SOBRE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR
«Hombres de Galilea, ¿por qué tienen los ojos fijos en el cielo? Como lo han visto subir al cielo, así regresará el Señor. Aleluya». Con estas palabras llenas de nostalgia por las alturas, pero que invitan, al mismo tiempo, al realismo que tiene a los hombres clavados en la tierra, se abre la liturgia de la solemnidad de la Ascensión.
Estas
palabras, tomadas del primer capítulo del libro de los Hechos, tienen un doble
impulso. Por un lado, un llamado hacia el Cielo, a donde Cristo subió
gloriosamente y «está sentado a la derecha de Dios» (Mc 16,19). Por el otro, un
llamado de atención a nuestra situación de criaturas, vinculadas con la historia
y con la pesadez de la vida cotidiana.
Se trata de recordarnos que la debida y apasionada búsqueda de «las cosas de arriba» no puede ser una evasión de las cosas de acá abajo.
Es obvio que «el Cielo» no representa aquí un espacio geográfico, donde Cristo estaría con el Padre; sino más bien un símbolo para expresar su glorificación plena, su nuevo modo de existir, liberado de los lazos del «tiempo-espacio», que tampoco lo sustrae a una comunión de vida, aún más íntima, con nosotros.
Por eso, la nostalgia del Cielo es simplemente la nostalgia de Cristo y de nuestra asociación a su vida gloriosa, como nos recuerda San Pablo cuando le pide a Dios que ilumine la mente de los cristianos, para que comprendan a qué esperanza los ha llamado el Padre, al resucitar a Cristo de entre los muertos y al hacerlo sentar a su derecha en el Cielo.
Este deseo es el que quiere despertar en nosotros la fiesta de la Ascensión. No se trata de persuadirnos para desertar de la tierra, sino más bien para recordarnos que nuestra meta está en otra parte. Precisamente por eso Jesús retornará otra vez para llevarnos consigo, como anunciaron los ángeles a aquellos «galileos» de que nos habla el libro de los Hechos.
La
segunda parte (Hch 1,6-11) de la primera lectura toma de nuevo el tema de la
Ascensión, (que ya había sido tocado por Lucas al final de su evangelio 1
Lc
24, 50-51)
enriqueciéndolo con nuevos detalles y vinculándolo con la venida del Espíritu
Santo, quien será como una prolongación del mismo Cristo.
Precisamente por eso, no se debe pensar en un inmediato restablecimiento del «reino de Israel», como pensaban ingenuamente los apóstoles (v.6). El Reino se restablecerá por todo el arco de tiempo que va de la ascensión hasta el retorno glorioso de Cristo. Y la fuerza del Espíritu es lo que hará madurar los gérmenes del Reino, con la cooperación y el testimonio evangelizador de los apóstoles.
De ese modo, la Ascensión es por una parte el final de una experiencia; pero es también el comienzo de una aventura aún más grande para la Iglesia, que está por nacer.
En el evangelio de Mateo, no se describe la ascensión de Jesús al cielo con imágenes visuales; sino que nos da el equivalente teológico. Tenemos aquí el último encuentro de Jesús con sus apóstoles, que comienza con una majestuosa afirmación cristológica: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra» (Mt 28,18).
Precisamente en virtud de esa autoridad manda Cristo a sus apóstoles a hacer discípulos suyos a todas las naciones. Lo cual se ha de manifestar en la recepción del bautismo y en la observancia de todo lo que Cristo ha mandado.
Que nuestra Santísima Madre nos acompañe en esta meditación para que podamos captar mejor el sentido de la ascensión de Cristo y a cumplir la misión que de Él recibimos, junto con los apóstoles.
Inspirada en la meditación propuesta por Carlos Soltero, S. J., aparecida en Actualidad Litúrgica de mayo-junio de 2008, editada por Buena Prensa.