16 de julio
NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN

La devoción a la Virgen del Carmen hunde sus raíces en un lugar y en un tiempo bien precisos. El lugar es el monte Carmelo, cadena montañosa de Galilea, que se asoma al mar por un alto promontorio y por el otro lado da a la llanura de Esdrelón. Karmel significa «jardín» en hebreo. Es el monte santo, lugar de b oración y donde moró Elías, cantado en la Escritura por su belleza.

En este monte -y más precisamente en uno de sus valles, algunos de los cruzados venidos de Occidente dedicaron, a comienzos del siglo XIII, una iglesia a la Virgen María, poniendo bajo su protección la Regla de vida que les había dado Alberto, Patriarca de Jerusalén y tomando el título de Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo.

Desde aquel momento, la figura de la Virgen, Madre y Hermana, acompaña a la historia del Carmelo, de sus santos y de sus santas. Se trata de una historia de favores de la Virgen y de santidad de los miembros de su orden. El Carmelo ha contemplado en María a la Virgen purísima, a la Madre espiritual, a la Estrella del mar. Ha recibido como don, para extenderlo a todos los devotos, el escapulario, signo de protección y de alianza, prenda de salvación eterna.

Para la celebración se eligió la fecha del 16 de julio porque el 17 del año 1274, el II Concilio de Lyon sancionó la permanencia de la orden (que debía ser suprimida). La conmemoración fue extendida a toda la Iglesia por Benedicto XIII en 1726.

María, la sierva, la discípula, la madre que se ofrece por completo a fin de que se cumpla la voluntad del Padre, es el ejemplo sumo de la comunión familiar con Jesús, a través del vínculo de la Palabra escuchada y vivida, como con frecuencia subrayan los Padres de la Iglesia.

También el cristiano engendra en sí mismo a Jesús mediante el cumplimiento de la Palabra. Corresponde muy bien a la espiritualidad del Carmelo, toda ella centrada en la escucha, meditación y contemplación de la Palabra, la visión de María que presenta a Jesús sus verdaderos hermanos e hijos suyos, instruidos por ella en el cumplimiento de la voluntad del Padre.

La búsqueda de la sabiduría, la escucha de la Palabra y el cumplimiento de la voluntad de Dios son temas que iluminan el sentido más verdadero de la devoción a la Virgen del Carmelo, según la más pura y genuina tradición de la orden.

Antes incluso de ser Santa María del Monte Carmelo para el pueblo fiel, o sea, la imagen familiar que presenta el escapulario a las almas del purgatorio para llevarlas al cielo, María es, en la espiritualidad del Carmelo, la custodia de la Palabra, la Virgen del silencio y de la oración, la Madre de la contemplación y de la vida mística.

Es la que lleva a los fieles, como guía sabia, por los senderos de la santa montaña, conduciéndolos hasta la cumbre que es Cristo. Como Madre espiritual, engendra a sus hijos a la vida de gracia en la Iglesia, pero los acompaña asimismo con el ejemplo y la intercesión, y con una delicadeza absolutamente materna, en cada etapa de la vida espiritual, a través de las noches oscuras y los días luminosos de la vida. Y, siempre en la línea del evangelio, marca más profundamente, en aquellos que se dejan plasmar por su presencia y acción materna, una santidad completamente mariana, interior en la contemplación, generosa en el servicio María, sede de la sabiduría, nos conduce a Cristo, sabiduría viva, y forma discípulos y discípulas de la divina sabiduría. María, discípula del Señor, reúne y forma discípulos y discípulas de la divina Palabra, nueva savia vital que nos hace, con y como la eucaristía, miembros cu n i sanguíneos del mismo cuerpo de Cristo.

Extractos de la meditación propuesta en la Lectio Divina, volumen 17 de Editorial Verbo Divino, Pamplona 2003.

CONTEMPLACIÓN

Tras Jesucristo, y sin duda a la distancia que media entre lo infinito y lo finito, hubo también una criatura que fue una magna alabanza de gloria a la Santísima Trinidad, que respondió plenamente a la elección divina de la que habla el apóstol. Ésta fue siempre «pura, inmaculada, irreprensible» a los ojos del Padre tres veces santo. Su alma es tan sencilla y los movimientos de su espíritu tan profundos que no podían ser advertidos. Parece reproducir en la tierra la vida propia del ser divino, del Ser simple. Al mismo tiempo, es tan transparente y luminosa que podría ser comparada con la luz. Con todo, no es más que el «Espejo» del Sol de justicia.

«La Virgen conservaba estas cosas en su corazón». Toda su vida puede resumirse en estas pocas palabras. Vivía en su corazón. A tal profundidad, que la mirada humana no puede seguirla. Cuando leemos en el evangelio que María «recorrió a toda prisa las montañas de Judea» para ir a cumplir su ministerio de caridad junto a su pariente Isabel, la podemos imaginar pasar con gran calma y majestuosidad, recogida por completo en sí misma con el Verbo de Dios.

Su oración, como la de él, también fue siempre ésta: «Aquí estoy». ¿Quién? «La esclava del Señor, la última de las criaturas», ella misma, su Madre. Se mostró tan verdadera en su humildad porque se olvidó siempre de sí misma y fue siempre libre de sí misma, y por eso podía cantar: «El Poderoso ha hecho obras grandes por mí. En adelante, las naciones me proclamarán bienaventurada»

Inspirada por Isabel de la Trinidad,

REFLEXIÓN

Las distintas generaciones del Carmelo, desde los orígenes hasta hoy, han intentado plasmar su propia vida siguiendo el ejemplo de María: por eso, en el Carmelo, y en toda alma movida por el tierno afecto a la Virgen y Madre santísima, florece la contemplación de ella, que ya vive en sí lo que todo fiel desea y espera realizar en el misterio de Cristo y de la Iglesia.

Por eso, los carmelitas y las carmelitas han elegido justamente a María como propia patrona y madre espiritual. Ella es la Virgen purísima que guía a todos al perfecto conocimiento e imitación de Cristo. Florece así una intimidad de relaciones espirituales que incrementan cada vez más la comunión con Cristo y con María [...]. Ella no es sólo modelo para imitar, sino también una dulce presencia de Madre y Hermana en quien confiar.

Este rico patrimonio mariano del Carmelo se ha convertido con el tiempo, a través de la difusión del escapulario, en un tesoro para toda la Iglesia [...]. Éste se convierte en signo de «alianza»y de comunión recíproca entre María y los fieles: traduce, en electo, de una manera concreta la entrega de su Madre que Jesús, en la cruz, hizo a Juan, y en él a todos nosotros y la entrega del apóstol predilecto y de nosotros a ella, constituida en nuestra Madre espiritual.

De esta espiritualidad mariana, que plasma interiormente a las personas y las configura con Cristo, primogénito entre muchos hermanos, constituyen un espléndido ejemplo los testimonios de santidad y de sabiduría de tantos santos y santas de Carmelo, todos ellos criados a la sombra y bajo la tutela de la Madre

De Juan Pablo II, Carta a los padres generales de la familia del Carmelo, 25 de marzo de 2001, con ocasión del 750 aniversario de la entrega del escapulario.