¿Y LA ORACIÓN?
Orar es hoy, para muchos cristianos, una empresa difícil.
Hay
quien la escamotea aduciendo que no sirve o que «trabajar es orar»; hay quienes
la arrinconan,
excusándose
por no encontrar tiempo para orar, y hay quienes
reconocen la dificultad real pero no oran porque no
saben qué decir. Tampoco faltan, entre los más devotos,
los que
«usan muchas palabras como los paganos»,
pidiendo
sólo cosas buenas en apariencia.
Para todos estos, Jesús desplaza la clave del problema: no se trata de orar para satisfacer determinadas necesidades, sino para descubrir que Dios es Padre y llama a todos los hombres a la comunión de amor con él y en él.
Por
consiguiente, orar no es una cuestión de
decir cosas, sino una cuestión de
amor, que puede expresarse con palabras, pero también en silencio, y que
progresivamente va acaparando toda la
vida convirtiéndola en una sola e
incesante oración.
La Palabra eficaz que envía Dios a la tierra vuelve a Él después de haber cumplido su designio; se ha hecho carne, es Jesús: cualquier palabra suya encierra un poder extraordinario.
Es él quien nos dice: «Vosotros orad así: “Padre nuestro…”».
Pidamos, pues, a Cristo que nos enseñe a repetir la oración con su mismo corazón, para que crezca en nosotros, día tras día, el amor filial y confiado con nuestro Padre celestial y con la oración crezca la caridad, que se traduce en perdón con los hermanos. Entonces nuestra tierra fecundada con la Palabra producirá frutos de vida nueva y dará pan de misericordia para saciar el hambre de toda la humanidad.
Oh
Dios, que en Jesús, tu Hijo amado, nos concedes
el privilegio de poder llamarte «Padre», perdona si nuestro
corazón no salta de júbilo cada vez que nos atrevemos
a pronunciar tu dulcísimo nombre.
Perdona las veces que nos dirigimos a ti distraídamente, como si fuese la cosa más obvia, mientras millones de hombres viven atenazados por la angustia y el sinsentido sencillamente porque ninguno les ha dicho nunca que tú les amas con ternura de padre y de madre.
Concédenos a nosotros la pureza de corazón que permita a los rectos y a los «pequeños» quedarse atónitos y asombrados con el sólo recuerdo de tu nombre. No permitas que desperdiciemos tontamente el don tan grande de poder invocarte seguros de que nos escuchas porque somos tuyos y tú eres nuestro Padre.
Extractado de LECTIO DIVINA Tiempo de Cuaresma, Editorial Verbo Divino