VIRGEN DE LA ENCARNACIÓN

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«¡Oh llave de David, que abres la puerta del Reino eterno, ven y saca de la cárcel al prisionero que yace en tinieblas!» (Leccionario).

Aunque la vida de María Santísima estuvo siempre recogida y concentrada en Dios, hubo de estarlo ciertamente de una manera especialísima durante aquel período en que, por la virtud del Espíritu Santo, tuvo en sus entrañas al Verbo divino encarnado. El ángel Gabriel había ya encontrado a María en la soledad y en el recogimiento, y en esa atmósfera le había revelado los decretos de Dios: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por eso el hijo engendrado será santo, será Hijo de Dios» (Lc 1, 35).

El recogimiento había hecho a María abierta a la es­cucha del mensaje divino, abierta al consentimiento y dispuesta al don total de sí misma. En aquel momento recibió ella «al Verbo de Dios en su corazón y en su cuerpo» (LG 53) y Dios se hizo presente en María de un modo especialísimo que supera toda otra presencia de Dios en la criatura. La humilde Virgen atestigua el sublime cántico del Magnificat: «Mi alma engrandece al Señor... porque ha hecho en mí maravillas el Poderoso» (Lc 1, 46. 49).

Sin embargo, encubre en sí el gran misterio y lo vive recogida en la intimidad de su espíritu. Llegará el día en que José descubrirá la maternidad de María, pero ella no creerá oportuno romper el silencio ni para justificarse ni para dar alguna explicación. Dios que le ha hablado y que obra en ella, ayudará a defender su misterio e intervendrá en el momento oportuno.

María está segura de ello y a Él remite su causa, continuando en su silencio, fiel depositaria del secreto de Dios. Aquel silencio debió conmover el corazón del Altísimo; y he aquí que un ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo» (Mt 1, 20).

Dios no puede resistir a un silencio que es fidelidad incondicionada y entrega total de la criatura en sus manos.

A nadie como a María se entregó Dios tan abundantemente, pero tampoco criatura alguna comprendió como María la grandeza del don divino ni fue como ella tan fiel depositaria y adoradora de él.

Así se le presenta como una criatura que conoció este don de Dios; una criatura que no desperdició nada de él... Es la Virgen fiel, "la que guardaba todas aquellas cosas en su corazón"... El Padre, al contemplar esta criatura tan bella, tan “desentendida” de su hermosura, deter­minó que fuera en el tiempo la Madre de Aquel de quien Él es el Padre en la eternidad.

Vino sobre ella el Espíritu de amor que preside todas las operaciones divinas. La Virgen pronunció su «fíat»: "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra"; y se realizó con su participación, el mayor de los misterios. Por la encarnación del Verbo, María se constituyó para siempre posesión de Dios.

Y mientras María adora en silencio el misterio que se ha realizado en ella, no descuida los humildes deberes de la vida; su vivir con Dios que vive en ella no la abstrae de la realidad de la existencia cotidiana. Pero su estilo continúa siendo el de adoradora del Altísimo: «¡Con qué paz, con qué recogimiento se sometía y se prestaba María a todas las cosas! ¡Y cómo hasta las más vulgares quedaban en ella divinizadas, pues la Virgen, en todos sus actos, permanecía siendo la adoradora del don de Dios! Esta actitud no la impedía consagrarse a otras actividades externas cuando se trataba de ejercitar la caridad... La actitud observada por la Virgen durante los meses que transcurrieron entre la Anunciación y la Navidad así lo corroboran.

María enseña al cristiano el secreto de la vida interior, vida de recogimiento en Dios presente en su espíritu. Es un recogimiento hecho de huida de curiosidades, charlas, ocupaciones inútiles y adobado con silencio, con un profundo sentido de la divina presencia y de adoración de la misma.

Este silencio no es pobreza sino plenitud de vida, intensidad de deseos, grito que invoca a Dios no sólo como a Salvador propio sino de todos los demás:

«¡Oh llave de David, que abres la puerta del Reino eterno, ven y saca al hombre de la prisión del pecado!» (Leccionario).

Terminemos con esta bella evocación:

¡Cuánto me agrada contemplarte así,

oh María, profundamente recogida

en la adoración del misterio que se obra en ti!

Tú eres el primer templo de la Santísima Trinidad,

tú la primera adoradora del Verbo encarnado,

tú el primer tabernáculo de su santa Humanidad.

¡Oh María, templo de la Trinidad!

María, portadora del fuego divino,

Madre de la misericordia,

de ti ha brotado el fruto de la vida, Jesús.

Tú eres la nueva planta de la cual hemos recibido

la flor olorosa del Verbo, Unigénito Hijo de Dios,

pues en ti, como en tierra fructífera,

fue sembrado este Verbo...

¡Oh María, carro de fuego!

Tú llevaste el fuego escondido

y oculto bajo la ceniza de tu humanidad.

(Santa Catalina de Sena).

Reflexión basada en el libro “Orar con María” del P. Gabriele di Santa Maria Maddalena, I. V.,Editado por Monte Carmelo, Burgos 1987. 

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