¿TE
LO ESTÁS PERDIENDO?
Supongamos
que un amigo llega a tu casa, toca a la puerta
y lo pasan a la sala. Tu estás en tu cuarto, muy ocupado.
Entonces pueden suceder tres cosas: una, nadie
te avisa que ahí está el amigo, y tu no te enteras, el amigo
se va. Dos, te avisan y tu respondes: «Estoy muy ocupado,
dile que no estoy»; y el amigo se va. Tres, sales a recibirlo, le saludas,
platicas con él,
le ofreces tu mesa,
y lo hospedas en tu casa con gozo y con amor.
Lo mismo pasa con el Espíritu Santo: una cosa es que llegue a ti en el Bautismo o en la Confirmación, y otra es que «tú lo recibas».
Con
casi todos los bautizados y confirmados pasa
lo que en esta leyenda:
«Unos
piratas se robaron al hijo del rey, recién nacido, para
pedir rescate. Entre
tanto, lo confiaron a una campesina para que
lo alimentara. A la mujer le gusto tanto el niño que huyó
con él a donde los piratas no pudieran encontrarla.
Y el niño creció en la miseria hasta que murió la mujer. Entonces comenzó a
mendigar hasta que unos vendedores
de esclavos lo vendieron a un granjero. Ahí fue
esclavo toda su vida, sin saber que él era el príncipe heredero
de aquel reino».
Cuando
yo le pregunto a alguien:
Hermano, ¿tú ya recibiste al Espíritu Santo?; las respuestas han sido estas:
Unos
me dicen lo que le dijeron a Pablo los efesios: «yo
ni siquiera he oído hablar del Espíritu Santo».
(Hch
19,2)
Otros me dicen: «me han dicho que lo recibí desde mi Bautismo pero yo no lo noto en nada...».
Sólo
unos
pocos me cuentan: «esta experiencia: me
ha convertido a Cristo, lo he reconocido como mi Señor
y Salvador, he comprendido lo que Dios nos reveló
acerca del Espíritu Santo, lo estoy pidiendo con frecuencia,
y los hermanos de mi comunidad lo han pedido
para mí en el nombre de
Jesús; y estoy recibiendo cada día mas la PROMESA DEL
PADRE».
Hay
que aclarar esto: En el Bautismo y en la Confirmación
se nos otorgan inmensos dones de Dios, como
semillas preciosas que hay que regar, abonar, y cuidar
para que germinen, crezcan, y den su fruto. Sin el
cultivo de la evangelización, de un ambiente de fe y devoción
en la propia familia, no es posible que este germen se desarrolle.
«Sucedió
una vez que un niño muy pobre recibió una enorme
herencia de un do muy rico. Era un cheque de muchos
millones de dólares. Nadie podía cobrarlo mas que
él, cuando llegara al uso de razón. Los padres del niño,
que eran muy ignorantes, no le dieron mayor importancia
a ese papelito. Lo guardaron en el fondo de una
caja y allí quedo olvidado. El niño fue creciendo con hambres
y pobrezas mientras la polilla se iba comiendo el cheque olvidado. Y el
niño se hizo hombre, el hombre se hizo
viejo, y el viejo se hizo polvo... Fue un millonario, pero jamás cobró su
herencia...»
Así
pasa con la mayoría de los bautizados: son hijos
de Dios que viven en la miseria espiritual. Son príncipes,
son reyes, son profetas, son los herederos de las
riquezas del Padre; pero viven espiritualmente andrajosos
y enfermos, sin enterarse de quienes son y a que tienen derecho.
En
los sacramentos de la iniciación cristiana se te dan,
como en un cheque, inmensas riquezas espirituales y
eternas. Pero eres un niño sin uso de razón. Se supone que
tus padres te instruirán y te harán apreciar tu herencia
para que «cobres tu cheque». Se supone que debes
vivir en la opulencia espiritual. Se supone que el bautizado
será educado por su familia en una fe luminosa, sólida, de la que brota el gozo, la acción de gracias,
y la esperanza cierta en las promesas de una vida plena en el Señor.
Pero no sucede nada de lo que «se supone».
Así que la mayoría de los cristianos son bautizados,
confirmados, a veces catequizados, nunca evangelizados
y, por lo tanto, jamás convertidos.
El
«cobro del cheque» solo llega a realizarse
cuando
un
bautizado es conducido por su familia a una fe adulta, por
medio de la palabra y del ejemplo.
Hermano:
¿Tú, ya recibiste al Espíritu Santo? ¿Ya sabes
qué eres el heredero de la Gran Promesa? ¿Ya cobraste
tu cheque? ¿Ya estás viviendo tu propio Pentecostés? Si no es así, ¿por que no te diriges a Cristo y le pides
de beber el Agua de Vida?
Solo
ten en cuenta que hay tres condiciones para recibir
al Espíritu Santo: Ante todo es necesaria
una fe que no dude. Creer
«en
la palabra de Dios, creer en la Promesa del Padre,.....creer
en la fidelidad de Cristo». Creer que «antes se acabará
el cielo y la tierra que dejen de cumplirse hasta los puntos
y comas de lo que Él ha dicho».
En
segundo lugar hay que tener «sed» es decir, un
deseo
ardiente de recibir más y más la acción poderosa y santa
del Espíritu divino. Esta sed brota de la sincera humildad,
de la profunda convicción de nuestra impotencia para
ser buenos, y para ayudar a otros. Solo
los
humildes tienen
sed de Dios.
Pero,
además, esta sed espiritual solo existe cuando
el creyente anhela cumplir la voluntad de Dios, la cual
es:
«...que
seamos perfectos como nuestro Padre celestial
es perfecto» (Mt
5,48)
Y
que reproduzcamos en nosotros la
imagen
del Hijo, en quien el Padre se complace. Pero si un
cristiano está contento con su mediocridad, satisfecho
con su mínimo, acomodado en su derrota, bien instalado
en lo carnal; nunca tendrá el ardiente deseo del
Espíritu, que transforma y santifica, que purifica y enseña
a glorificar a Dios, con una vida de oración y de
servicio
a los hermanos.
En
tercer lugar, es necesaria la entrega total a
Dios. Es decir, estar dispuesto a cumplir su
voluntad por encima de todas las cosas
y a centrar en esto toda nuestra vida,
a ejemplo de Jesús. El regalo de Pentecostés
es un premio para los que son obedientes a Dios.
Cuando
se dan las tres condiciones antes dichas,
cobran validez las palabras de Jesús:
“Pedid
y se os dará. Buscad y hallareis.
Llamad
y se os abrirá». (Lc 11,9)
Extractado
del libro “¡ Buenas Noticias !” del
P. Ricardo Zimbrón Levy, M. Sp. S. Editorial La Cruz, México
1997. San Luis Potosí 155 Col. Roma Teléfono: 5574 3815