«No tener
limites para lo máximo y caber también en lo mas pequeño: eso es divino». Un
estudioso jesuita caracterizó a Ignacio con esas palabras. La frase expresa muy bien
el meollo de la experiencia fascinante de
Ignacio: su atracción irresistible para el
magis (más).
Esta tensión entre el ímpetu
generoso del amor del "noble caballero" y la histórica condición
humilde del soldado herido, de una aristocracia rural provinciana, el soñador
de glorias militares infinitas y el combatiente oscuro en un rincón pequeño de
España, el ambicioso enamorado de más de una noble y el paje fiel perdido en
medio de una corte numerosa, fue preparando a aquel hombre para descifrar, de un
todo explícito y pedagógico, el misterioso juego de la gracia en la trampa
vulgar de la vida diaria.
En el comienzo de su vida religiosa, el mundano cortesano
vasco experimento con fuerza en si mismo, la tensión entre la firmeza, la
profundidad de la fe y la inconsciencia de la práctica pecaminosa. Todo en
Ignacio caminaba en una línea de polaridad, en busca de equilibrio; nacía en
él, surgiendo
de raíces profundas, el ejercicio del discernimiento.
De su vida profana quedan dos
líneas: «señalarse más» y «en servicio», de su experiencia religiosa de
infancia y juventud guardó la contradicción entre «fe» y «pecado».
En el castillo de Pamplona, durante una larga
convalecencia, en contacto con la lectura de libros sobre temas religiosos,
comenzó a
sentir el juego contradictorio de los sentimientos. A veces se ponía a
discurrir qué obra sobre Cristo y los santos podía leer, otras veces se
entregaba a los sueños de «muchas cosas vanas». Así pasaba varias horas sin
darse cuenta, «imaginando lo que había que hacer en servicio de una señora»
que era de mayor titulo que condesa o duquesa. Comenzó a
notar la diferencia de los sentimientos: cuando pensaba en las cosas del mundo,
«se deleitaba mucho»; sin embargo, cuando dejaba de hacerlo, se sentía «seco
y descontento». Cuando imaginaba ir a Jerusalén descalzo, comer solamente hierbas y practicar
todos los rigores que practicaron otros santos, no solamente se sentía
consolado con tales pensamientos sino que «quedaba contento y alegre».
Los sentimientos actuaban; Ignacio no se preocupaba por
interpretarlos. He aquí que se le abrieron un poco los ojos y empezó a
maravillarse de esta diversidad y a hacer reflexión sobre ella. De esa
experiencia dedujo que unos pensamientos lo dejaban triste y otros alegre, y
poco a poco acabó conociendo la diversidad de los espíritus que lo agitaban,
unos del demonio, otros de Dios.
Ignacio va a continuar toda su vida tras este filón espiritual
que descubrió al comienzo de su conversión. Aún entonces eran experiencias de principiantes, que oscila
entre una vida de pecado y de gracia. Allí predomina el nivel de la «perturbación
de la sensibilidad», mientras que en un nivel más avanzado espiritualmente,
los «desvíos de la razón» serán el signo de la presencia y de la acción
del mal espíritu.
El proceso de discernimiento al que Ignacio se entregará
durante su vida, fue aprendido lentamente. En los primeros tiempos de la
conversión sólo le interesaba hacer las penitencias que habían hecho los santos y aun más. En estos pensamientos tenia todo su
consuelo, sin preocuparse por su vida interior ni saber que era la
humildad, la caridad, la paciencia ni la discreción, para regular y medir otras
virtudes. Toda su intención era hacer estas grandes obras exteriores, porque
los santos las habían hecho para gloria de Dios, sin considerar ninguna otra
circunstancia particular.
En Manresa, Ignacio hará su verdadero noviciado, donde
las luchas interiores serán tan fuertes que casi lo llevan al suicidio. La
agitación interior se hace más violenta. A veces lo visitan grandes consuelos;
a veces, desolaciones. La primera experiencia es descrita por él como la
visión de «una cosa en el aire junto a él, la cual le provocaba mucho consuelo, porque era
tremendamente hermosa». A veces adquiría forma de serpiente y tenia muchas
cosas que resplandecían como ojos aunque no lo fuesen; su presencia causaba
mucho consuelo. Cuando desaparecía sentía disgusto. A partir de lo cual
Ignacio concluyó que esa era una tentación del demonio.
Ignacio comenzó a tener grandes movimientos en su alma,
encontrándose a veces tan desencantado que no hallaba gusto en rezar ni en oír
misa ni en ninguna otra oración. Otras veces lo asaltaban sentimientos opuestos
repentinos y sentía la desaparición de toda tristeza y desolación. Comenzó a
espantarse ante tal juego de sentimientos.
En este año en Manresa, la experiencia de Ignacio en
las cosas espirituales se desarrolló
hasta llegar el momento más importante: la visión del Cardoner.
Una vez iba por devoción a una Iglesia que estaba a
poco más de una milla, de Manresa. El camino bordeaba el riacho. Caminaba
inmerso en sus oraciones y se sentó por un rato frente al riacho que corría ahí
abajo. Era el Cardoner, afluente del río Llobregat. Y mientras estaba ahí
sentado, se le comenzaron a abrir los ojos del entendimiento. No veía nada,
pero entendía muchas cosas, tanto espirituales como las de la fe y de las
letras. Esto se realizó con tal iluminación, qua todas las cosas le parecían
nuevas, no podía decir cuales en particular entendió entonces, ni si habían
sido muchas, sino que recibió una gran claridad en el entendimiento, de manera
que en todo el transcurso de su vida. Después
comentaría que reuniendo todo lo que había recibido de Dios y lo que aprendió,
nunca le pareció haber alcanzado tanto como en aquella única vez.
Otro hombre nacía en Manresa. La dura experiencia
anterior, la maravillosa riqueza humana del «noble caballero», encuentran,
tocadas por esa luz divina, una síntesis. Nace el hombre del mayor amor en la
pequeña Iglesia. El amor sin medida ve la medida de la encarnación de Cristo y
de la Iglesia. Se da la transformación mística del Iñigo
ardoroso (transportado en deseos de
grandeza espiritual) en el Ignacio, hombre de la Iglesia. Nacía el soldado nuevo de Cristo. La experiencia del
Cardoner ilumina toda su experiencia anterior. No tendría su plenitud, si
Ignacio no hubiese vivido lo que vivió.
Por otra parte, todo lo que Ignacio vivió no habría
llegado nunca a la unidad y claridad integrada, si no hubiese habido esta «iluminación
desde lo alto». En esta visión y eximia ilustración del Cardoner, sabemos qua
Ignacio fue iluminado con respecto a la Santísima Trinidad. La Majestad divina marca
definitivamente la espiritualidad ignaciana. Otro punto fundamental de su
experiencia mística fue la humanidad de Cristo, tanto en su figura terrena,
como en su presencia sacramental en el misterio de la Iglesia. En una palabra:
la experiencia de Ignacio quedó marcada por la triple dimensión: teológica,
cristológica y eclesial.
Con este antecedente, podemos pasar ahora a analizar
algunos aspectos relacionados con el discernimiento, como Ignacio propone en su
libro de los Ejercicios
Espirituales (EE). No se trata de la experiencia
personal de Ignacio, sino del modelo que él nos ofrece para nuestra vida
personal. Revisemos someramente la universalidad de esa experiencia, válida en
la actualidad, pues brota de la tradición de la Iglesia y la hace llegar hasta
nosotros.
En
el fondo del discernimiento ignaciano está la experiencia personal de Ignacio,
qua se intenta condensar en unas líneas. Restringiéndonos al contexto del
discernimiento, se verá como aborda Ignacio en su obra maestra de la
espiritualidad; los EE, libro que tiene en torno de sí una
larga bibliografía, trabajos especializados, etc..
Los EE son un libro de trabajo, didáctico; destinado en
primer lugar a los directores de Ejercicios y en forma secundaria a los
ejercitantes. En el comienzo, Ignacio explica el sentido de las palabras
ejercicios espirituales: «todo modo de examinar la conciencia, de meditar, de
contemplar, de orar vocal y mental, y de otras operaciones espirituales... Todo
modo de preparar y disponer el anima para quitar de sí todas las afecciones
desordenadas y, después de quitadas, para buscar y hallar la voluntad divina,
en la disposición de su vida para la salud del
ánima».
Lo que caracteriza al sentido de Ignacio son tres elementos: orientación, dinámica y contenido. Por lo que, podemos considerar como EE según san Ignacio: a la secuencia de meditaciones, oraciones, etc., dentro de la orientación, dinámica y contenidos indicados por él.
Naturalmente, el elemento contenido permite la
posibilidad de cambios y adaptaciones, con tal de que no desvirtúen la
orientación y dinámica previstas .
La búsqueda de la
voluntad de Dios, es una locución fundamental en toda la problemática del
discernimiento ignaciano. No tendría ningún sentido el esfuerzo de Ignacio, si
se tratara solamente de que cada uno siguiera aquello que le parece bien, sin
ponerse específicamente en una perspectiva salvífica.
Por eso, buscar la
voluntad de Dios es buscar un «camino práctico de la libertad humana, dentro
de la historia de la salvación», es querer que sus decisiones se ubiquen entre
la «palabra de Dios» y la «historia humana», de modo que no se trate de una
palabra divina fuera de la historia o de una historia independiente de los
signos de Dios.
Buscar la voluntad de Dios es ponerse es un plano
donde la inteligencia busca a la fe y la fe busca. a la inteligencia. Buscar la
voluntad de Dios es desear comprender la verdad de Dios que nuestro corazón
cree y ama.
Hay una distinción muy
simple entre movimiento de Dios y voluntad de Dios.
Todo impulso para el bien viene de Dios. «Porque
separados de mi no pueden hacer nada» (Jn. 15, 5). «...Y
nadie puede decir: "¡Jesús es Señor!, sino por influjo del Espíritu
Santo» (1 Cor.12, 3). Ninguna acción salvífica puede realizarse sin la gracia
de Dios. Todo deseo hacia el bien, hacia la salvación, es acción de Dios. El
primer paso hacia el bien, es gracia.
Si
toda inclinación para hacer el bien encuentra en Dios su origen, entonces ¿se
deduce que tal inclinación es la voluntad de Dios hacia mi? No. No todo impulso
de Dios debe transformarse necesariamente en la expresión de la voluntad de
Dios que yo, en mi libertad, deberé seguir.
Si
quiero cumplir la voluntad de Dios, no debo seguir sin más todo buen deseo,
venido del propio Dios, pues puede ser que ese deseo se oriente hacia otro bien
y no necesariamente que deba ser realizado por mí. Un movimiento de Dios, un
impulso venido de Dios, se me revela como voluntad suya solamente al final de un
proceso de discernimiento.
AI comienzo, está el movimiento de Dios, al término,
dentro de las luces y tinieblas de nuestra
condición humana, aparece o no como voluntad de Dios.
El que no discierne se deja llevar por cualquier
impulso inicial, aunque sea bueno; y a veces termina convirtiéndose en algo
negativo. El descubrimiento de la voluntad de Dios, en cuanto proceso de búsqueda
por parte mía, supone todo un trabajo espiritual,
como el que Ignacio propone en los EE.
Por lo tanto, buscar la voluntad de Dios es algo más
que percibir en sí un buen deseo, un movimiento para algo bueno, bello. Es
tratar de percibir cuál es el verdadero llamado que Dios nos dirige en el
momento presente, en el contexto
concreto de nuestra vida. Supone una interpretación de la situación concreta,
para descubrir en ella la palabra de Dios, como los antiguos profetas
interpretaban la palabra de Dios hacia el pueblo escogido, en los
acontecimientos de su historia.
El
discernimiento ignaciano es una ayuda para entender
los factores que se presentan en una situación dada, y reflexionar sobre ellos
a la luz de la palabra profética de Dios, hasta poder apreciar, interpretar y
determinar hasta el límite de nuestra capacidad, que es
lo que el Señor desea de nosotros.
Un simple sondeo psicológico que busque descubrir
las motivaciones inconscientes que nos envuelven, no seria estrictamente un
proceso de discernimiento de la voluntad de Dios, podría ser útil, pero la búsqueda de la voluntad
divina se ubica en un nivel de fe.
Ignacio
vivió este proceso durante toda su vida, los problemas de discernimiento se le
planteaban por medio de los acontecimientos, por las dudas que le planteaban,
por sus experiencias apostólicas. Lejos de alejar a Ignacio de Dios y de
aborrecerlas, estas ocasiones contingentes le servían para descansar sin
esfuerzo en la contemplación de la Santísima Trinidad y asegurarse
la claridad y la certeza de que todo lo hacia en Cristo.
Con sus EE, Ignacio intenta universalizar su experiencia de toda la vida en la búsqueda de la voluntad de Dios en todas las cosas. La comunica con un fin apostólico. Como es una experiencia del Espíritu Santo en la Iglesia, ella puede ser universalizada y entendida par nosotros, que hoy vivimos en la misma Iglesia bajo la acción del mismo Espíritu Santo.
Esa experiencia de Ignacio como toda verdadera
experiencia humana espiritual, tiene una doble dimensión. Una que se agota con
los análisis psicosociales de su persona y de su tiempo, y otra que sobrepasa
estas coordenadas limitadas, asumiendo una dimensión metahistórica.
Por la fuerza de esta última, ella se ha comunicado con la gran tradición de
la Iglesia y hoy brota límpida para nosotros.
Desarrollado
por el C. M. Alfonso de Jesús Marín González, sobre algunas ideas
presentadas en los libros “Discernimiento Espiritual”, de Juan
Bautista Libanio, de la Ediciones Paulinas, Traducción al español,
Buenos Aires; y en “Discernimiento y Mediaciones Socio-Políticas” de
Joao B. Libanio, S.J. volumen 8 de la Colección Ignaciana de Obra
Nacional de la Buena Prensa, México 2000.