SI USTEDES NO SE CONVIERTEN...

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Durante la Cuaresma, en diversas ocasiones se nos insiste sobre la necesidad de meditar acerca de la conversión y la misericordia de Dios. De hecho, las ideas de la conversión, de reorientación de nuestra vida en la dirección del evangelio, de arrepentimiento y de propósito de enmienda... están en el núcleo del mensaje cuaresmal. Dios nos llama a la conversión, y nos ofrece su perdón.

Realmente, la perspectiva desde la cual se enfoca esta necesidad de conversión no es la del castigo que nos espera, sino la de un Dios bueno y misericordioso que quiere perdonarnos y salvarnos. La cita del evangelio que nos recuerda la  parábola de la higuera que no daba fruto, es perfecta para captar esta actitud de Dios: "Señor, déjala todavía este año;... para ver si da fruto". Dios no quiere "cortarla", sino que dé fruto; por esto siempre ofrece otra oportunidad, con la única condición de que haya un compromiso sincero de esfuerzo ("voy a aflojar la tierra alrededor y a echarle abono"), una voluntad firme de conversión.

A fin de poder hacer este camino de conversión, es preciso  que cada uno se proponga unos medios.

Ciertamente  que esto se dice desde el inicio de la Cuaresma, pero es bueno recordando constantemente. Cada uno tiene que hacer su propio programa, unos propósitos, unos retos. La liturgia nos ofrece unas pistas que nos pueden ayudar a concretar. Por ejemplo, se nos recuerdan aquellos tres medios tradicionales: "que nos has propuesto como remedio del pecado el ayuno, la oración y las obras de misericordia".

Para terminar, podríamos acabar como hemos empezado: todos tenemos necesidad de conversión, nadie puede decir que esta exigencia no le concierne. "Así pues, el que crea estar firme, tenga cuidado de no caer".

Jesús nos ofrece en esta Cuaresma una oportunidad para convertirnos: aprovechémosla.

Autor: XAVIER AYMERICH de Actividad Litúrgica
Marzo – Abril 2010,
Buena Prensa