EL TIEMPO DE NAVIDAD

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«Dios ha venido. Está aquí. Y, en consecuencia, todo es distinto de como a nosotros nos parece. El tiempo, que había sido hasta entonces un flujo sin fin, se ha convertido en acontecimiento que imprime silenciosamente a cada cosa un movi­miento en una única dirección, hacia una meta perfectamente determinada. Estamos llamados, y el mundo juntamente con nosotros, a contemplar en todo su esplendor el rostro mismo de Dios. Proclamar que es Navidad significa afirmar que Dios, a través del Verbo hecho carne, ha dicho su última palabra, la más profunda y la más bella de todas. La ha introducido en el mundo, y no podrá retomársela, porque se trata de una acción decisiva de Dios, porque se trata de Dios mismo presente en el mundo. Y he aquí lo que dice esta palabra: «Mundo, ¡te amo! Hombre, ¡te amo!»         Karl Rahner

Con la Navidad han tornado al mundo la alegría, la esperanza y la vida: la persona misma de Dios se ha hecho visible en el rostro de un Niño sencillo y pobre, pero rico en amor hacia todos.

Confesará san Ireneo: «El Hijo de Dios se ha hecho hombre para que el hombre, unido al Verbo, pudiera recibir la adopción y llegar a ser hijo de Dios». Recorramos brevemente la Palabra de Dios que la Iglesia nos ofrece en estas fiestas navideñas para penetrar en su conjunto las riquezas espirituales y las invitaciones a un nuevo renacimiento en la fe, convencidos de que, en Jesús, el hombre y Dios han encontrado nuevamente una comunión de vida.

La alegría de Navidad se abre en el corazón de la noche con el inicio de la triple celebración eucarística que anuncia el nacimiento del Emmanuel, el Salvador esperado de las gentes (misa de medianoche), a la que sigue la invitación dirigida a toda la Iglesia para que acoja su salvación con el estupor de los pastores (misa de la aurora) y, al fin, con el Prólogo de san Juan, meditado en el silencio y en la adoración el misterio de la encarnación del Verbo (misa del día).

La Iglesia ante el misterio del nacimiento del Hijo de Dios se inclina en el asombrada y conmovida proclama: «Nace de una virgen aquel que es engendrado en la eternidad del Padre».

La paz en la tierra y la gloria en el cielo, proclamadas por los ángeles el día de Navidad, se prolongan en la se­mana siguiente, primero con el recuerdo del protomártir Esteban, primer diácono de la Iglesia (26 de diciembre), después con la penetración contemplativa de la palabra de vida del evangelista Juan (27 de diciembre) y con el testimonio del martirio de los Santos Inocentes (28 de diciembre).

Además, la fiesta de la Sagrada Familia (primer domingo después de Navidad), modelo de vida familiar en el mundo, pero abierta al plan de Dios, y la fiesta de la Madre de Dios (1 de enero), ulterior mirada sobre el Autor de la Vida por medio de María, nos introducen en una reflexión más amplia sobre los misterios de la vida cristiana.

La celebración de la Epifanía (6 de enero), fiesta de la luz, nos permite empezar a conocer y ver a Dios, ya aquí entre nosotros, para poder contemplarlo después en el pleno esplendor de la patria futura.

Y la celebración del Bautismo de Jesús, inicio de su misión profética, tras la investidura solemne del Padre y del Espíritu Santo en las aguas del Jordán, donde es proclamado «Hijo querido», constituye el mejor precinto al ciclo navideño y al mismo tiempo abre a la serie de domingos ordinarios.

Todo el período navideño no sólo pone ante los ojos de la Iglesia, admirada y conmovida, el misterio de la venida de aquel que «es sostenido por los brazos maternos de María y sostiene el universo», sino que enseña también que él es aquel que ha fijado para siempre su morada entre los hombres para hacer de cada hombre un hermano y amigo y conducirlo nuevamente al Padre común.

Dirá san Gregorio de Misa, celebrando el misterio de Navidad, que «el Hijo de Dios asume nuestra pobreza para hacernos entrar en posesión de su divinidad»; se despoja de su gloria para hacernos partícipes de su plenitud».

Como María, la virgen de la Palabra, que conserva todas estas cosas en su corazón y las medita, también nosotros queremos ser testigos fiables de la Navidad acogiendo en nosotros al Verbo de la vida.