TENTACIONES

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La más grave de todas las tentaciones es la de la desesperación; es aquella que nos hace dudar de poder ser todavía perdonados y amados por el Padre.

Precisamente, ahí nos quiere llevar la astucia del diablo: a la desesperación. Si desconfiamos de Dios, nosotros mismos nos separamos de Él. Es tremenda esta tentación.

La tentación de la desconfianza está en el origen de la trágica caída de los primeros padres y aparece a lo largo de todas las etapas de la historia de salvación. La encontramos desde el primer libro de la Biblia (Gn 3), donde la serpiente tentadora induce a Adán y Eva a desconfiar de Dios, hasta el Apocalipsis (Caps. 3 y 12), donde el dragón se encona contra la Iglesia, dispuesto a devorar a los santos, los hijos engendrados en la gracia.

La envidia empuja continuamente al maligno, aunque ya vencido por Cristo, a la tentativa desesperada de hacer caer a los hijos de Dios.

Por eso el cristiano debe estar siempre alerta, dispuesto al combate que tiene que mantener con la armadura que Dios le procura (cf. Ef 6,12-18).

La Iglesia está sometida a la tentación lo mismo que todo cristiano; pero si perseveramos en la fe y en la oración, el Señor nos promete el auxilio para que no sucumbamos a la tentación (cf. Ap 3,10-12).

La tentación es necesaria porque, después de la primera caída, todos deben someterse a la prueba. Nuestro corazón adolece de inconstancia y necesita robustecerse mediante una terapia intensiva y estimulante: la tentación libera nuevas y prodigiosas energías espirituales. El amor, en la prueba, se purifica y fortalece.

El Señor nos promete su ayuda: no seremos tentados por encima de nuestras fuerzas; el apóstol nos dice: "Dios es fiel, no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas; al contrario, junto con la prueba os proporcionará fuerzas suficientes para superarla" (1 Cor 10,13).

Sin embargo, no podemos olvidar que el ancla de nuestra salvación es la cruz, a la que debemos estar fuertemente abrazados. No olvidemos  que Cristo padeció por nosotros la tentación y ha vencido estrepitosamente.

Autor: A. M. Cánopi, Obra: Meditazioni sui Padre Nostro”, Milán 1999.