SED
A lo largo del fatigoso camino de la vida siempre podemos decir: «En estos días el pueblo padece sed».
El
hombre, hecho para lo infinito, es atormentado por la árida finitud que le rodea
y no le sacia, y percibe, sediento, la necesidad de una agua viva que le hidrate
y regenere, que le vivifique y haga fecundo el sentido de sus días.
Jesús, caminante divino por las rutas de la humanidad, ha querido compartir nuestra sed para hacernos conscientes de que la sed de un amor eterno e ilimitado nos asedia y nos inquieta, que de nada vale querer ignorarla o aplacarla con multitud de amores humanos.
Sólo
Él puede verter en nuestros corazones la fuente que brota para la vida eterna,
el Espíritu Santo, alegría inagotable de Dios. Pero, antes, Jesús debe cansarse,
y mucho, para desenmascarar nuestra falsa sed, por la que cada día estamos
dispuestos a recorrer tan largo camino llevando sobre nuestras espaldas cántaros
pesados.
Desde hace cuántos días y años nuestra pobre humanidad está sedienta, siempre un poco «samaritana de cinco maridos».
Y, sin embargo, el Señor hace que todo concurra para nuestro bien: llegará ciertamente a cada uno su inolvidable mediodía de sol, en el que nuestro tortuoso trayecto se cruzará con el suyo, allí donde siempre nos espera, pendiente de la cruz: «Tengo sed»……sed de ti, de tu salvación, de tu amor.
Extractado de LECTIO DIVINA Tiempo de Cuaresma, Editorial Verbo Divino