SEMEJANTE A UN ASESINATO

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Si alguien nos dice: «No matarás», en la inmensa mayoría de los casos, la cosa no nos inquietaría demasiado. ¿Cuántas veces tenemos ocasión de matar?

Estamos acostumbrados a interpretar la falta de oportunidades (y nuestra falta de valor) como virtudes, e incluso nos hacemos ilusiones al respecto.

Decimos, en efecto: «No he matado. Al menos en este punto nadie puede reprocharme».

Ahora bien, Jesús, casi radiografiando nuestros mecanismos de justificación y de defensa, prosigue: «Pero yo os digo que todo el que se enfade con su hermano será llevado a juicio y condenado a muerte». Cf Mt 5,22

Ahora el asunto se pone peligroso. Y es que aquí estamos todos implicados. ¿Quién podría decir que no alimenta ningún rencor? Y de una manera lenta, pero inevitable, empieza a faltarnos el terreno bajo los pies.

Si hasta ahora habíamos creído que podríamos colocarnos en la parte de los justos frente a Dios, puesto que no habíamos cometido ningún homicidio, ahora, en cambio, hemos sido desenmascarados como asesinos, porque Jesús no parece establecer ninguna diferencia entre un asesino y el que se enfada con su propio hermano. En todo caso, nos dice que ambos merecen la condena a muerte [...].

Heme aquí en una desnudez total. Ya no puedo esconderme detrás de ningún mandamiento. Estoy indefenso del todo, completamente impotente, y como tal me entrego a Dios, que es el único que puede salvarme de la muerte.

Mi confianza no se basa ya en la observancia de los mandamientos. El único que puede salvarme es Dios; él es quien puede liberarme de la muerte. Una cosa es cierta: la antítesis de Jesús inserta a la persona en un movimiento que no es posible esperar de ley alguna.

Ahora queda en nuestra conciencia revisar si entendemos y aceptamos el mensaje del evangelio, o si preferimos pretender seguir con una «interpretación personal» que se acomoda más a nuestros intereses.

Autor: H. J. Venetz, Obra: “Il discorso della montagna”, Brescia 1990.