EL SECRETO DE DIOS

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Para un creyente, la clave última de la vida de María pertenece al corazón de Dios uno y trino. Para percibirlo, no hace falta recurrir a hechos extraordinarios (a apariciones o visiones celestes). Basta comprender lo que Dios traía entre manos.

Jeremías remitía su vocación de adulto a su elección desde el seno materno (Jr 1,5). En María se cumplen paradigmáticamente las palabras de Pablo:

«A los que escogió de antemano los destinó a producir la imagen de su Hijo, de modo que fuera él el primogénito de muchos hermanos. A los que había destinado los llamó, a los que llamó justificó, a los justificados glorificó»
(Rm 8,29-30).

Bajo la iniciativa salvadora de Dios en Cristo, María es preparada para su misión única, elegida, justificada por gracia, glorificada por el poder de su Hijo. Esto lo sabemos con certeza por los dogmas de la Inmaculada y de la Asunción. Sin embargo, lo que estaba ocurriendo en lo escondido de Nazaret nadie podía sospecharlo, pero era real.

Desde antes de la creación del mundo, en el seno de la Santísima Trinidad, Padre e Hijo y Espíritu Santo...

Los Tres deciden que ha llegado el momento último, el de la plenitud, preparado durante siglos, de su autodonación infinita de amor. Los Tres miran a María, su criatura, su hija, su primera salvada, su templo vivo...

Contemplaciones así, que se acercan al misterio inefable de la intimidad de Dios, nos producen profundo respeto y adoración, desnudez que se queda a la puerta... Sólo, muy tímidamente, nos atrevemos a balbucear:

Tenía que ser así, en lo oculto, porque el secreto de María estaba escondido en Dios, más allá de toda curiosidad y espectáculo.

Lo que estaba hecho a la medida del amor absoluto de Dios, tenía que revelarse poco a poco... Su conocimiento estaba reservado a los pequeños.

María estaba siendo preparada para ello.

Inspirada en el libro “El camino de María. Vida y Misión” de Javier Garrido, de la Colección Pastoral, editada por Sal Terrae, Salamanca 2007.