UNA SEMANA QUE DEBE SER "SANTA"
La
santidad de la semana que hoy iniciamos viene, como siempre, porque celebramos
la santidad del Dios tres veces santo. Este Dios santo es quien ha resucitado a
Jesús de entre los muertos manifestando una santidad impensada e impensable para
los hombres. Así se nos invita a participar eternamente de su santidad en la
gloria del cielo.
El próximo domingo, Pascua, lo celebraremos festivamente. Se trata del fundamento de nuestra fe; ¡no nos cansemos de repetirlo!
Por eso, esta santidad de Dios debe traducirse en una existencia humana vivida en la santidad. Ése ha sido el camino penitencial de la Cuaresma, en el que aún se inscribe la celebración del domingo que tiene dos denominaciones: “Domingo de Ramos” y “Domingo de la Pasión del Señor”.
Nuestro esfuerzo ascético viene justificado por el deseo de recibir la santidad de Dios en nuestra vida. Pero al fin y al cabo es él quien obra en nosotros este misterio.
En toda la celebración, deberá haber una invitación constante a que esta semana sea para nosotros verdaderamente santa gracias a lo que hagamos expresamente. Así nos abrimos a la invitación de conversión y de vida nueva que Dios nos hace en el misterio pascual de los tres días santos que la culminan.
No
podemos dejar de invitar a la gente (no olvidemos que para muchos son días de
vacaciones) a que haga algo para recibir la santidad de esta semana. Quién sabe
si la celebración penitencial, o la oración especial que se pueda hacer, o el
Vía Crucis,
o la
Procesión del Silencio,
o una
invitación a participar en al menos algunas de las celebraciones de la semana,
pueden ser las cosas comunes junto a las que podemos insinuar para que se lleven
a cabo individual o familiarmente
o
tal vez
la lectura de la pasión, que en el
domingo
previo
se lee entera.
Ideas tomadas de la reflexión propuesta por JOAN TORRA, para Actualidad Litúrgica Marzo – Abril 2011, Buena Prensa