«Dentro de otro poco volveréis a verme»

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El tiempo de la Iglesia es el tiempo en el que el discípulo se encuentra atrapado entre dos gozos: el del mundo y el de Cristo.

El gozo del mundo está ligado a la consecución de valores efímeros, como un saber puesto al servicio de intereses materiales; de una carrera social, científica; de la fama; de la rentabilidad económica de nuestras opciones.

Lo anterior, sin tener en cuenta la exasperación de la sensualidad y de las sensaciones fuertes e impulsadas al extremo.

Con estas cosas suele gozar el mundo.

En cambio, el gozo que viene de Jesús deriva de ser sus discípulos, de saber que Él está cerca en todo momento, que gastar la vida por Él y por los hermanos es una inversión ventajosa y un honor grande; que lo único necesario es no perderle a Él, sentir su proximidad, estar seguros de caminar hacia su posesión.

Nuestro corazón se encuentra ubicado entre estos dos gozos: el primero es más inmediato, aunque fugaz: el segundo es más paciente, pero, sin embargo, no nos decepcionará.

A veces ambos gozos se enlazan; otras, se oponen, pero a fin de cuentas, el corazón del discípulo debe estar orientado siempre hacia el «todavía no», hacia el decisivo «dentro de otro poco volveréis a verme», que nos aseguró Jesús. En ese momento, el gozo, frecuentemente querido y creído, se volverá felicidad plena y sin sombras.

ORACIÓN

Te doy gracias, Señor, por tus visitas, que me llenan de alegría. Te doy gracias también por tus ausencias, que me hacen desear tu alegría. Bendito seas, ahora y siempre, porque sabes cómo gobernar mi corazón y atraerlo a ti.

Permíteme pedirte hoy que no me dejes demasiado solo a merced de los gozos de este mundo, para que no quede conquistado por ellos. Que no me dejes tampoco demasiado solo en las pruebas que el mundo me procura, para que no desespere de tu consuelo.

Sé que debería estar siempre alegre, «en lodo tiempo», que siempre debería bendecirte y darte gracias. Sé que un discípulo tuyo no debería estar nunca triste. Pero tú socórreme cuando este mundo me parezca demasiado dulce, para que no me embriague, y también cuando me parezca demasiado amargo, para que no me aplaste. Ayúdame a buscar mi consuelo y mi gozo en Ti Y no dejes de hacerte sentir por este pobre corazón mío, tan frágil y titubeante.