VENGA TU REINO
El Reino de Dios, según palabras de nuestro Señor y Salvador, «viene sin dejarse sentir. No dirán: "Vedlo aquí o allí", sino que el Reino de Dios está ya entre vosotros» (Lc 17,20-21).
También
las Sagradas Escrituras nos dicen: «Porque la Palabra está muy cerca de ti, está
en tu boca y en tu corazón para que la pongas en práctica» (Dt
30,14; Rom 10,8).
Según esto, es claro que quien ora lo hace para que el Reino de Dios nazca dentro de él, lleve fruto y se perfeccione. Porque toda persona santa es guiada por Dios, cumple sus leyes espirituales y permanece en sí mismo como en una ciudad bien ordenada. Presente en él está el Padre y reina con el Hijo en aquel alma perfecta, según el versículo: «Y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23; Mt 13,23; Mc 4,20; Lc 8,15).
Pienso que ha de entenderse por Reino de Dios el bienestar espiritual de la mente que regula y ordena los sabios pensamientos. El Reino de Cristo consiste en las sabias palabras dirigidas a quienes escuchan, hacen buenas obras y practican las virtudes.
Porque «el Hijo de Dios es para nosotros sabiduría y justicia» (1 Cor 1,30). El pecador, en cambio, está bajo la tiranía del príncipe de este mundo (1 Cor 2,6.8; 2 Cor 4,4). Todo pecador se hace amigo de este mundo, porque no se entrega a aquel «que se entregó a sí mismo por nuestros pecados para librarnos de los males de este mundo conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre», como se dice en Gálatas 1,4.
Quien libremente se somete a la tiranía del príncipe de este mundo está dominado por el pecado. Por eso, Pablo nos pide que no permanezcamos más en pecado, pues nos esclaviza. Nos amonesta en los siguientes términos: «No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal de modo que obedezcáis a sus apetencias» (Rom 6,12).
Cuando al rezar el Padrenuestro, hacemos las peticiones «santificado sea tu Nombre» y «venga tu Reino» podría alguien decir que si llega el momento en que su oración sea escuchada, habrá llegado el tiempo en que sea santificado el Nombre de Dios y, por tanto, habrá llegado su Reino.
Si esto sucede, ¿por qué continuar pidiendo por lo que ya está presente, como si aún estuviese ausente? y ¿por qué seguir diciendo «santificado sea tu Nombre, venga tu Reino»?
A esto puede responderse: Quien pide «palabras de ciencia o palabras de sabiduría» (1 Cor 12,8) siempre lo hace con rectitud, pues siendo escuchado acrecentará su sabiduría v ciencia. Pero lo perfecto, aparecerá cuando la mente tenga la capacidad de contemplar «cara a cara» las realidades inteligibles por encima de las percepciones sensibles (1 Cor 13,9-12).
De igual modo ninguno de nosotros podrá lograr que sea santificado el Nombre de Dios y que venga su Reino mientras no alcance la perfección del conocimiento, sabiduría y las virtudes.
Nos hallamos en camino de perfección siempre que «olvidando lo que está detrás nos lanzamos a lo que está por delante» (Flp 3,14).
A medida que progresamos alcanzaremos la cima del Reino de Dios cumpliéndose la palabra del Apóstol: «Cuando Cristo entregue a Dios Padre el Reino... para que Dios sea todo en todo» (1 Cor 15,24-28).
Por
esto debemos orar «sin cesar» (1
Tes 5,17) y decir a nuestro
Padre que está en el cielo: «Santificado sea tu Nombre, venga tu Reino».
Aclaremos algo sobre el Reino de Dios. Como no hay «relación entre la justicia y la iniquidad, ni entre la luz y las tinieblas, ni armonía entre Cristo y el demonio» (2 Cor 6,14-15), no pueden darse en el mismo sujeto, el Reino de Dios y el reino del pecado.
Por tanto, si queremos que Dios reine en nosotros, «no puede reinar en modo alguno el pecado en nuestro cuerpo mortal» (Rom 6,12) ni sigamos sus preceptos cuando llama a nuestra alma para obras de la carne y cosas contrarias a Dios.
Antes bien, nos propone que «mortifiquemos nuestros miembros terrenos» (Col 3,5) y produzcamos frutos del Espíritu (Gál 5,22; Jn 15,8.16) para que el Señor se resida en nosotros, como si fuésemos un paraíso espiritual (Gén 3,8; 2 Cor 6,16).
Reine Él solo sobre nosotros con su Cristo entronizado en el alma a la derecha del poder espiritual que deseamos alcanzar. Reine ahí hasta que todos sus enemigos lleguen a ser «estrado de sus pies». Desaparezcan sus enemigos con su autoridad y poder (1 Cor 15,24; Mt 26,64; Me 14,62; Lc 22,69; Sal 110,1; Is 66,1).
Esto puede suceder en cada uno de nosotros llegando a destruir el último enemigo que es la muerte, para que Cristo pueda decir en nosotros: «¿Dónde está, oh muerte, tu victoria?» (1 Cor 15,26.55).
Que lo corruptible en nosotros se vista de «incorruptibilidad». «Que este ser mortal se revista de inmortalidad» (1 Cor 15,53-54) para que por el reinado de Dios en nosotros, participemos de los bienes de «la regeneración y la resurrección» (Mt 19,28).
Autor: Orígenes. Libro: ”Escritos Espirituales” de la colección “Clásicos de Espiritualidad” de la Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1999