Transparentar el amor de Dios
Jesús
está en el monte. Ahí donde pronunció las Bienaventuranzas,
donde dio las pistas que conducen a la verdadera felicidad,
donde sembró las pautas para el comportamiento cristiano.
Sentado, como Maestro que es, Jesús le dice a sus discípulos:
"Ustedes son la sal de la tierra... Ustedes son la luz del
mundo".
¿Qué significa ser sal de la tierra y luz del mundo? ¿Qué invitación hace Jesús a sus discípulos y seguidores?
La sal es pequeña y sencilla, pero eficaz. No sólo da sabor, también purifica y conserva. La luz es claridad, y ayuda a ver las cosas en su movimiento y color. Los que viven según las Bienaventuranzas se convierten en sal de la tierra y luz del mundo, es decir, en fermento de una nueva humanidad.
Esto que los discípulos han escuchado en el monte es una buena noticia que no puede permanecer oculta por miedo a la persecución o por negligencia. Es un mensaje de esperanza para la humanidad entera. Es algo que debe comunicarse, compartirse. Los discípulos están llamados a transmitir y transparentar el amor de Dios a través de medios pequeños y sencillos.
Jesús
invita a sus seguidores a dar testimonio gustoso (sal) y luminoso (luz) del
Reino y las Bienaventuranzas. Eso sólo es posible a través de las buenas obras:
compartir el pan, dar techo, vestir al desnudo, practicar la justicia...
Los cristianos pueden ser pocos en el mundo, pero contribuir a que las cosas mejoren. Ahí tenemos el testimonio de los santos y de muchos hombres y mujeres que de manera modesta van dando buen sabor y luz a un mundo a veces de sinsabores y oscuridades.
Reflexionemos: ¿De qué manera puedo yo dar sabor y luz en la familia, en el trabajo, en el lugar en que vivo? ¿De qué manera puedo transparentar y comunicar a otros el amor de Dios?
Misal Mensual Febrero 2011, Buena Prensa, México