TIEMPO DE NAVIDAD
Dios ha venido. Está aquí. Y, en consecuencia, todo es distinto de como a nosotros nos parece. El tiempo, que había sido hasta entonces un flujo sin fin, se ha convertido en acontecimiento que imprime silenciosamente a cada cosa un movimiento en una única dirección, hacia una meta perfectamente determinada.
Estamos llamados, y el mundo juntamente con nosotros, a contemplar en todo su esplendor el rostro mismo de Dios.
Proclamar que es Navidad significa afirmar que Dios, a través del Verbo hecho carne, ha dicho su última palabra, la más profunda y la más bella de todas. La ha introducido en el mundo, y no podrá retornársela, porque se trata de una acción decisiva de Dios, porque se trata de Dios mismo presente en el mundo. Y he aquí lo que dice esta palabra: «Mundo, ¡te amo! Hombre, ¡te amo!»
K. Rahner
Con la
Navidad han tornado al mundo la alegría, la esperanza y la vida: la persona
misma de Dios se ha hecho visible en el rostro de un Niño sencillo y pobre, pero
rico en amor hacia todos.
Confesará san Ireneo: «El Hijo de Dios se ha hecho hombre para que el hombre, unido al Verbo, pudiera recibir la adopción y llegar a ser hijo de Dios».
La alegría de Navidad se abre en el corazón de la noche con el inicio de la celebración eucarística que anuncia el nacimiento del Emmanuel, el Salvador esperado de las gentes, a la que sigue la invitación dirigida a toda la Iglesia para que acoja su salvación con el estupor de los pastores y, al fin, con la meditación en el silencio y en la adoración del misterio de la encarnación del Verbo.
La Iglesia ante el misterio del nacimiento del Hijo de Dios se inclina en el asombrada y conmovida proclama: «Nace de una virgen aquel que es engendrado en la eternidad del Padre».
Todo el período navideño no sólo pone ante los ojos de la Iglesia, admirada y conmovida, el misterio de la venida de aquel que «es sostenido por los brazos maternos de María y sostiene el universo», sino que enseña también que él es aquel que ha fijado para siempre su morada entre los hombres para hacer de cada hombre un hermano y amigo y reconducirlo al Padre común. Dirá san Gregorio de Nisa, celebrando el misterio de Navidad, que «el Hijo de Dios asume nuestra pobreza para hacernos entrar en posesión de su divinidad»; se despoja de su gloria para hacernos partícipes de su plenitud».
Como María, la virgen de la
Palabra, que conserva todas estas cosas en su corazón y las medita, también
nosotros queremos ser testigos fiables de la Navidad acogiendo en nosotros al
Verbo de la vida.