SILENCIO

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Un profundo silencio lo envolvía todo, y la noche avanzaba en medio de su carrera, cuando tu omnipotente Palabra, bajó de los altos cielos al medio de la tierra   (Sab 18,14-16)

Se llama María de Nazaret. El nombre de Nazaret no aparece ni una sola vez en el Antiguo Testamento ni en el Talmud. En sus dos famosos libros, Antigüedades judaicas y Guerra judaica, Flavio Josefo agota toda la materia geográfica e histórica de Palestina. Pues bien, por ninguna parte aparece el nombre de Nazaret.

Como bien sabemos, los romanos en sus mapas imperiales tenían anotados cuidadosamente los nombres de los pueblos y ciudades de su vasto imperio, aun los nombres de los lugares más insignificantes. El nombre de Nazaret tampoco aparece por ninguna parte.

Los únicos escritos que nos hablan de Nazaret son los evangelios. Y el evangelista recogió -y le pareció interesante el consignarlo- una ironía de Natanael, típica entre rivales pueblos provincianos: "¿De Nazaret puede salir algo bueno?" Jn 1,46).

De María no sabemos cuándo y dónde nació, ni quiénes fueron sus padres. No sabemos cuándo y dónde murió, ni siquiera si murió. Todo es silencio en torno a María.

De cualquier personaje importante lo primero que nos interesa, en un primer golpe de curiosidad, es cuándo y dónde nació. Acerca de cuándo nació María podríamos conjeturar una fecha aproximativa a partir de ciertas costumbres de aquellos tiempos, como por ejemplo la edad de los esponsales.

Pero acerca de dónde nació ni siquiera se puede conjeturar, porque en una región donde reinaban costumbres seminómadas, sus habitantes no saben de estabilidad local, por cualquier motivo se desplazan de un lugar a otro, se instalan provisionalmente en otra parte y sus hijos nacen en cualquier lugar. María pudo haber nacido en Naím, Betsaida o Caná. Nadie lo sabe.

Acerca de los padres de María no sabemos nada. La tradición, siguiendo a los evangelios apócrifos, nos asegura que se llamaron Joaquín y Ana. Pero los evangelios canónicos no nos dicen nada. Todo es incierto, nada es seguro. Los orígenes de María se esconden en el más profundo silencio.

En la Biblia, un silencio impresionante envuelve la vida de María. En los evangelios, aparece incidentalmente y desaparece enseguida.

Los dos primeros capítulos nos hablan de ella. Pero aun aquí María aparece como un candelabro: lo Importante es la luz -el Niño-. Como ya hemos explicado, las noticias de la infancia nacieron, en su última instancia, de María. De alguna manera podríamos decir: aquí habla María. Y la Madre habla de José, de Zacarías, de Simeón, de los pastores, de los ángeles, de los reyes... De ella misma apenas habla nada. María no es narcisista.

Después, en los evangelios, aparece y desaparece como una estrella errante, como si sintiera vergüenza de presentarse: en el templo, cuando se pierde el Niño (Lc 2,41-50), en Caná (Jn 2,1-12), en Cafarnaúm (Mc 3,31-35), en el Calvario Un 19, 25-28), en el Cenáculo, presidiendo el grupo de los Doce, en oración (He 1,14). En estas tres últimas presentaciones, no articula ni una palabra.

Después, sólo una alusión indirecta, mucho más impersonal: "nacido de mujer". Aquí, Pablo coloca a María detrás de un extraño anonimato: "Dios envió a su Hijo, nacido de mujer" (Gál 4,4). Hubiese sido suficiente colocar el nombre de María detrás de la palabra "mujer", ¡y hubiera quedado tan bonito! Pero no. El destino de la Madre es quedar allá atrás, en la penumbra del silencio.

Impresiona y extraña la poca importancia que, al parecer, Pablo da a María. Por los cómputos cronológicos ellos dos pudieron haberse conocido personalmente, y posiblemente se conocieron. Al reclamar su autoridad apostólica, Pablo se gloria de haber conocido personalmente a Santiago "hermano" del Señor (Gál 1,19). Sin embargo, de María no hace alusión alguna, ni siquiera indirecta, en sus cartas.

Fuera de esas fugitivas apariciones, la Biblia no habla nada más de María. Lo demás es silencio. Sólo Dios es importante. María transparenta y queda en silencio.

Fue como esos vidrios grandes, limpios y transparentes. Estamos en una habitación, sentados en una butaca, contemplando varias escenas y lindos paisajes: las gentes caminan por la calle, se ven árboles, pájaros, panoramas bellísimos, estrellas en la noche. Nos entusiasmamos de tanta belleza. Pero ¿a quién debemos todo eso? ¿Quién se da cuenta de la presencia y de la función del vidrio? Si en lugar de vidrio hubiese una pared, ¿veríamos esas maravillas? Ese vidrio es tan humilde, que transparenta un panorama magnífico y él queda en silencio.

Eso, exactamente, fue María. Fue una mujer tan pobre y tan limpia (como el vidrio), tan desinteresada y tan humilde, que nos hizo presente, nos transparentó el Misterio Total de Dios y su Salvación, y ella quedó en silencio, apenas nadie se dio cuenta de su presencia en la Biblia.                                                                   

Navegando en el mar del anonimato, perdida en la noche del silencio, siempre al pie del sacrificio y de la esperanza, la figura de la Madre no es una personalidad acabada con contornos propios.

Éste es el destino de María. Mejor, María no tiene destino como tampoco tiene figura configurada. Siempre está adornada con la figura del Hijo. Siempre dice relación a Alguien. Ella siempre queda atrás. La Madre fue un "silencio cautivador", como dice Von le Fort.

María fue aquella Madre que se perdió silenciosamente en el Hijo.

Basada en el libro “El silencio de María” de Ignacio Larrañaga, XXIV edición, editado por San Pablo, México 2009.