amo, estoy enojado, disfruto
una buena comida.
Mi
persona esta esencialmente
referida a un cuerpo, pero no se identifica totalmente ni con él; ni con mi alma. Yo
no sería «yo»
sin este cuerpo concreto. No puedo
decir que "tengo" un cuerpo
y un alma, como digo que tengo unos
zapatos; «yo»
soy cuerpo y alma; soy espíritu
encarnado.
Aunque
a veces me rebelo
contra mi mismo por mis
defectos, limitaciones o fallas,
no estaría dispuesto aún si pudiera
a cambiarme
por
otro.
No
me importa
que ese
"otro" tenga mejor salud, más fuerza de voluntad, más simpatía,
más inteligencia, mejor
relación con Dios. No me
importa ese «otro» sea como sea; yo me quedo con
este «yo»,
pues es el mayor regalo que Dios me ha dado.
Bajo esta premisa, deseo por supuesto acercarme a la perfección a la que puedo aspirar. Por ello, pido a mi Madre Santísima, que interceda ante su Hijo Amado, para que logre mis propósitos y me realice en este campo, que es el que realmente tiene trascendencia para mi verdadera vida.
Desarrollado
por el C. M. Alfonso de Jesús Marín González, basado en una reflexión
publicada por el Padre Fernando Torre Medina Mora en la Revista La
Cruz.