UN ACONTECIMIENTO DE AMOR
Jesús,
crucificado y resucitado, nos repite gozoso este anuncio pascual «He resucitado,
estoy siempre contigo». ¡Aleluya!
Mientras tanto Su Santidad Benedicto XVI, nos invita a acogerlo con íntimo asombro y gratitud, destacando que el Señor ha resucitado y nos comparte su alegría.
La Iglesia reconoce la voz misma de Jesús que, resucitando de la muerte, lleno de felicidad y amor, se dirige al Padre y exclama: Padre mío, ¡heme aquí! He resucitado, todavía estoy contigo y lo estaré siempre; tu Espíritu no me ha abandonado nunca.
Recordemos que en la solemne Vigilia de Pascua las tinieblas se convierten en luz, la noche cede el paso al día que no conoce ocaso. La muerte y resurrección del Verbo de Dios encarnado es un acontecimiento de amor insuperable, es la victoria del Amor que nos ha librado de la esclavitud del pecado y de la muerte. Es un acontecimiento de amor que ha cambiado el curso de la historia, infundiéndole un indeleble y renovado sentido y valor a la vida del hombre.
Con su sacrificio redentor Jesús de Nazaret nos ha hecho hijos adoptivos de Dios, de modo que ahora podemos insertarnos también nosotros en el diálogo misterioso entre él y el Padre. Viene a la mente lo que dijo un día a sus oyentes: «Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11, 27).
En esta perspectiva, advertimos que la afirmación «Estoy aún y siempre contigo», nos concierne también a nosotros, que somos «hijos de Dios y coherederos de Cristo, si realmente participamos en sus sufrimientos para participar en su gloria» (cf. Rm 8, 17).
Así
entramos en la profundidad del misterio pascual. El acontecimiento sorprendente
de la resurrección de Jesús, acontecimiento de amor: amor del Padre que entrega
al Hijo para la salvación del mundo; amor del Hijo que se abandona en la
voluntad del Padre por todos nosotros; amor del Espíritu que resucita a Jesús de
entre los muertos con su cuerpo transfigurado. Y todavía más: amor del Padre que
«vuelve a abrazar» al Hijo envolviéndolo en su gloria; amor del Hijo que con la
fuerza del Espíritu vuelve al Padre revestido de nuestra humanidad
transfigurada.
Esta solemnidad, nos hace revivir la experiencia absoluta y única de la resurrección de Jesús y es un llamamiento a convertirnos al Amor; una invitación a vivir rechazando el odio y el egoísmo, y a seguir al Cordero inmolado por nuestra salvación, a imitar al Redentor «manso y humilde de corazón», que es «descanso para nuestras almas» (cf. Mt 11, 29).
Como hizo en Galilea con sus discípulos antes de volver al Padre, Jesús resucitado nos envía también a nosotros a todas partes como testigos de la esperanza y nos garantiza: Yo estoy siempre con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo (cf. Mt 28, 20).
Fijando la mirada del alma en las llagas gloriosas de su cuerpo transfigurado, podemos entender el sentido y el valor del sufrimiento, podemos aliviar las múltiples heridas que siguen ensangrentando a la humanidad en nuestros días. En sus llagas gloriosas reconocemos los signos indelebles de la misericordia infinita del Dios del que habla el profeta: él es quien cura las heridas de los corazones desgarrados, quien defiende a los débiles y proclama la libertad de los esclavos, quien consuela a los afligidos y ofrece su aceite de alegría en lugar del vestido de luto, un canto de alabanza en lugar de un corazón triste (cf. Is 61, 1.2.3).
Si nos acercamos a Él con humilde confianza, encontraremos en su mirada la respuesta al anhelo más profundo de nuestro corazón: conocer a Dios y entablar con él una relación vital que colme de su mismo amor nuestra existencia y nuestras relaciones interpersonales y sociales.
Cuando
las relaciones entre personas, grupos y pueblos, están marcadas por el egoísmo,
la injusticia, el odio y la violencia, y no por el amor, podemos percibir las
llagas de la humanidad, abiertas y dolientes en todos los rincones del planeta,
aunque a veces ignoradas e intencionadamente escondidas; son llagas que
desgarran el alma y el cuerpo de innumerables hermanos nuestros.
Estas llagas esperan ser aliviadas y curadas por las llagas gloriosas del Señor resucitado (cf. 1 Pe 2, 24-25) y por la solidaridad de cuantos, siguiendo sus huellas y en su nombre, realizan gestos de amor, se comprometen activamente en favor de la justicia y difunden en su entorno signos luminosos de esperanza en los lugares ensangrentados por los conflictos y dondequiera que la dignidad de la persona humana continúe siendo denigrada y vulnerada.
Dejémonos iluminar por la luz deslumbrante de Cristo; abrámonos con sincera confianza a Cristo resucitado, para que la fuerza renovadora del Misterio pascual se manifieste en cada uno de nosotros.
Invoquemos por intercesión de María que, tras compartir los sufrimientos de la pasión y crucifixión de su Hijo inocente, experimentó también la alegría inefable de su resurrección, la plenitud de los dones pascuales; ya que Ella al estar asociada a la gloria de Cristo, puede protegernos y guiarnos por el camino de la solidaridad fraterna y de la paz.
Extractado del mensaje URBI ET ORBI de Su Santidad BENEDICTO XVI Pascua 2008