TESTIMONIO Y MISIÓN
«...Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos [...] hasta las confines de la tierra» (He 1,8).
El libro de los Hechos de los Apóstoles sitúa el texto en el relato sobre la
ascensión y coloca esas palabras en boca del Resucitado en el momento de su
partida, cuando su presencia física desaparece de esta tierra. Y esas palabras
son dirigidas a quienes estaban reunidos, a sus seguidores, para encomendarles
la misión de ser sus testigos.
Ha habido muchos testigos del Evangelio, los ha habido en el laicado, en la vida religiosa, en el clero; incluso quizá nosotros mismos hemos sido testigos para alguien, aunque nuestro testimonio sea frágil, de ámbito restringido y de reducida trascendencia.
El testigo ha sido imprescindible para que la buena noticia de Jesús llegara hasta nosotros, y lo seguirá siendo para que ese mismo Evangelio llegue a las generaciones venideras, para que la causa de Jesús, de su Reino y su justicia siga adelante. Como el Evangelio se difunde «por contagio», no por conquista, necesita la mediación testimonial, y la verdad del testimonio pone en juego la verdad «humana» del cristianismo. Esta es la gran responsabilidad de los testigos cristianos, pues en la mayoría de los casos, el contagio tiene lugar por un encuentro personal.
A la hora de buscar el sentido de la fe cristiana hoy, no se parte del discurso cristiano, sino de una existencia humana vivida por los cristianos a la luz del Evangelio.
Todo testigo debe ser testigo de la verdad, pues así lo proclama el testigo por
antonomasia: «Yo para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la Verdad.
Todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Jn 18,37). Porque fuera de la
verdad todo se construye en falso. Los tiempos que corren son un testimonio
patente de la importancia de la verdad.
El testigo cristiano, ha de testificar los hechos, mantenerlos vivos en la memoria colectiva, no permitir que sean olvidados y no tolerar que sean traicionados, desfigurados, deformados o amañados. De ahí la importancia de lo que nos dice la Escritura sobre Jesús para dar consistencia al testimonio cristiano. La forma de actuar de Jesús en su vida terrena, es lo que está detrás de la experiencia cristiana.
El testigo fiel es más que un simple narrador exacto y escrupuloso, pues más bien es una persona comprometida con una causa que defiende hasta dar la vida por ella.
El testigo cristiano, como cualquier testigo de la verdad, debe testificar el sentido de los hechos, ya que para que tenga lugar la tradición cristiana, no basta contar los hechos brutos en torno a la persona del Jesús o a la primera comunidad cristiana, sino que se requiere transmitir el sentido de los mismos.
El testigo cristiano no es un mero narrador escrupuloso de los hechos, sino un intérprete del sentido de los mismos, o sea un eslabón en esa cadena de transmisión de la comunidad cristiana, pero su tarea fundamental es hacer actual y significativo el mensaje cristiano en cada momento histórico y en cada contexto cultural. Por eso, no hay fidelidad a la tradición cristiana, ni un verdadero testimonio cristiano, si no hay actualización e inculturación del mensaje.
Para testificar el sentido de los hechos cristianos es necesaria la fe, ya que el testigo cristiano debe tener la condición de creyente; sin ella, existe un gran riesgo, pues no hay testimonio ni se puede testificar el sentido de los hechos cristianos si falta la fe.
Ahora bien, el testigo cristiano debe testificar la fuerza salvífica del hecho
cristiano, de los hechos que dieron lugar a la experiencia cristiana. Los
testigos son «creyentes en cuya vida se puede intuir y captar la fuerza
salvadora y humanizadora que se encierra en Jesucristo cuando es acogido con fe
viva y con amor».
Aquí el testimonio trasciende el nivel de las palabras y se adentra en el nivel de la propia vida, así, la existencia del testigo, su experiencia de la vida, sus actitudes, su forma de gestionar la vida, incluso su forma de gastarla o de entregarla... constituyen la verdadera fuerza del testimonio.
Para que tenga lugar este testimonio es necesario que la vida del creyente rezume fe y esperanza en medio de la complejidad de la historia, confianza en el futuro a pesar de las circunstancias más adversas o «a pesar de que es de noche», conciencia clara de que la salvación está creciendo allí donde tiene lugar la humanización de esta humanidad... y que Dios se alegra de ese crecimiento cualitativo de la humanidad. Aquí se juntan el éxito de Dios y la plena realización del ser humano.
Naturalmente, este testimonio del valor salvífico del hecho cristiano sólo es compatible con un rostro del Dios cristiano que inspire optimismo y confianza en la capacidad de la humanidad para caminar hacia grados mayores de humanización.
Hay que evitar los otros rostros de un supuesto Dios cristiano que no pueden tener valor significativo para nuestros contemporáneos, ni pueden sustentarse en la referencia a Jesús de Nazaret. La existencia cristiana está obligada a asumir y reconocer todo lo humano, y a dar testimonio a través de lo humano: «Nada se le dice al hombre que no pase por el hombre»

Finalmente, el testigo cristiano es testigo de la salvación pendiente, de la justicia por cumplirse, de la injusticia que aún habita en la historia. El testigo pide que se haga justicia y plantea preguntas que apelan a nuestra responsabilidad. El testigo debe tratar de ver el mundo con la mirada de las víctimas y no hablar por sí mismo, sino que debe buscar dar voz a los que no pueden hablar, hacer resonar el silencio de las víctimas como fuente de responsabilidad para los vivos.
En otras palabras, el testigo cristiano no puede permitir que se olvide al Crucificado, que es el paradigma de las víctimas, ni a ninguno de los crucificados de la tierra, cristianos o no, y en este sentido, el testigo es el que muestra, en la práctica, cómo han de ser las cosas.
Aquí la palabra cede el puesto a la presencia, al talante, a la actitud, al compromiso, a la vida... No es un simple predicador; sino una prueba respaldada por la experiencia personal que no basta escuchar, hay que mirarla.
El testigo no es un simple espectador, que no se implica. En la pasión de Cristo hubo muchos espectadores y pocos testigos, el Cirineo pasa de ser espectador forzado a ser testigo implicado: primero se ve forzado a llevar la cruz del Nazareno; poco a poco cruzan miradas y cae en la cuenta de la injusticia que se está cometiendo; terminando por enfrentarse con los soldados y diciéndoles que «no hay derecho a tratar así a un inocente», ahí pasó a ser un testigo implicado.
En la resurrección no hubo espectadores, pues la resurrección sólo puede ser vista con los ojos de la fe, no con los ojos de la carne, pero ha habido testigos, y lo fueron en la medida en que llegaron a ser creyentes.
Hemos hablado aquí de testigos cristianos, que ven la presencia de Dios y la vigencia del mensaje de Jesús en medio de la noche de la sociedad y de la Iglesia. ¿Tendrán alguna posibilidad de ser escuchados, contemplados y entendidos en nuestro mundo?
Basado en el libro “Espiritualidad en la sociedad laica” de Felicísimo Martínez Díez, editado por San Pablo, Madrid 2009.