¡ TENGO SED !

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Al mediodía de aquel primer Viernes Santo, el sol primaveral de Palestina debía bañar la tierra con la plenitud de sus rayos; pero, como si se rehusara a iluminar tanta ignominia, veló su luz y se envolvió en cerrada oscuridad.

Misteriosas tinieblas empezaron a envolver la tierra, de la hora sexta a la hora nona (del mediodía a las tres de la tarde), y se fueron haciendo cada vez más densas, cada vez más pavorosas.

La tragedia del Calvario tocaba a su fin... El Sacrificio de Jesús iba a consumarse...

Pero antes, quiere cerciorarse Nuestro Señor que ha cumplido todo lo que los profetas de Israel habían descrito, hasta en sus mínimos detalles, la vida, pasión y muerte del Redentor.

Ya Jesucristo había asegurado: «No vengo a destruir, sino a consumar. En verdad os digo, antes que pasen el cielo y la tierra, ni la letra más pequeña ni aun el rasgo de una letra contenidas en la Ley pasarán, sino que todo sea cumplido».

Según nuestra manera de entender, Jesucristo comparó toda su vida con las Profecías, porque en último término no eran otra cosa que la expresión de la Voluntad de su Padre.

Juan nos dice: «Después, sabiendo Jesús que debía cumplir plenamente la Voluntad de su Padre, para que nada en la Sagrada Escritura se quedara sin cumplir dijo: ¡Tengo sed! » Los legionarios romanos usaban un agua acidulada con vinagre, llamada posca, para calmar la sed en las pesadas horas de guardia de los días calurosos.

Entre los instrumentos para la crucifixión solía haber una esponja para rociar el rostro de los ajusticiados cuando se desvanecían; un soldado la tomó, la impregnó de "posca", y clavándola en una pica, la acercó a los labios resecos de Jesús, que humedeció sus labios con aquella agua avinagrada.

Con esta expresión, Jesús nos manifiesta que sufrió el tormento terrible de la sed.

No nos imaginamos lo que es esta tortura. A San Maximiliano Kolbe, durante la última guerra mundial, le tocó ser recluido en Auschwitz, campo de concentración donde había unos sótanos húmedos, sin ventilación alguna, sin luz, sin muebles de ninguna clase.

Desde el momento en que encerraban allí a los condenados a muerte, no se les volvía a dar nada de alimento, pero, sobre todo, ni una sola gota de agua.

Dicen que en el silencio de la noche se escuchaban como aullidos de fieras que salían de aquel lugar siniestro...El tormento del hambre era poca cosa comparado con el de la sed....

El Padre Kolbe entró allí, no forzado, sino voluntariamente; pues se ofreció para sustituir a uno de los condenados a muerte. De sus compañeros de suplicio fue el último en morir, la víspera de la Asunción de 1941, después de haber ayudado a los demás a dejar este mundo cristianamente.

La sed es una necesidad fisiológica de las más apremiantes. Nuestro organismo exige el agua con mayor apremio que el alimento. En las huelgas de hambre pueden pasarse semanas sin tomar alimento pero no dejar de beber agua.

La razón fisiológica es que el agua forma las dos terceras partes del peso total de nuestro cuerpo. No sólo la cavidad bucal tiene sed, sino todas y cada una de nuestras células están pidiendo el agua que necesitan.

Es notable el detalle con que el Evangelio nos describe las torturas del Infierno, en la parábola del rico Epulón y del mendigo Lázaro. Sepultado en el infierno el primero ve a lo lejos a Lázaro en el Seno de Abraham. Y no se queja, sino de la sed.

- Padre Abraham - le dice - deja que Lázaro moje su dedo en el agua y deje caer una gota en mi lengua, porque sufro la tortura de la sed en este fuego que me abrasa.

¿Qué era una gota para apagar la sed del Infierno? Y sin embargo, tan poca cosa, no le fue concedida ...

Pues bien, Jesucristo en la cruz sufrió el tormento terrible de la sed. Causas había de sobra: las hemorragias -sobre todo por la agonía de Getsemaní, la flagelación, la fiebre que producen las heridas; el no haber tomado nada desde la última Cena hasta su muerte; el sol de Palestina, que lo bañó en sudor bajo el peso de la cruz, camino del Calvario, etc.

Pero esa sed física era símbolo de otra sed mucho más urgente y apremiante, una sed espiritual.

Por eso con cuánta razón los labios de Jesús murmuraron: ¡Tengo sed!

¿Qué deseaba Jesús? Que todas las almas se salvaran, que ni una sola se perdiera. Para eso estaba sufriendo y derramando toda su sangre.

Y, sin embargo, su ciencia divina le hacía ver que no se salvarían todas.

A veces hemos contemplado el dolor de una madre cristiana que llora a su hijo, muerto en circunstancias, que hacen temer por su salvación; porque murió de improviso, sin sacramentos, después de una vida de desórdenes, o quizá en la ocasión misma del pecado.

Esta duda -¿se salvaría mi hijo?- le destroza el corazón. Esta certeza la tenía Jesús y su amor a esas almas superaba y supera al de todas las madres.

Por eso, ¡Tengo sed! era un clamor, no dirigido a la tierra, sino que llamaba a las puertas del cielo, que trataba de llegar hasta el Corazón de su divino Padre.

Era tanto como decir: ¡Padre, quiero esas almas!... ¡Tengo sed de ellas!... ¡No quiero que ni una sola se pierda! ... ¡Te ofrezco en rescate de ellas mi Sangre, mi agonía, mi muerte! ¡Y si por imposible no fuese suficiente, estoy dispuesto a que mi agonía se prolongue hasta el fin de los tiempos! ...

¿Qué deseaba Jesús? -Conquistar nuestro amor. Tenía sed de nuestro pobre, de nuestro insípido amor. ¡Parece increíble! Él, amado por su Padre con amor infinito; Él, a quien ama con un amor incomparable y único su Madre Santísima; Él, a quien aman con un amor perfectísmo los ejércitos innumerables de los ángeles; vino, sin embargo, a mendigar nuestro amor, mezquino y egoísta... Y para eso derramó su Sangre, sufrió su Pasión, agonizó y murió...

¿Queremos calmar la sed de Jesús? Emerjamos de la mediocridad en que nos hemos arrastrado hasta ahora y tomemos decididamente el camino de las cimas, el camino de la santidad (Una de las premisas de todo Congregante Mariano «la santificación propia»); luchemos contra nuestro egoísmo y dejemos de buscar nuestros intereses; trabajemos por ser santos, que para ser santos basta querer; convirtámonos en apóstoles, que siempre hay ante nosotros, un campo de apostolado, que nos ha destinado Dios, y donde podemos y debemos hacer mucho bien (Una segunda premisa para todo Congregante Mariano, «ayudar a la santificación de los demás»).

Solo así calmaremos la sed de Jesús, no con un poco de vinagre, sino con el agua refrigerante de nuestro amor...

Inspirado en el libro “Las últimas palabras de Jesús” de José Guadalupe Treviño, M. Sp. S. de Editorial La Cruz, México 2003