UNA NUEVA VIDA

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Es de noche, pero no una noche maligna, sin caminos, sino buena, rebosante de cercanía de Dios, y su Palabra nos guía. La sigo y me lleva a los orígenes de mi existencia. He escuchado las profecías que muestran el camino de la salvación a través de la historia.

La primera de ellas habla del comienzo del mundo, cuando Dios creó todas las cosas; la segunda, del principio de la historia sagrada, cuando Abraham fue llamado y selló un pacto con Él, y así las demás.

Un acontecimiento tras otro, y veo la concatenación de los hechos hasta aquella noche de la que se ha cantado calificándola como «verdaderamente dichosa», en la que el Señor resucita de la muerte y de la oscuridad de la tumba a la gloria de su vida eterna.

No sólo escucho cosas de ella, sino que participo en la experiencia que le da vida. Ahora está cercana porque cuanto Él hizo y cuanto acaece es acción divina destinada a penetrar siempre de modo nuevo en la experiencia cristiana, en el momento de la celebración sagrada.

La misma celebración me lleva a aquel principio en el que debo decir seria y gozosamente «yo nací a la nueva vida de la gracia creadora de Dios: el bautismo».

Cuando lo celebré, surgió la luz en mí. Aquella vida, que debe perdurar eternamente, comenzó en mí. En aquel momento acogí la vida de Cristo en lo íntimo de mi ser, en el alma de mi alma.

Ahora debo asumir sus consecuencias: la de ser persona que no sólo vive la vida humana, sino que he recibido el sello del Señor

Basado en un artículo de R. Guardini, del libro La pascua. Meditazioni, Brescia 1995.