CONSIDERACIONES SOBRE LA VISITACIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN

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He aquí cómo la humildad está unida a la caridad en Nuestra Señora y cómo su humildad hace que se la exalte. En efecto, «Dios mira las cosas bajas» para levantarlas (Sal 93,6; 138,6); por esta razón, al ver a la santa Virgen humillarse por debajo de todas las criaturas, proyectó sus ojos sobre ella y la levantó por encima de todas. Cosa que nos manifiesta ella misma con las palabras del sagrado cántico (Lc 1,48): «Porque el Señor ha mirado la humillación de su esclava, desde ahora me felicitarán todas las generaciones ».

Es como si hubiera querido decir a santa Isabel: «Tú me proclamas dichosa, y lo soy verdaderamente, pero toda mi felicidad procede del hecho de que Dios ha mirado mi nada y mi abyección».

Sin embargo, nuestra Señora no se contentó con haberse humillado hasta ese punto en presencia de la divina Majestad, porque sabía bien que la humildad y la caridad no alcanzan el nivel de la perfección si no se derraman sobre el prójimo.

Del amor a Dios deriva el amor al prójimo, y el santo apóstol decía (Rom 13,8; Gal 5,14; Ef 5,1 ss) que en la medida en que tu amor a Dios sea grande lo será también tu amor al prójimo. Esto es lo que nos enseña san Juan cuando dice (1 Jn 4,20): «Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve».

Así pues, si queremos demostrar que amamos realmente a Dios y queremos que nos crean cuando lo afirmamos, debemos amar a nuestros hermanos, servirles y ayudarles en sus necesidades. Así, la santísima Virgen, conociendo esta verdad, «se levantó» con prontitud, dice el evangelista (Lc 1,39), y «se fue deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá» [...], para servir a su pariente Isabel en su vejez y en su espera

Autor: Francisco de Sales, Obra: “Le esortazioni”, Roma 1992.