LA ÚLTIMA ETAPA DE LA VIDA DE LA SANTÍSIMA VIRGEN
Comentaré
sobre el pensamiento de un autor de fines del siglo pasado, cuyos
escritos fueron muy apreciados: el Padre
Juan
Bautista Terrien, jesuita (1832-1903),
y me referiré particularmente a su extensa, sólida y bien documentada
obra: «La
Madre de
Dios y la
Madre de los hombres»,
específicamente cuando trata
el punto relativo a la Soledad de María en la última etapa de su
vida.
Con
lujo de citas, trata de explicar cómo la Santísima Virgen
murió no sólo con amor y por amor, sino de amor, dice:
«No hay que imaginarse, que la muerte de María
fue causada por uno de esos violentos asaltos de amor que
trastornan de alguna manera todo el ser exterior y sensible».
Nadie
ha explicado mejor la diferencia entre el amor de
esta divina madre y el de los santos como San Francisco de Sales, quien señala:
«Sería conocer mal la perfección del amor si nos imagináramos
a María toda absorta en el deseo de ir a reunirse
con su Hijo, impaciente ante los obstáculos que se levantan
entre ella y Él, no suspirando sino por la muerte y llevando
con una angustia poco resignada el peso de su vida terrestre».
También
Santa
Teresa, la grande, pinta algunos de los sentimientos
que embargan a las almas que han llegado a la última
morada: ardiente
deseo de morir para gozar de la presencia
de Nuestro Señor; pero al mismo tiempo vivos deseos
de seguir viviendo con tal de «servir a Dios, de
hacer que su nombre sea alabado, de ser útiles al prójimo».
Ahora
bien, la gloriosa
Virgen María sabía de ciencia cierta que su presencia era sumamente
útil a la Iglesia naciente; tampoco ignoraba la voluntad
de su Hijo que la había dejado en el mundo para que
fuera su consoladora, su modelo y su madre. Así pues, con
todo el corazón aceptaba la carga y las esperas, deseosa únicamente
de llenar la misión que el amor de Jesús para su
Iglesia le había encomendado. Sin embargo, ese amor tan
fuerte y tan tranquilo fue la causa única de su gloriosa muerte.
En
otro de los capítulos de sus libros, el
P. Terrien
considera expresamente «cómo la Bienaventurada
Virgen María quedó en medio de la Iglesia naciente,
después de la Ascensión de su Hijo, para ejercer «sensiblemente» las
funciones de la maternidad espiritual que debe llenar «invisiblemente» hasta
el fin de los siglos, y demostrar
así que las funciones de esa maternidad no se terminaron
en el Calvario».
Su
misión entre nosotros había terminado, puesto que
para concebir, dar a luz y conducir hasta el ara de la cruz
a nuestra universal Víctima era para lo que milagrosamente
había recibido la vida. En aquella hora traspasaba ya todos
los límites.
Era
pues, sumamente digna de ocupar a la diestra de su Hijo el trono de gloria, por
encima de toda criatura,
humana o angélica. Y, además, ¿su corazón y toda su vida no estarían de aquí
en adelante en el cielo, allí donde
estaba su único tesoro?.
En
fin, ¿podemos suponer siquiera
que el Hijo, que iba a gozar en paz de los esplendores de la
patria celestial, dejaría tras de sí a su Madre en las tristezas del destierro?
Y si Jesucristo hubiere subido, sólo Él, al cielo, nos costaría menos trabajo
el abandono en que había dejado
en la tierra a su Santísima Madre. Mas Él llevaba consigo
aquellos millones de almas bienaventuradas que su muerte
liberó de sus cadenas.
Según
el P.
Terrien, la
razón principal es que
María no sólo es Madre de Dios, sino también de los hombres, es decir, de la
Iglesia, y ésta, recién nacida, necesitaba
de sus cuidados: «Sí, sin duda Ella le hubiera
seguido si sólo hubiera sido Madre de Dios. Mas no olvidemos
que llegó a ser Madre de los hombres y, por consiguiente, Madre de la Santa
Iglesia. por eso, es qué María debió permanecer sobre la tierra después
de la partida de su Hijo glorificado».
«La
Iglesia era un Jesucristo recién nacido, un Jesucristo
en pañales, un Jesucristo en la cuna. En el Calvario es donde
recibió la vida en medio de increíbles dolores. Y la prueba
de que la naciente Iglesia era el mismo Jesucristo, está
en que el Señor gritó a Pablo, el perseguidor encarnizado
de los primeros fieles: “Saulo, Saulo”, ¿por qué me persigues?
... Yo
soy Jesús, al que tú persigues (Hch 9, 4-5)
».
Jesús,
prosigue el P. Terrien, para su
ser físico,
había necesitado
una Madre que velase en su infancia; había crecido
bajo su cuidado maternal en edad, en sabiduría, en gracia
delante de Dios y de los hombres. ¿No era, pues, conveniente
que el mismo Jesús, en su
ser místico, que
es la Santa
Iglesia, tuviese una madre para acompañar de un modo
sensible sus primeros años, hasta el día en que también la
Iglesia, más próxima a la madurez de la edad, fuera por todo
el mundo a predicar el Evangelio del Reino y a convertir
a las naciones?.
¿Y
quién otra que María podía ser esa Madre
visible, puesto que Ella era la que después del Dios encarnado
la había engendrado en el Calvario?
El
P. Terrien
se hace en seguida esta objeción: «No opongáis que el Espíritu Santo había
descendido sobre la Iglesia
y que permaneciendo Jesucristo invisiblemente con ella hasta el fin de
los siglos, no necesitaba del ministerio externo
de María». Y responde diciendo que no se trata de una «necesidad
absoluta», sino de una «necesidad de conveniencia».
«El Espíritu Santo había reposado sobre Jesucristo
con la plenitud de sus dones... Y Dios, sin embargo, se confió
por largos años a la amorosa solicitud de una madre»
A
la anterior consideración, el P. Terrien añade esta otra
«no menos importante»: la Iglesia, «pequeñita», necesitaba
de la presencia visible de María su Madre: «Ella, consagrada Madre de
los hombres en el Calvario», no terminó allí de ejercer las funciones de su
maternidad, debió prolongarlas
a través de los siglos, como ministro universal de su Hijo en la
aplicación de los méritos y en la formación de
los hijos de Dios. Esto es lo que nos dicen las palabras de
Jesucristo expirando en la Cruz.
«Sin
duda, suponiendo que la Santísima Virgen hubiera, al mismo tiempo que su Hijo,
subido al cielo, sus beneficios hubieran
servido de testimonio de su oficio de Madre. No obstante,
éstos no hubieran dado la prueba sensible, palpable
que nos suministró su presencia prolongada durante algunos años más
sobre la tierra».
En
aquella época la Iglesia naciente necesitaba ante
todo consuelo, luz, oraciones, ejemplo de virtudes. «Esto
mismo fue lo que encontró en María de modo superabundante,
y por lo que demostró María prácticamente que Ella ejerce
siempre, aun después de consumada la pasión, su oficio
de Madre».
Fue
también «como la
maestra más
excelente de la Iglesia
en su cuna». «El Espíritu Santo no alumbra de tal manera
a los Apóstoles y escritores sagrados que quedasen por
eso totalmente dispensados de recurrir a los medios externos
de información puestos a su alcance. El mismo los impulsaba
eficazmente a hacerlo y los dirigía en esta investigación».
Por ejemplo, así lo hizo San Lucas para escribir su Evangelio
(Lc 1, 1-4). ¡Cuántas
cosas sabría la Santísima Virgen que
ningún otro podía saber! ... De
ella aprendería San Lucas
todo lo relativo a la infancia de Jesús. Si hubiéramos tenido la dicha
de vivir nosotros cerca de Ella, ¡con qué curiosidad
tan filial y llena de confianza la hubiéramos interrogado
sobré Jesús!...
Por
último, reitera que «a este Cuerpo místico, a esta Iglesia “niña” le hacía
falta un modelo
sensible de
todos los sacrificios, de todas
las abnegaciones y de todas las virtudes...». Y aunque estas
funciones de su maternidad, de consoladora, de iluminadora y
educadora, de orante y de modelo ejemplar, María podía cumplirlas
en el cielo, importaba sobremanera que Ella
comenzara de antemano a ejercitarlas entre nosotros visiblemente.
¿Por qué? Lo repetimos una vez más: a fin de
que desde la primera infancia la Iglesia sintiera, por medio
de una experiencia palpable, que el cargo de la maternidad espiritual no
está todo en el parto del Verbo hecho carne
y en la unión de la Compasión de la Madre con la pasión
del Hijo, sino que se prolonga a través de las edades, hasta
la plena consumación de los siglos.
Espero
que la lectura de estas ideas les haya
sido de interés, como lo fueron para mí,
provienen de algunas páginas escritas por la mano y el corazón de un sacerdote
estudioso
de la devoción mariana, como lo fue Juan Bautista Terrien de la Compañía de
Jesús.
Desarrollada
con base a algunas consideraciones expuestas en el libro “El misterio de
María en los años de su soledad”del R. P. J. M. Padila, M. Sp.
S.. México 1978.