¿Santo yo?

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Claro que sí, tú quien quiera que seas; si eres un bautizado eres un verdadero hijo de Dios y, por lo tanto, estás invitado, estás llamado, estás comprometido, estás obligado a ser un santo. Porque la santidad consiste en cumplir la voluntad de Dios y, ¿acaso tú no estás llamado a esto?

Es un error muy grave no querer admitir que todos están llamados a la vida de perfección cristiana: los soldados, los obreros, los empleados, los esposos... todos.

San José se santificó en un taller; Santa Marta en su familia; San Sebastián, en el ejército; y San Luis, en el trono...

Yo quisiera persuadir a los que tienen que vivir metidos en los asuntos temporales que, así como la perla vive en el mar sin absorber una sola gota de agua, así cualquier persona generosa y constante, puede vivir en el mundo sin que la penetren los criterios mundanos.

Tal como al crear las plantas, Dios «ordenó que cada una diera frutos según su especie», del mismo modo, quiere que todos los cristianos produzcan frutos de santidad, cada uno según su vocación.

Precisamente nuestras Congregaciones Marianas, dónde preparamos estos artículos para el sitio con los que pretendemos coadyuvar a lo formación de nuestros hermanos y realizamos diversas obras de apostolado y piedad, como son la Procesión de Silencio y el Vía Crucis del Viernes Santo, así como las tandas de Retiros y Ejercicios entre otras, somos comunidades cuyo fin es el de formar cristianas comprometidos al servicio de Dios, y mediante una acendrada devoción a la bienaventurada Virgen María, buscar que los fieles congregados sean cristianos de verdad, trabajen en su propia santificación en su respectivo estado y ayuden a santificar a los demás.

Nos dice San Francisco de Sales en su “Introducción a la vida Devota”:

«La santidad verdadera no daña nada, al contrario: todo lo perfecciona; de manera que, cuando va en contra de la legítima vocación, es porque sin duda alguna es falsa. La santidad verdadera no ridiculiza nada, sino que, por el contrario, todo lo embellece; en el hogar hace que reine la armonía; entre los casados, hace que haya más amor; entre los que mandan, hace que haya más disposición para el servicio; y toda ocupación se vuelve más suave y más amable.

Sé muy bien que, con tal de quererlo, en cualquier vocación se puede ser un perfecto cristiano. En todas partes, tanto en el claustro como en el mundo, es posible alcanzar un alto grado de santidad»

En su esencia es Dios mismo el cual es verdad infinita y amor infinito. El hombre es santo en la medida en que participa de Dios, de su misma vida. Por lo tanto, la fuente primaria de la santidad en el hombre no es nunca el fruto de su esfuerzo, sino el efecto de la iniciativa de Dios, de la acción de Dios, de la generosidad inaudita de Dios, que quiere hacer al hombre "partícipe de su naturaleza divina" (2 Pe 1, 4.)

La palabra latina «sanctus» (de la cual viene "santo”) quiere decir "separado", es decir trascendente, apartado de todo lo que es imperfecto, limitado, manchado y, por lo tanto, de todo lo humano.

Dios es eso: el «Altísimo», el absolutamente otro, el que no tiene que ver nada con lo impuro, con lo contaminado, ni siquiera con lo creado...

Por eso, cuando Moisés le pregunta su nombre, Dios le responde desde aquél fuego misterioso: "Yo soy el que Soy'" (Ex 3, 14). Equivale a decir: Yo no tengo nombre, no puedo tener nombre porque no hay palabra que pueda significar ni representar lo que soy.

En hebreo, la triple repetición de un adjetivo equivale al superlativo absoluto. Por eso Isaías vio al Señor sentado en un trono sublime y unos seres como de fuego, que estaban por encima de él, se decían el uno al otro: «Santo, Santo, Santo es el Señor omnipotente » (Is 6, 3).

¿Cómo entonces puede ser SANTO ese gusano de la tierra que se llama hombre?

Puede ser santo porque Dios puede ESTAR en él y COMPARTIR con él su naturaleza divina y su plenitud de vida. Esta es la única fuente de santidad en el hombre: la presencia de Dios en él, y los dones divinos que lo hacen a su “imagen y semejanza".

Dios está presente en todas las creaturas, y por lo tanto en el hombre, porque su sabiduría infinita abarca y penetra hasta el fondo de cada ser. Está presente, además, porque cada átomo del cosmos está siempre sometido a su infinito poder, y está presente también por su acción creadora, sin la cual volverían a la nada todos los seres del universo, pues ninguno tiene la existencia como algo que le es propio, sino como algo que se le otorga gratuitamente, cada instante. El único que posee la existencia como lo esencial de su ser es Dios.

En este sentido San Pablo decía a los atenienses. «Dios no está lejos de cada uno de nosotros; ya que en Él v/vimos, nos movemos y existimos» (Hechos 17,27)..

Desarrollado por el Congregante Mariano Alfonso Marín, inspirado en el libro “El Camino Espiritual” de Ricardo Zimbrón Levy, M. Sp. S.; por Editorial La Cruz, México 2000.