SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

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Hemos concluido el Ciclo pascual. Ha ocupado el centro de la celebración cristiana el misterio de Jesucristo, muerto y resucitado, que ha llegado a la plenitud de la Vida y la da a toda la humanidadEl primer domingo después del Ciclo pascual, celebramos la razón última y la fuente del misterio de nuestra salvación que hemos ido siguiendo durante largas semanas: la santa Trinidad de Dios.

Hablar de Dios evoca hoy más bien dudas, interrogantes, incluso indiferencia. Y no sólo entre los alejados sino también entre las personas que amamos y conviven con nosotros, incluso entre los miembros de la comunidad cristiana o los que participan en la Eucaristía.

No es extraño encontrar cristianos conscientes que se interesan por el mensaje de Jesús y el Evangelio, pero que se encuentran perdidos ante Dios y su silencio. Sólo faltaban los últimos episodios sobre la utilización del nombre de Dios por parte de terroristas o de los que dirigen el mundo con su política y sus armas.

La fe cristiana se arraiga en una convicción: Jesús conoce y ama al Padre como Hijo y nos lo revela (Mt 11, 27); o lo que es lo mismo: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra" (evangelio). Tenemos que saber poner en duda las ideas demasiado comunes sobre Dios, aunque parezcan evidentes, para volver constantemente a la palabra y experiencia del mismo Jesús; y esto quiere decir toda su vida y especialmente su muerte y resurrección.

Dios Padre es la única explicación de la sorpresa que es Jesús. Esto ya aparece en el Bautismo; Jesús es el Hijo, lleno del Espíritu de Dios, que se entrega al Padre y a los hombres, que se pone en la hilera de los pecadores, hecho el último y el servidor de todos. Este misterio estalla en la Pascua; Jesús se dio del todo al Padre y a los hombres, obra sublime y salvadora del Espíritu. Muriendo en la cruz, Jesús, el Hijo, nos revela el amor inmenso del Padre que le da el Espíritu de amor y así lo lleva a la donación de la muerte y a la plenitud de la resurrección.

Toda la humanidad está llamada a vivir el Espíritu de Dios. Este es el mensaje de Jesús. Dios no olvida a los hombres, ni los amenaza, ni se limita a darles su ley: Dios no es un interrogante insoluble o un silencio angustiante ante el sufrimiento humano. Dios ama esta nuestra humanidad y manifiesta su amor llamándonos a todos a participar de la vida del Señor Jesús, a amar en el Espíritu hasta dar la vida y encontrarla eternamen­te. Es el sentido de nuestro bautismo "en el nombre del Padre", que nos atrae a la vida en él; "del Hijo", el primero de los nuestros que nos ha abierto el camino; "del Espíritu Santo", que nos impulsa al amor, a la entrega, a la libertad, a la esperanza. "Los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios" (Rom 8, 14-17), esparcidos por el mundo, obra de Dios, signos de su presencia salvadora.

La Santa Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres Personas en una sola Naturaleza Divina, supera, sin duda, nuestra capacidad de comprensión. Es un misterio. Lo que supera, sin embargo, nuestra limitada inteligencia no es sólo el misterio de Dios Uno y Trino; el Nuevo Testamento subraya más bien que el misterio incomprensible e inefable es el Amor de Dios que nos llama a todos a participar en su misma naturaleza divina por la presencia impalpable de su Espíritu de amor, de paz, de libertad. Es lo que evoca la antífona de entrada: «Bendito sea Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, porque nos ha mostrado un amor inmenso».

Reconozcamos la gloria de la eterna Trinidad y adoremos la unidad de su majestad omnipotente con los labios y con la vida entera, en el signo de la celebración y en la realidad de nuestra vida fiel. El misterio de Dios lleva al silencio, mas no al silencio del interrogante y la duda, sino al de la contemplación, la admiración, la alegría, el reconocimiento, la experiencia de nuestra pequeñez humilde y agradecida.

GASPAR MORA

Actualidad Litúrgica 2009