«SUFRÍ
AL VER SUFRIR A MI MADRE»
Dice
Jesús:
«No
he olvidado tampoco los dolores de mi Madre. Ella sabia que tenia
Yo que sufrir, y esto la atormentaba, la anegaba en llanto. Por esto no
le niego cosa alguna. Le he entregado todo. Ella sufrió lo indecible.
Quisiera
que cuando penséis en María, no olvidarais su agonía que duró
treinta y tres años, para terminar al pie de la cruz. Sufrió por vosotros
y por vosotros soportó las burlas de la gentuza que la llamaba madre
de un demente. Por causa vuestra soportó los reproches de los parientes
y de personajes importantes. Por vosotros soportó mi aparente desconocimiento,
cuando dije: "Mi Madre y mis hermanos son los que hacen
la voluntad de Dios".
¿Y
quien otro mejor que Ella la hacia, que estaba consciente de que le imponía
el tormento de tener que ver a su Hijo en el suplicio? .
Por
vosotros soportó las fatigas de buscarme aquí y allá. Por vosotros los
sacrificios que tuvo que hacer al dejar su casita y tener que mezclarse
entre la multitud, que tuvo que dejar su pequeño poblado y verse envuelta
entre las tumultuosas calles de Jerusalén. Por vosotros se vio
obligada
a estar en contacto con el discípulo que fraguaba en su corazón el
traicionarme. Por vosotros soportó el dolor de saber que se me acusaba de poseído.
Todo, todo por vosotros.
No
sabéis cuanto he amado a mi Madre. No comprendéis cuanto mi corazón
haya sido sensible a los afectos. Creéis que mi tortura fue solamente
física, o a lo mas, pensáis en el tormento espiritual del abandono final
de mi Padre.
No,
hijos. También supe lo que son las pasiones.
Sufrí
al ver sufrir a mi
Madre, al tener que llevarla, como mansa ovejita al suplicio, al tener que
despedirme varias veces de Ella, en Nazaret cuando iba a dar principio a la
evangelización, en otras ocasiones, cuando mi pasión estaba ya cercana,
momentos antes de la cena.
Sufrí
al verme befado, odiado, calumniado, rodeado de curiosidad malsana
que no se convertía en bien, sino en mal. Padecí las mentiras que
oía, las mentiras que decían personas que estaban a mi lado. Las de los hipócritas
fariseos que me llamaban Maestro, que me hacían preguntas
no porque aceptaban mi inteligencia, sino para tenderme trampas; las
de los que cure y las de los que se convirtieron en enemigos míos en la
sala del Sanedrín, y en el Pretorio;
las
de Judas que culminaron cuando
con un beso de amistad me señaló a los soldados. Sufrí al ver a Pedro que
mentía por terror humano.
¡Cuántas
mentiras que me herían a MI que soy la Verdad! ¡Y cuántas hoy
en día se me dirigen! Afirmáis amarme, pero no es así. Tenéis mi Nombre
en los labios, pero en vuestro corazón adoráis a Satanás y seguís
una ley contraria a la MIA.
Sufrí
al pensar que ante el valor infinito de mi sacrificio, sacrificio de un
Dios, muy pocos
se
salvarían. Digo todos,
todos los que en el correr de los siglos han preferido o preferirán la muerte a
la vida eterna, y este modo
convierten mi sacrificio en algo estéril. A éstos los tuve presentes. Y a
sabiendas de ello me dirigí a la muerte».
Extrapolación basada en diversos pasajes evangélicos, incluida en el libro “El Hombre-Dios” escrito por María Valtorta, Volumen V, “Preparación de la Pasión. La Pasión. La Glorificación”, Editorial Pisoni-Isola del Liri, Italia., 1986..Un agradecimiento al C. M. Rafael Quintero, quien al dejar olvidado su libro el Viernes Santo 2004, hizo posible la inclusión de este artículo.