TIEMPO DE «NUEVA EVANGELIZACIÓN»
«¿Cómo creerán en aquel de quién no han oído ? ¿Cómo oirán sin que se les predique?» Rm 10, 14
El término «nueva
evangelización» fue introducida por el Papa Juan Pablo II, quién recurrió a
esta expresión para hacer de ella un medio de comunicación de energías en vista
de un nuevo fervor misionero y evangelizador.
En este sentido, la nueva evangelización es una actitud, un estilo audaz, una capacidad de parte del cristianismo de saber leer y descifrar los nuevos escenarios, que han surgido dentro de la historia humana, para que, imbuidos del espíritu misionero que debe estar en la naturaleza de todo cristiano, podamos habitarlos y transformarlos en lugares de testimonio y anuncio del Evangelio.
El primer
escenario es el cultural. Nos encontramos en una época de profunda
secularización, que ha perdido la capacidad de escuchar y de comprender la
palabra evangélica como un mensaje vivo y vivificador. La secularización se nos
presenta hoy a través de la imagen positiva de la liberación, de la posibilidad
de imaginar la vida del mundo y de la humanidad sin referencia a la
trascendencia.
Sin asumir la forma pública de discursos directos contra Dios, la religión o el cristianismo, la secularización ha asumido un tono modesto, que le ha permitido invadir la vida cotidiana de las personas y desarrollar una mentalidad en la cual Dios está, de hecho, ausente, en todo o en parte, de la existencia y de la consciencia humana.
Este modo de actuar se ha convertido en una amenaza para los creyentes, y en un terreno de confrontación cotidiana. Las características de este modo secularizado de entender la vida, dejan sus huellas en el comportamiento cotidiano de muchos cristianos, que se muestran frecuentemente influenciados, si no condicionados, por la cultura de la imagen con sus modelos e impulsos contradictorios. La mentalidad hedonista y consumista predominante conduce a los cristianos hacia una superficialidad y un egocentrismo, que no es fácil contrastar.
La "muerte de Dios", anunciada en las décadas pasadas por tantos intelectuales, cede el lugar a un estéril culto al individuo. El riesgo de perder también los elementos fundamentales de la fe es real, con la consecuencia de caer en una atrofia espiritual y en un vacío del corazón.
En un
escenario de este tipo, la nueva evangelización se presenta como un estímulo del
cual tienen necesidad las comunidades, para descubrir nuevamente la alegría de
la experiencia cristiana, para encontrar de nuevo "el amor de antes" que se ha
perdido (Ap 2, 4), para reafirmar una vez más la naturaleza de la libertad en la
búsqueda de la Verdad.
Junto a este primer escenario cultural, podemos indicar otro social: el gran fenómeno migratorio, que impulsa cada vez más a las personas a dejar sus países de origen y vivir en contextos urbanizados, modificando la geografía étnica de nuestras ciudades, de nuestras naciones y de nuestros continentes. Este fenómeno provoca un encuentro y una mezcla de culturas que nuestras sociedades no conocían desde hace siglos. Se están produciendo formas de contaminación y de desmoronamiento de los puntos de referencia fundamentales de la vida, de los valores por los cuales comprometerse, de los mismos vínculos a través de los cuales cada individuo estructura la propia identidad y tiene acceso al sentido de la vida.
En un escenario como éste, la nueva evangelización nos permite aprender que en la misión es necesario desvincularse de los confines geográficos. Es necesario aprender a conocer los ambientes que son ajenos a la fe, porque no la han encontrado nunca o porque se alejaron de ella. Para ello, se requiere tener las energías para proponer la cuestión de Dios en cada uno de nuestros contextos.
Esta mezcolanza de culturas es el entorno sobre el cual actúa un tercer escenario: el desafío de los medios de comunicación social, que hoy ofrecen enormes posibilidades y representan uno de los grandes retos para la Iglesia. No existe lugar en el mundo que hoy no pueda ser alcanzado por el influjo de la cultura de los medios de comunicación y de la cultura digital, que se estructura cada vez más como el "lugar" de la vida pública y de la experiencia social.
La difusión de esta cultura trae consigo indudables beneficios: mayor acceso a la información, mayor posibilidad de conocimiento, de intercambio, de formas nuevas de solidaridad, de capacidad de construir una cultura que se puede transformar en patrimonio de todos. Sin embargo, estas potencialidades no pueden esconder los riesgos que la difusión excesiva de una cultura de este tipo está ya generando. Se manifiesta una profunda concentración egocéntrica sobre sí mismo y sobre las necesidades individuales. Se afirma una exaltación de la estructuración de las relaciones y de los vínculos sociales, propiciando una pérdida del valor objetivo de la experiencia de la reflexión y del pensamiento, reducida, en muchos casos, a un puro lugar de confirmación del propio modo de sentir.
El punto final al cual pueden conducir estos riesgos consiste en lo que es llamado la cultura del efímero, de lo inmediato, de la apariencia, es decir, una sociedad incapaz de memoria y de futuro.
En tal contexto, la nueva evangelización exige a los cristianos la audacia de estar presentes en estos "nuevos areópagos", buscando los instrumentos y los caminos para hacer comprensible, también en estos lugares ultramundanos, el patrimonio de educación y de sabiduría custodiado por la tradición cristiana.
Un cuarto escenario que marca con sus cambios la acción evangelizadora de la Iglesia es el económico. Repetidas veces el Magisterio ha denunciado los crecientes desequilibrios en el mundo, en el acceso y en la distribución de los recursos, así como también en el daño a la creación. La duradera crisis económica en la cual nos encontramos indica el problema del uso de las fuerzas materiales, que no encuentra fácilmente las reglas capaces de tutelar una convivencia más justa. No obstante la comunicación cotidiana de los medios reserve cada vez menos espacio para una lectura de estas problemáticas a partir de la voz de los pobres, de las Iglesias se espera aún mucho en términos de sensibilización y de acción concreta.
Un quinto escenario es el de la investigación científica y tecnológica. Vivimos en una época en la cual no cesamos de admirarnos por los maravillosos pasos que la investigación ha sabido superar en estos campos. Todos podemos experimentar en la vida cotidiana los beneficios que provienen de estos progresos. Todos dependemos cada vez más de tales beneficios. De este modo, la ciencia y la tecnología corren el riesgo de transformarse en los nuevos ídolos del presente. Es fácil en un contexto digitalizado y globalizado hacer de la
ciencia nuestra nueva religión, a la cual dirigir nuestras preguntas sobre la verdad y el sentido de la esperanza, sabiendo que solo recibiremos respuestas parciales e inadecuadas.
Nos encontramos frente al surgir de nuevas formas de gnosis, que asumen la técnica como una forma de sabiduría, en la búsqueda de una organización mágica de la existencia que funcione como el saber y el sentido de la vida. Asistimos a una afirmación de nuevos cultos. Éstos proponen en modo terapéutico prácticas religiosas que los hombres están dispuestos a vivir, estructurándose como religiones de la prosperidad y de la gratificación instantánea.
Un sexto y último escenario es el de la política. Desde el Concilio Vaticano II hasta hoy los cambios que han tenido lugar pueden ser definidos, con justa razón, sintomáticos de la época. Se ha terminado la división del mundo occidental en dos bloques con la crisis de la ideología comunista. Esto ha favorecido la libertad religiosa y la posibilidad de reorganización de las Iglesias históricas. La aparición en la escena mundial de nuevos actores económicos, políticos y religiosos, como el mundo islámico y el mundo asiático, ha creado una situación inédita y totalmente desconocida, rica de potencialidades, pero también plena de nuevas tentaciones de dominio y de poder.
En este escenario, existen temas y sectores que han de ser iluminados con la luz del Evangelio: el empeño por la paz, el desarrollo y la liberación de los pueblos; el mejoramiento de las formas de gobierno; la construcción de formas posibles de escucha, convivencia, diálogo y colaboración entre diversas culturas y religiones; la defensa de los derechos del hombre y de los pueblos, sobre todo de las minorías; la promoción de los más débiles; la protección de la creación y el empeño por el futuro de nuestro planeta.
Ante semejantes cambios es natural que la primera reacción sea el turbamiento y el miedo, en cuanto nos enfrentamos con transformaciones que interrogan nuestra identidad y nuestra fe hasta las raíces.
Resulta natural asumir esa actitud crítica de discernimiento varias veces evocada por el Papa Benedicto XVI, cuando nos invita a una relectura del presente a partir de la perspectiva de esperanza que el cristianismo ofrece como don. Los nuevos escenarios con los cuales estamos llamados a confrontarnos exigen desarrollar una actitud crítica de los estilos de vida, de las estructuras de pensamiento y de los valores, de los lenguajes construidos para comunicar.
Esta actitud, al mismo tiempo, deberá funcionar como autocrítica del cristianismo moderno, el cual debe siempre de nuevo aprender a comprenderse a sí mismo a partir de sus propias raíces.
Aquí encuentra su específico carácter y su fuerza la nueva evangelización como instrumento: es necesario observar estos escenarios, estos fenómenos, sabiendo superar el nivel emotivo de juicio defensivo y de miedo, para comprender objetivamente los signos de lo nuevo, junto a los desafíos y a las fragilidades.
"Nueva evangelización" quiere decir, por lo tanto:
· Trabajar en nuestras Iglesias locales para construir caminos de lectura de los fenómenos ya indicados, permitiendo traducir la esperanza del Evangelio en términos practicables.
· Tener la audacia de formular la pregunta acerca de Dios al interior de estos problemas, realizando lo específico de la misión de la Iglesia y mostrando de esta manera cómo la perspectiva cristiana ilumina en modo inédito los grandes problemas de la historia.
· Exige que nos confrontemos con estos escenarios, no permaneciendo cerrados en los recintos de nuestras comunidades y de nuestras instituciones, sino que aceptemos el desafío de entrar dentro de estos fenómenos, para tomar la palabra y ofrecer nuestro testimonio desde adentro.
· Significa para la Iglesia sostener con convicción el esfuerzo de ver a todos los cristianos unidos en la manifestación al mundo de la fuerza profética y transformadora del mensaje evangélico.
Los cristianos, todos unidos, las ofrecen al mundo como lugares en los cuales es posible hacer emerger la cuestión de Dios en la vida de los hombres. Estas palabras, en efecto, adquieren su sentido más auténtico sólo a la luz y en el contexto de la palabra de amor que Dios nos ha dirigido en su Hijo Jesucristo.
Adaptada por el C. M. Alfonso J. Marín González, inspirado en la Lineamienta “La Nueva Evangelización para la transmisión de la Fe Cristiana” para la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, a celebrarse en octubre del 2012
Día Mundial de las Misiones 2011