"El reino de Dios está cerca. Estad seguros: no tardará".
Estas palabras, expresan el clima, impregnado de ferviente
esperanza y oración, de nuestra preparación que culminará con las fiestas
navideñas.
El Adviento mantiene viva la espera de Cristo, que vendrá a
visitarnos con su salvación, realizando en plenitud su reino de justicia y paz.
La conmemoración anual del nacimiento del Mesías en Belén renueva en el corazón
de los creyentes la certeza de que Dios cumple sus promesas. Por tanto, el
Adviento es un fuerte anuncio de esperanza, que toca en lo más hondo
nuestra experiencia personal y comunitaria.
Todo hombre sueña un mundo más justo y solidario, donde
unas condiciones de vida dignas y una convivencia pacífica hagan armoniosas las
relaciones entre las personas y entre los pueblos. Sin embargo, con frecuencia
no sucede así. Obstáculos, contrastes y dificultades de diversos tipos abruman
nuestra existencia y a veces casi la oprimen. Las fuerzas y la valentía para
comprometerse en favor del bien corren el riesgo de ceder ante el mal, que
parece triunfar en ocasiones. Es especialmente en estos momentos cuando viene en
nuestra ayuda la esperanza.
El misterio de la Navidad, que reviviremos al concluir este
periodo de Adviento, nos asegura que Dios es el Emmanuel, «Dios con
nosotros».
Por eso, jamás debemos sentirnos solos. Dios está cerca de
nosotros, se ha hecho uno de nosotros, naciendo en el seno virginal de María.
Ha compartido nuestra peregrinación en la tierra, garantizándonos la consecución
de la alegría y la paz a las que aspiramos en lo más íntimo de nuestro ser.
El tiempo de Adviento pone de manifiesto un segundo elemento
de la esperanza, que atañe más en general al significado y al valor de la
existencia. Con cierta frecuencia nos preguntamos: ¿quiénes somos?, ¿a dónde
vamos?, ¿qué sentido tiene lo que hacemos en la tierra?, ¿qué nos espera
después de la muerte?
No cabe duda de que hay objetivos buenos y honrados: la búsqueda
de mayor bienestar material, la consecución de metas sociales, científicas y
económicas cada vez más altas, o una mejor realización de las expectativas
personales y comunitarias.
Pero, ¿bastan estas metas para colmar las aspiraciones más
íntimas de nuestra alma?
El Magisterio nos invita a ensanchar nuestra perspectiva
y a contemplar la Sabiduría de Dios, que sale del Altísimo y es capaz de
extenderse hasta los confines del mundo, disponiéndolo todo "con firmeza y
suavidad".
Del pueblo cristiano se eleva espontánea la invocación:
"Ven, Señor, no tardes".
Conviene subrayar, por último, un tercer elemento característico
de la esperanza cristiana, que el tiempo de Adviento pone claramente de
manifiesto. Al hombre, que, elevándose de las vicisitudes diarias, busca la
comunión con Dios, el Adviento, y sobre todo la Navidad, le recuerda que es
Dios quien tomó la iniciativa de salir a su encuentro. Al hacerse niño,
Dios asumió nuestra naturaleza y estableció para siempre su alianza con la
humanidad entera.
Por consiguiente, podríamos concluir que el sentido de la
esperanza cristiana, que el Adviento nos vuelve a proponer, es el de la
espera confiada, la disponibilidad activa y la apertura gozosa al
encuentro con el Señor. Él vino a Belén para quedarse con nosotros para
siempre.
Alimentemos estos días de preparación inmediata para la
Navidad de Cristo, con la luz y el calor de la esperanza.
Este es el deseo que formulamos a todos los congregantes y a
sus seres queridos. Los encomendamos a la intercesión maternal de María,
Patrona de nuestras congregaciones, modelo y apoyo de nuestra esperanza.
Inspirado en el mensaje de S.S. Juan Pablo II,
durante el Adviento 2003