VIVIR EN ESTADO DE MISIÓN: MANDATO DEL SEÑOR
La
naturaleza misionera de la Iglesia se concretiza en el compromiso misionero de
cada comunidad eclesial y de cada cristiano, en los diversos contextos de la
realidad humana.
En efecto, la vocación de la Iglesia y de cada cristiano tiene una dimensión universal: lo abarca todo y a todos, en todo tiempo y lugar, pues la salvación que Dios nos ha ofrecido en Cristo está destinada a toda la humanidad y a la creación entera. Todos hemos sido llamados "a esta unión con Cristo, luz del mundo, de quien procedemos, por quien vivimos y hacia quien caminamos" Lumen Gentium LG 3; cf. Ad Gentes AG 3.
El Papa Paulo VI expresó muy bien esta exigencia en Evangelí nuntiandi:
Los hombres podrán salvarse por otros caminos, gracias a la misericordia de Dios, aún si nosotros no les anunciamos el Evangelio; pero ¿podremos salvarnos nosotros si por negligencia, por miedo, por vergüenza [...] o por ideas falsas omitimos anunciarlo? (EN 80)
La dimensión misionera es una exigencia que brota de la fe y de la vida
cristiana. Por tanto, no es una labor sólo de algunas comunidades eclesiales, ni
puede quedar reducida a ciertos tiempos, sino que es un quehacer
permanente.
En ese sentido, la Misión Continental propuesta en Aparecida no puede verse como
algo opcional, sino como una exigencia que debe ser asumida de manera
inaplazable por todas las comunidades eclesiales y por cada uno de los
Discípulos y Discípulas del Señor.
El lanzamiento de esta Misión no es una ocurrencia de los pastores de América Latina y El Caribe; tampoco es una propuesta desesperada de la Iglesia ante el éxodo de los católicos hacia otras agrupaciones religiosas; ni una estrategia proselitista para ganar adeptos; tampoco resabios de una Iglesia de cristiandad o una moda del momento que pasará pronto.
La
Misión Continental es una actualización del mandato originario del Señor a sus
discípulos; en él hunde sus raíces. Responde, pues, a la naturaleza
esencialmente misionera de la Iglesia, la cual debe actualizar la oferta
salvífica de Jesús a una humanidad profundamente necesitada de dicha salvación.
Dios nos quiere trabajando a todos en su viña Y "la viña es el mundo entero (cfr Mt 13,38), que debe ser transformado según el designio divino en vista de la venida definitiva del Reino de Dios. (Juan Pablo II, Christifideles laíci ChL 1).
Ahora
bien, esta misión no es sólo de los sacerdotes, religiosos, religiosas o
miembros de Institutos de Vida Consagrada. Es una misión que compete a todos:
"También los fieles laicos son llamados personalmente por el Señor, de quien
reciben una misión a favor de la Iglesia y del mundo" (ChL 2). Cada bautizado
debe cumplir dicha misión desde su vocación específica, sus carismas personales
y su situación concreta, siempre con un espíritu de universalidad:
El Espíritu Santo provee a toda la Iglesia de diversos dones (.) infundiendo en el corazón de los fieles el mismo espíritu de misión que impulsó a Cristo (AG 4).
El anuncio de Cristo y de su reino
más que un derecho es un deber del evangelizador. Y es, a la vez, un derecho de sus hermanos recibir a través de él el anuncio de la buena nueva de la salvación... (EN 80).
Dicho de otro modo: la misión no es una graciosa concesión de un ser humano, sino una llamada de Dios, para cooperar con su plan de salvación universal.
La espiritualidad y la vivencia misionera pertenecen a la entraña de la vida cristiana.
Inspirada en el folleto “La Espiritualidad de la acción misionera, a la luz de Aparecida…” de Salvador Valadez Fuentes, de la colección Misión Continental, editado por Buena Prensa, México, 2008