VISION DE SAN IGNACIO ACERCA DEL HOMBRE

Volver a Principal

Referencias entre corchetes [ ], se refieren al libro de los Ejercicios Espirituales

Se supone que una antropología (Disciplina que estudia los aspectos físicos y las manifestaciones sociales y culturales de las comunidades humanas.) proporciona una visión de la persona humana capaz de integrar todas las afirmaciones válidas que se puedan hacer sobre ella.

Una antropología integral implica la convergencia y articulación en una única construcción teórica de diversas perspectivas. En este sentido es evidentemente inútil buscar en san Ignacio una exposición sistemática sobre su propia antropología.

Sin embargo, podemos decir que tanto los estudios que realizó en París como su experiencia personal iluminada en Manresa, fundamentan su visión del hombre, misma que también se refleja en su correspondencia y en sus escritos (Ejercicios, Constituciones de la Compañía, Instrucciones, etc.). A lo largo de todos ellos, se deja traslucir algo que subyace en ellos y podemos llamar validamente una «antropología ignaciana».

En san Ignacio se da una cierta visión que nos llega con evidente acento espiritual y teológico. El hombre es un ser llamado por Dios para trascenderse a sí mismo en alabanza y servicio [23]. El «principio» del hombre (el ser creatura, que es su origen) es realmente el «fundamento» de su vida temporal y de su destino último (creado para Dios).

Hay una iniciativa de Dios en forma de don al hombre en todo [230-237], en la que podemos incluir especialmente el papel de la gracia. Pero a ello debe corresponder el hombre usando de sus potencias y cualidades: éste es el papel de la naturaleza y libertad del hombre; por eso «no debemos hablar tan largo, instando tanto en la gracia, que se engendre veneno para quitar la libertad» [369], puesto que sin esta libertad no es posible el retorno de todo al Creador: «tomad, Señor y recibid toda mi libertad...» [234].

De esta libertad y de la constitución propia de la naturaleza humana nace la tensión inevitable que caracteriza la vida mortal del hombre, tensión que podría desviarle de su fin, sea por el pecado, sea por el autoengaño de las potencias.

En el ideal del hombre (expresada en el Principio y Fundamento [23] y en la Contemplación para alcanzar amor [230-237]) surge, la necesidad de que ponga algo de su parte, de «disponerse» en un trabajo sobre sí mismo que coopere con la gracia divina. Y ello se vive con una tensión entre fuerzas contrapuestas que están tanto dentro como fuera del hombre mismo.

Hay que decir que este enfoque ignaciano quizá no sea fácilmente conciliable con cualquier visión del hombre, con las variadas (e incompatibles) concepciones o teorías de la personalidad que se ofrecen a nuestros ojos en una variedad notable. Podernos aludir brevemente al tema de la madurez humana.

A san Ignacio le interesa que el sujeto tenga una madurez, porque indirectamente podría afectar a la virtud, y al trabajo apostólico con los prójimos; la propone también porque es en ella donde se responde libremente a la gracia e invitación de Dios; y finalmente, porque la inmadurez, implicaría una menor disposición a la gracia, aunque no fuera propiamente culpable, sería una dificultad para el crecimiento espiritual.

Dicho en forma simple: no basta tener buena voluntad, ser «una buena persona», para que san Ignacio considere que hay una madurez integral; y ello, porque se podría dar, por ejemplo, la caridad indiscreta, o podría estar presente una melancolía paralizante.

Habría que ser muy cuidadosos, pues lo que produce la consolación espiritual no es una estoica renuncia a sí mismo, sino el compromiso gozoso por los valores autotrascendentes, que suponen también la fe viva.

En las escuelas psicológicas de orientación humanista el criterio de madurez es poco compatible con la idea ignaciana de persona.

Quizá la humanista sea una visión demasiado optimista del hombre (de ahí su peligro de cierto irrealismo), que parece ignorar la existencia de una tensión intrapsíquica (el «hacernos» indiferentes [23]), incluso después de haber detectado los conflictos inconscientes.

El trabajo de vencer a sí mismo y de ordenar la propia vida no termina mientras estemos en este mundo: siempre somos impedimento.

Por lo anterior, ni considerar al hombre como irremisiblemente caído, ni considerarlo optimistamente impecable, parecen concordar bien con la visión ignaciana de un hombre que es «caído por sí y con su libertad» [cf. 50] y «salvado desde fuera de sí por Otro» [cf. 53].

Al afirmar que la corrientes antropológicas no son fácilmente compatibles en su conjunto con la visión ignaciana de la persona, no se dice, naturalmente, que muchos de sus logros no puedan ser aportados para una explicación útil de temas o conceptos ignacianos, pues de hecho se ha hecho así frecuentemente y con gran provecho; más bien se quiere indicar, que hay un límite en el uso generalizado de técnicas o en la aplicación de conceptos para la interpretación filosófica y aun teológica del texto o el método propuesto por San Ignacio en sus Ejercicios .

Recordemos que san Ignacio alecciona tanto al que da como al que hace los Ejercicios; pide condiciones previas para que la experiencia no sea desaprovechada, ya que no es un método que cambie a las personas por sí misma: sino que el ejercitante tiene que poseer algunas condiciones para aprovechar la experiencia.

Se ha indicado que la visión ignaciana de la persona parece compatible con la de aquellas dos estructuras (yo-ideal y yo-actual) de una persona considerada en cuanto se trasciende y en cuanto trascendida; el Principio y Fundamento [23] parece el lugar más evidente de dicha visión.

Pero a lo largo (le los Ejercicios aparece una y otra vez esa tensión entre la razón iluminada por la fe y la sensualidad [87], que puede resolverse en favor de la autotrascendencia, incluso «contra su propia sensualidad y contra su amor camal y mundano» [97]; se afirma que el hombre puede elegir y decidir «según la mayor moción racional, y no alguna moción sensual» [182] en definitiva, se puede actuar movido por la autotrascendencia del Principio y Fundamento, «solamente mirando para lo que soy criado...» [169], que necesariamente implica salir del propio amor, querer e interés [189].

Parece que a estas dos estructuras habría que remitir últimamente todo el discernimiento, donde entran en juego los dos espíritus, «dos mociones, dos espontaneidades, una buena y que está orientada hacia Dios, otra mala y no orientada hacia Dios» , dos clases de movimientos e inclinaciones que nos suceden a todos.

En definitiva provienen de dos dinámicas diferentes: una de ellas del conjunto formado por yo-ideal, juicio reflexivo y valores; y la otra del formado por el yo-real, juicio espontáneo emotivo y necesidades.

En esta perspectiva, san Ignacio alude en ocasiones a algo que nos recuerda esos diversos niveles de vida que se dan en una relación jerárquica en la persona (superior/inferior), o indicando modalidades de motivación (razón/sensualidad) [87].

Parecen niveles jerarquizados, como se ve por ejemplo en las reglas para ordenarse en el comer, donde una necesidad de nivel psico-fisiológico se refiere sucesivamente a un nivel racional (que «sea señor de sí» [216]) y luego a un nivel absoluto religioso, (que es Jesucristo «y procure imitarle» [214]); y desde esta perspectiva invita a volver a un nivel psico-social («ver a Cristo... comer con sus apóstoles» [214]).

Los contenidos específicos de esas estructuras y niveles son también los valores y las necesidades, como se explicita claramente en este ejemplo sobre las reglas aludidas para ordenarse en el comer.

Adaptación del CM Alfonso J. Marín González, inspirada en el libro “Las Afecciones Desordenadas, Influjo del subconsciente en la vida espiritual” de Luis Ma. García Domínguez, de la Colección Manresa, editado por Mensajero-Sal Terrae, Madrid 1992.