¿TE LO ESTÁS PERDIENDO?

Supongamos que un amigo llega a tu casa, toca a la puerta y lo pasan a la sala. Tu estás en tu cuarto, muy ocupado. Entonces pueden suceder tres cosas: una, nadie te avisa que ahí está el amigo, y tu no te enteras, el amigo se va. Dos, te avisan y tu respondes: «Estoy muy ocupado, dile que no estoy»; y el amigo se va. Tres, sales a recibirlo, le saludas, platicas con él, le ofreces tu mesa, y lo hospedas en tu casa con gozo y con amor.

Lo mismo pasa con el Espíritu Santo: una cosa es que llegue a ti en el Bautismo o en la Confirmación, y otra es que «tú lo recibas».

Con casi todos los bautizados y confirmados pasa lo que en esta leyenda:

«Unos piratas se robaron al hijo del rey, recién nacido, para pedir rescate. Entre tanto, lo confiaron a una campesina para que lo alimentara. A la mujer le gusto tanto el niño que huyó con él a donde los piratas no pudieran encontrarla. Y el niño creció en la miseria hasta que murió la mujer. Entonces comenzó a mendigar hasta que unos vendedores de esclavos lo vendieron a un granjero. Ahí fue esclavo toda su vida, sin saber que él era el príncipe heredero de aquel reino».

Cuando yo le pregunto a alguien: Hermano, ¿tú ya recibiste al Espíritu Santo?; las respuestas han sido estas:

Hay que aclarar esto: En el Bautismo y en la Confirmación se nos otorgan inmensos dones de Dios, como semillas preciosas que hay que regar, abonar, y cuidar para que germinen,  crezcan, y den su fruto. Sin el cultivo de la evangelización, de un ambiente de fe y devoción en la propia familia, no es posible que este germen se desarrolle.

«Sucedió una vez que un niño muy pobre recibió una enorme herencia de un do muy rico. Era un cheque de muchos millones de dólares. Nadie podía cobrarlo mas que él, cuando llegara al uso de razón. Los padres del niño, que eran muy ignorantes, no le dieron mayor importancia a ese papelito. Lo guardaron en el fondo de una caja y allí quedo olvidado. El niño fue creciendo con hambres y pobrezas mientras la polilla se iba comiendo el cheque olvidado. Y el niño se hizo hombre, el hombre se hizo viejo, y el viejo se hizo polvo... Fue un millonario, pero jamás cobró su herencia...»

Así pasa con la mayoría de los bautizados: son hijos de Dios que viven en la miseria espiritual. Son príncipes, son reyes, son profetas, son los herederos de las riquezas del Padre; pero viven espiritualmente andrajosos y enfermos, sin enterarse de quienes son y a que tienen derecho.

En los sacramentos de la iniciación cristiana se te dan, como en un cheque, inmensas riquezas espirituales y eternas. Pero eres un niño sin uso de razón. Se supone que tus padres te instruirán y te harán apreciar tu herencia para que «cobres tu cheque». Se supone que debes vivir en la opulencia espiritual. Se supone que el bautizado será educado por su familia en una fe luminosa, sólida, de la que brota el gozo, la acción de gracias, y la esperanza cierta en las promesas de una vida plena en el Señor. Pero no sucede nada de lo que «se supone». Así que la mayoría de los cristianos son bautizados, confirmados, a veces catequizados, nunca evangelizados y, por lo tanto, jamás convertidos.

El «cobro del cheque» solo llega a realizarse cuando un bautizado es conducido por su familia a una fe adulta, por medio de la palabra y del ejemplo.

Hermano: ¿Tú, ya recibiste al Espíritu Santo? ¿Ya sabes qué eres el heredero de la Gran Promesa? ¿Ya cobraste tu cheque? ¿Ya estás viviendo tu propio Pentecostés? Si no es así, ¿por que no te diriges a Cristo y le pides de beber el Agua de Vida?

Solo ten en cuenta que hay tres condiciones para recibir al Espíritu Santo: Ante todo es necesaria una fe que no dude. Creer «en la palabra de Dios, creer en la Promesa del Padre,.....creer en la fidelidad de Cristo». Creer que «antes se acabará el cielo y la tierra que dejen de cumplirse hasta los puntos y comas de lo que Él ha dicho».

En segundo lugar hay que tener «sed» es decir, un deseo ardiente de recibir más y más la acción poderosa y santa del Espíritu divino. Esta sed brota de la sincera humildad, de la profunda convicción de nuestra impotencia para ser buenos, y para ayudar a otros. Solo los humildes tienen sed de Dios.

Pero, además, esta sed espiritual solo existe cuando el creyente anhela cumplir la voluntad de Dios, la cual es:

 «...que seamos perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48)

Y que reproduzcamos en nosotros la imagen del Hijo, en quien el Padre se complace. Pero si un cristiano está contento con su mediocridad, satisfecho con su mínimo, acomodado en su derrota, bien instalado en lo carnal; nunca tendrá el ardiente deseo del Espíritu, que transforma y santifica, que purifica y enseña a glorificar a Dios, con una vida de oración y de servicio a los hermanos.

En tercer lugar, es necesaria la entrega total a Dios. Es decir, estar dispuesto a cumplir su voluntad por encima de todas las cosas y a centrar en esto toda nuestra vida, a ejemplo de Jesús. El regalo de Pentecostés es un premio para los que son obedientes a Dios.

Cuando se dan las tres condiciones antes dichas, cobran validez las palabras de Jesús:

“Pedid y se os dará. Buscad y hallareis. Llamad y se os abrirá». (Lc 11,9)

Extractado del libro “¡ Buenas Noticias !” del  P. Ricardo Zimbrón Levy, M. Sp. S. Editorial La Cruz, México 1997. San Luis Potosí 155 Col. Roma  Teléfono: 5574 3815

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