Con
el sugestivo rito de la imposición de la ceniza, comienza el tiempo sagrado de
la Cuaresma, durante el cual la liturgia renueva a los creyentes la llamada a
una conversión radical, confiando en la misericordia divina.
La reflexión sobre el pasaje bíblico: "El que reciba a un niño como este en mi nombre, a mí me recibe" (Mt 18, 5)- ofrece la oportunidad de meditar sobre la condición de los niños, a los que también Jesús llama a estar a su lado y los presenta como ejemplo a todos aquellos que quieren ser sus discípulos.
Las palabras de Jesús son una exhortación a examinar cómo se trata a los niños en nuestras familias, en la sociedad civil y en la Iglesia. Asimismo, constituyen un estímulo para redescubrir la sencillez y la confianza que el creyente debe cultivar, imitando al Hijo de Dios, el cual compartió la misma suerte de los pequeños y de los pobres.
Jesús amó a los niños, que fueron sus predilectos "por su sencillez, su alegría de vivir, su espontaneidad y su fe llena de asombro" (Ángelus del 18 de diciembre de 1994). Por eso el Señor quiere que la comunidad les abra el corazón y los acoja como a Él mismo:
"El que reciba a un niño como este en mi nombre, a mí me recibe" (Mt 18, 5).
Junto a los niños, el Señor sitúa a los "hermanos más pequeños", esto es, los pobres, los necesitados, los que tienen hambre y sed, los forasteros, los desnudos, los enfermos y los encarcelados. Acogerlos y amarlos, o tratarlos con indiferencia y rechazarlos, es actuar así con Él, que se hace presente de manera singular en ellos.
En el Evangelio se nos narra la infancia de Jesús en la humilde casa de Nazareth, donde, sujeto a sus padres, "progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres" (Lc 2, 52).
Al hacerse niño, quiso compartir la experiencia humana. "Se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos.... " (Flp 2, 7).
Cuando a la edad de doce años se quedó en el templo de Jerusalén, mientras sus
padres lo buscaban angustiados, les dijo: "¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais
que yo debía ocuparme de las cosas de mi Padre?" (Lc. 2, 49).
Ciertamente, toda su existencia estuvo marcada por una confiada y filial
sumisión al Padre celestial. "Mi alimento -decía- es hacer la voluntad del que
me ha enviado y llevar a cabo su obra" (Jn 4, 34).
En los años de su vida pública, repitió con insistencia que solamente aquellos que se hicieran como niños entrarían en el reino de los cielos (cf. Mt 18, 3; Mc 10, 15; Lc 18, 17; Jn 3, 3). En sus palabras, el niño se convierte en la imagen elocuente del discípulo llamado a seguir al Maestro divino con la docilidad de un niño: "Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ese es el mayor en el reino de los cielos" (Mt 18, 4).
"Hacerse" pequeños y "acoger" a los pequeños son dos aspectos de una única enseñanza, que el Señor renueva a sus discípulos en nuestro tiempo.
Sólo el que se hace "pequeño" es capaz de acoger con amor a los hermanos más "pequeños".
Muchos son los creyentes que buscan seguir con fidelidad estas enseñanzas del Señor. Existen madres y padres que en vez de considerar prioritaria la búsqueda del éxito profesional y de la carrera, dan prioridad a transmitir a sus hijos los valores humanos y religiosos que dan el verdadero sentido a la existencia.
Son admirables todos los que se hacen cargo de la formación de la jóvenes y adolescentes con problemas, así como los que alivian los sufrimientos de los niños y de sus familiares causados por los conflictos y la violencia, por la falta de alimento y de agua, por la emigración forzada y por muchas otras formas de injusticia existentes en el mundo.
Junto a toda esta generosidad, constatamos también el egoísmo de quienes no "acogen" a los niños. Hay menores profundamente heridos por la violencia de los adultos: abusos sexuales, instigación a la prostitución, implicación en el tráfico y en el uso de drogas, niños obligados a trabajar o enrolados para combatir, inocentes marcados para siempre por la disgregación familiar, niños víctimas del infame tráfico de órganos y personas. ¿Y qué decir de la tragedia del SIDA, con consecuencias devastadoras en África?
Se habla ya de millones de personas afectadas por este azote, y de estas, muchísimas se hallan contagiadas desde el nacimiento. La humanidad no puede cerrar los ojos ante un drama tan alarmante.
¿Qué mal han cometido estos niños para merecer tanto sufrimiento? Desde una perspectiva humana no es sencillo, más aún, tal vez resulta imposible responder a esta pregunta inquietante. Solamente a través de la fe podríamos penetrar en este profundo abismo de dolor.
Al hacerse "obediente hasta la muerte y muerte de cruz (Flp 2, 8), Jesús tomó sobre sí el sufrimiento humano y lo iluminó con la luz esplendorosa de la resurrección. Con su muerte venció para siempre la muerte.
Durante la Cuaresma nos preparamos para revivir el Misterio pascual, que inunda de esperanza toda nuestra vida, incluso en sus aspectos más complejos y dolorosos.
Iniciemos con confianza el itinerario cuaresmal, animados por una oración, penitencia y un propósito de prestar atención a los más necesitados.
Que esta Cuaresma sea, en particular, ocasión útil para dedicar mayores cuidados a los niños en el propio ambiente familiar y social, pues no podemos olvidar que ellos son el futuro de la humanidad.
Con
la sencillez típica de los niños nos dirigimos a Dios llamándolo Padre, como
Jesús nos enseñó en la oración del Padrenuestro. ¡Padre Nuestro!
Repitamos con frecuencia, a lo largo de la Cuaresma, esta oración; repitámosla
con profunda devoción. Llamando a Dios "Padre Nuestro", podemos hacer conciencia
de que somos hijos suyos y que debemos sentirnos hermanos entre nosotros.
De esta manera, nos resultará más fácil abrir el corazón a los pequeños, siguiendo la invitación de Jesús.
"El que reciba a un niño como este en mi nombre, a mí me recibe" (Mt 18, 5).
Reflexionando sobre estas ideas, invoquemos sobre cada una de nosotras y nuestras familias, la bendición de Dios por intercesión de María, Madre del Verbo de Dios hecho hombre y Madre de toda la humanidad.