El terrible cotidiano

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La violencia, la inseguridad y la actividad frenética con que vivimos nos impiden vivir una espiritualidad comprometida. Pareciera que las ocupaciones y preocupaciones de siempre nos resultaran especialmente difíciles, pesadas, cuesta arriba... En momentos como éstos, sería conveniente recordar las palabras del Papa Pío XI quien nos invitaba a vivir la espiritualidad del terrible cotidiano. Y cuánta razón tenía, porque no siempre estamos dispuestos a descubrir a Dios en el día a día, que se vuelve rutinario y mecánico. Las actividades de siempre, las mismas personas del trabajo, las dificultades en la familia, las preocupaciones del dinero que no alcanza, los hijos que no obedecen o los padres que no dialogan... mis debilidades, miedos y miserias y las de los demás. Una vida vacía que no acaba de tener un sentido pleno.

Para cumplir nuestra misión -cualquiera que ésta sea- no con la común y casi frecuente inexactitud, pereza, negligencia, liviandad sino con una disponibilidad y alegría que no nos resultan comunes, o mejor aún, con atención, piedad, fervor de espíritu y esperanza, asumiendo toda la complejidad que nos rodea, necesitamos la gracia del Resucitado.

Nuestra vida diaria está llamada a ser intensamente vivida, tal vez no con cosas extraordinarias, grandes éxitos o las bellas empresas que soñamos o deseamos realizar. En ocasiones fundamos nuestra vida en sueños de grandeza que al toparse con el realismo y las dificultades cotidianas nos llenan de desesperanza, de cansancio o de un relativismo enfermizo.

Asumamos con honestidad que nuestra vida se desarrolla en las cosas comunes, en la rutina, en aquello que nos resulta irrelevante, sin esplendor y que, definitivamente, no es ni excitante, ni atractivo, mucho menos fascinante. Sin embargo y precisamente porque nuestra vida se desenvuelve en las cosas sencillas, estamos llamados a vivirla en plenitud, reconociendo que en esa sencillez podemos encontrar los motivos para ser felices y hacer felices a los demás.

¿Cuántas veces se presentarán algunos acontecimientos verdaderamente extraordinarios para que podamos estar en paz con nosotros mismos y con los demás? Qué difícil sería si eso estuviera reservado solamente a esos momentos de verdadera consolación.

Si verdaderamente creemos que Cristo ha resucitado, lo reconoceremos en medio de las dificultades y problemas. Podré hacerlo presente todos los días, ahí donde vivo, sufro, lucho, me canso, me gasto y desgasto por la gente que quiero y por todo aquello en lo que verdaderamente creo y espero.

Precisamente porque el Señor me anima a creer esta verdad, tiene sentido para mi el vivir con la conciencia de que Él está a mi lado y que Él quiere ser el centro de mi vida. Todo, incluso mis fracasos y limitaciones podrán verse desde otra óptica si me animo a experimentar su presencia, como los apóstoles, en una dialéctica de ausencia y encuentro, que únicamente se puede comprender desde la fe; una fe que les ha hecho pasar por la muerte y que hoy, como ellos, estamos llamados a construir un hombre nuevo, una vida nueva, una nueva sociedad.

Tomado del artículo aparecido en la columna Espiritualidad para la Vida, de Jaime Emilio González Magaña, S. J. aparecido en la Revista MIRADA, Invierno 2009. Órgano de difusión del Centro Ignaciano de Espiritualidad.