VÍA MATRIS
El Vía Matris, es un ejercicio piadoso en el cual se medita sobre los dolores que la Virgen María, madre y cooperadora del Salvador, sufrió durante su vida, en el cumplimiento de su misión.
El fundamento teológico del Vía Matris, así como el resto de todos los ejercicios de piedad mariana, es la indisoluble unión de María con Cristo en la realización del proyecto salvífico de Dios, el cual tiene en la encarnación del Verbo y en la muerte y resurrección de Cristo, sus más altas expresiones.
La Virgen es la "íntimo socia en la realización de la obra de la redención. Por lo tanto, asociados en el designio de la salvación (cfr. Lc 2, 34-35), Cristo crucificado y la Virgen Dolorosa están también asociados en las celebraciones de la liturgia y en las manifestaciones de piedad popular.
La
intuición fundamental del Vía Matris es la de considerar toda la vida de la
Virgen, desde el anuncio de Gabriel (cfr. Lc
1, 26-38) y de la profecía de Simeón (cfr. Lc
2, 34-35) hasta la muerte y la sepultura de su Hijo, como un camino de fe y
de dolor.
En el Vía Matris este camino se realiza en siete estaciones, correspondientes a siete episodios, en los cuales la piedad del pueblo cristiano ha individuado los siete principales dolores de la Madre del Señor.
Recordemos que los Evangelios no son una biografía sino una narración y un anuncio de la obra de la salvación y de las palabras de gracia de Jesús, enviado por el Padre y lleno del Espíritu Santo. Sin embargo, nos informan sobre los varios actos realizados por Jesús y por María de Nazaret, su madre.
El ejercicio mariano del Vía Matris tiene también una clara orientación cristológica, pues "en la Virgen María todo está en relación a Cristo y todo depende de él", hasta los "dolores" se refieren al "misterio de la pasión" de su Hijo, que caracterizó los años de infancia, de la vida pública y se cumplió en la hora de la cruz: por ella son determinados, a la luz de ella adquieren un significado, unidos a ella tiene una eficacia salvadora para la vida de la Iglesia y de los fieles en forma individual.
Los sufrimientos de Cristo se volvieron más agudos en el transcurso de su vida, orientándose cada vez más decisivamente hacia el sufrimiento supremo de la muerte en la cruz: «Estamos subiendo a Jerusalén. Allí el Hijo del hombre va a ser entregado a los jefes de los sacerdotes y maestros de la ley, que lo condenarán a muerte, y lo entregarán a los paganos, para que se burlen de él, lo azoten y lo crucifiquen» (Mt 20,18-19).
De la misma forma, se volvieron más intensos los dolores de la Virgen: desde el anuncio profético de Simeón en relación a la suerte del Hijo, «signo de contradicción» (Lc 2, 34), hasta la Hora de la cruz (cfr. Jn 13, 1), momento culminante de su asociación a la pasión salvífica de su Hijo (cfr. Jn 19, 25).
En
la celebración de este ejercicio piadoso, se puede enfatizar también el aspecto
pascual del
Via
Matris: al Misterio pascual se refieren significativamente la primera estación
«María acoge resuena» una palabra de muerte y de vida: «Este niño hará que
muchos caigan o se levanten en
Israel» (Lc
2, 34); la segunda estación («María huye a Egipto con Jesús y José»), en la cual
se suceden en forma profética la huida y el regreso, la amenaza mortal del
tirano y la amorosa protección del Padre; la tercera estación («María busca a
Jesús perdido en Jerusalén»), en la cual los tres días de su pérdida se comparan
con los tres días de la sepultura.
Pertenecen también plenamente al Misterio pascual los eventos salvíficos contemplados en la cuarta estación («María encuentra a Jesús camino del Calvario»), en la quinta («María está junto a la cruz de su Hijo»), en la sexta («María recibe en su seno el cuerpo de Jesús bajado de la cruz») y en la séptima («María entrega el cuerpo de Jesús al sepulcro en espera de la resurrección»).
El
Vía Matris se detiene largamente en la contemplación amorosa del camino del
dolor de Cristo y de la Virgen. El Señor Jesús, hombre nuevo y perfecto, hecho
semejante «en todo a sus hermanos» (Hb 2, 17) fue «probado en todo, como
nosotros, excluyendo el pecado» (Hb 4,15) y compartió plenamente el misterio del
dolor y de la muerte. Y al igual que Él, su Madre, la mujer nueva, primicia de
la humanidad sin pecado.
La condición del hombre sobre la tierra conoce en forma inevitable el dolor y el llanto. Efectivamente, el sufrimiento es una experiencia humana universal y fundamental. Muchas mujeres y muchos hombres de toda época exclaman con el salmista: «pues se me va la vida en sufrimientos y los años en suspiros». Sin embargo, sabemos por la fe, que Cristo, habiendo asumido en sí mismo el mal del dolor - sufrimiento físico y sufrimiento moral -, lo venció y lo redimió. «Con la pasión de Cristo - escribió Juan Pablo II - todo sufrimiento humano se encuentra en una nueva situación. [...] En la Cruz de Cristo no sólo se cumplió la redención mediante el sufrimiento, sino que el mismo sufrimiento fue redimido».
Inspirado en el libro “Via Matris Dolorosae, Celebración del Camino Doloroso de María” editado por el Centro Mariano O.S.M., México 1999.