TERESA DE LISIEUX
Esta
Santa Mujer, se ha vuelto para la Iglesia de nuestro
tiempo la imagen de una testigo de la pureza del Evangelio y del mensaje
sencillo y gozoso de la nueva evangelización. Si, apenas entrada en la gloria,
la difusión de sus escritos autobiográficos conocidos como Historia de un alma
suscitó admiración y consenso por todas partes, nuestro tiempo ha redescubierto
en ella la fuerza del testimonio del Evangelio y la misión incisiva de presentar
el rostro de Dios de una manera renovada a los hombres y a las mujeres de hoy.
Como creció, tras la muerte prematura de su madre, a la sombra de un padre que manifestaba la fuerza de la naturaleza paterna y también la naturaleza de una madre, no le resultó difícil a Teresa descubrir al mismo tiempo el seno genuino del Dios cercano y misericordioso, con rasgos paternos y maternos.
Probada en lo más vivo de su aguda sensibilidad por la enfermedad de su padre y por la suya propia, supo captar en la kenosis de la fe el sentido más genuino de la pobreza evangélica, del compartir la mesa de la amargura junto con los hermanos pecadores, alejados de Dios, aunque amados siempre por un Dios de misericordia y de ternura, el cual, del mismo modo que se inclinó sobre el rostro doliente de su Hijo amado, se inclina amoroso sobre todas sus criaturas, sin excluir a ninguna.
Ya en su nombre religioso, Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz, resume Teresa la kenosis de la encarnación y la kenosis de la pasión, la pequeñez del niño de Belén y el vaciamiento del Cristo de la cruz.
Mas
en el amor a Cristo y a los hermanos, Teresa descubre el secreto de su vida, lo
descubre en un amor probado en el crisol, pero que el Espíritu Santo pone
incandescente de ansias apostólicas, hasta convertirse en una vocación: ser en
la Iglesia el amor.
El amor infinito del Dios del Antiguo Testamento, que Teresa acoge con alegría, como una niña del Reino, y el amor de Jesús por los pequeños son dos palabras de vida de su existencia, que han forjado su imagen de santidad. Una imagen que atrae a todos, incluso fuera de la Iglesia católica, porque revela el verdadero rostro de nuestro Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que ama infinitamente a todas sus criaturas.
Extractado de la “Lectio Divina” Volumen 17 “Propio de los Santos II”, Navarra 2005