En
el pasado, el discernimiento era una materia que pertenecía al mundo mítico,
donde el hombre acostumbraba a ver la acción de espíritus en todo aquello que escapaba a su
comprensión.
De
hecho, hoy en día raramente se oye hablar del discernimiento de espíritus. Sin
embargo, éste refleja una experiencia humana tan extendida como la historia
misma del hombre.
En
el Antiguo Testamento, el discernimiento se realizaba como la búsqueda de la
voluntad de Dios sobre el pueblo de Israel, tratando de distinguir cuáles eran
los falsos y los verdaderos profetas. Muchos hombres surgían como intérpretes
de la voluntad de Dios hacia Israel. ¿En quién confiar? ¿En quién creer? ¿Quién
hablaba las palabras de Dios o quién mentía?
Con
el Nuevo Testamento se encontrará otra situación. El punto central es
Jesucristo. Él y el Padre nos envían al Espíritu Santo, que habita en
nosotros, que habla en nosotros, pero con gemidos casi imperceptibles. Cabe al
cristiano discernir esta voz del Espíritu de Dios. Hay otro espíritu que,
desde el fondo de su maldad, perturba la acción del Espíritu Santo y confunde
al cristiano. A partir de este hecho, el discernimiento se vuelca más hacia las
experiencias personales.
El
problema del discernimiento espiritual es fundamental para el cristiano, toda
vez que trata de procurar conocer la voluntad de Dios sobre nuestra vida, y
responder a ella con verdad y fidelidad.
El
discernimiento se hace necesario en cuanto que no tenemos percepción inmediata
de esa voluntad de Dios. Normalmente, Dios no se nos revela de manera directa.
Tenemos que recurrir a criterios para descubrirlo presente en realidades
humanas. Esto es discernir.
Además
de esto, como ya se mencionó, tenemos la experiencia, de los engaños
provenientes del interior respecto de decisiones, tenidas como muy espirituales.
Existen trampas que vienen de nuestro inconsciente, del medio que nos cerca, de
la sociedad, de la cultura, etc. las cuales son extremadamente sutiles y sólo
con un fino discernimiento podríamos percibirlas.
Incluso,
muchas veces en vez de buscarse la voluntad de Dios, se proyectan los propios
deseos como si fuesen ellos la voluntad de Dios.
Tratando
de resumir, podríamos decir que el Discernimiento es un proceso espiritual que
busca percibir, distinguir las mociones del Espíritu en nuestro corazón, la
presencia de Dios en las realidades humanas que están llamando a nuestra
libertad hacia una decisión, o una acción.
El
discernimiento es como una lectura cartográfica. Los movimientos del corazón
humano van diseñando trazos de las más variadas configuraciones. Leer e
interpretar el diseño final es el arte del discernir. Los trazos son las mociones interiores que deben ser
identificadas como venidos de Dios o no.
A
través del discernimiento se pretende precisamente traducir en el código de la
voluntad de Dios lo que es expreso en el lenguaje de la moción proveniente de
Él.
Los congregantes marianos, tenemos potencialmente una gran riqueza, pues a través de una de las obras de apostolado que se realizan, podemos tener acceso a las reflexiones y ejercicios basadas en la espiritualidad desarrollada por San Ignacio de Loyola, reconocido universalmente como uno de los mas grandes maestros en materia de experiencias sobre discernimiento espiritual.
Pensemos por un momento en esta opción , al alcance tanto de nosotros como de nuestros familiares y amigos cercanos, y pidamos a Nuestra Madre Santísima su intercesión para alcanzar los frutos de esta gracia divina.
Desarrollado
por el C. M. Alfonso de Jesús Marín González, basado en las obras de Juan
Bautista Libânio, S. J.: “Discernimiento Espiritual” de
Ediciones Paulinas, y “Discernimiento y Mediaciones Socio-políticas”
Número 8 de la Colección Ignaciana de la Obra Nacional de la Buena Prensa, A
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