LA
CELEBRACIÓN DE SAN JUAN DIEGO
Dios
nos ha concedido que Juan Diego, elegido por la Virgen María para transmitirnos
su mensaje de amor, de ternura, de confianza, y para recordarnos que las
realidades de este mundo no son nada en comparación con las realidades eternas,
sea canonizado, acto que nos llena a todos de alegría pues es un santo que se
encuentra en la raíz misma del nacimiento espiritual de nuestra nación.
Nos
recuerda que no hay nada imposible para Dios, ni hacer florecer rosas en un
lugar donde normalmente no las hay y en una temporada que no es la propia, ni
curar de una enfermedad de muerte a una persona, ni pintar súbita y
milagrosamente el retrato de la Reina del Cielo..., ni cambiar los corazones de
aztecas y españoles para que pudieran convivir pacíficamente entre sí,
llegando a formar un solo pueblo.
A
Juan Diego lo celebraremos cada 9 de diciembre, pero curiosamente este año habrá
una excepción, porque la solemnidad de la Inmaculada Concepción, no pudiendo
celebrarse en Domingo de Adviento, pasa necesariamente al día siguiente.
Ante
un hecho histórico de la magnitud de una canonización, realizada precisamente
en México, a la vista de todos los mexicanos y del mundo entero, no conviene
quedarse en la superficie. Si nos limitáramos a enfocar la canonización de
Juan Diego sólo desde el punto de vista racial, sería como quedarnos en las
ramas, a nivel meramente exterior; y perderíamos la riqueza que hay en el fondo
del mensaje que Dios nos quiso comunicar con ella.
Antes
de las apariciones existía un gran antagonismo entre la sociedad azteca y la
española, y esa división era motivo de incomprensión y violencia por ambas
partes. Las apariciones de la Virgen de Guadalupe a Juan Diego vinieron a traer,
la unión de dos razas: la imagen milagrosa es toda una catequesis que abrió el
paso para el nacimiento de nuestra nación, de una nueva raza. La imagen de la
Virgen de Guadalupe nos expresa esta unión: Ella misma tiene rasgos mestizos:
es morena clara, de ojos claros...
La
Virgen de Guadalupe puso de manifiesto, ante los ojos de Juan Diego y luego de
todos los que ven su imagen, que lo importante es la unidad, la armonía, entre
hermanos. Los rasgos físicos son características que nos acompañan en nuestra
vida terrena y que pueden determinar las circunstancias de ella, así como
tantos otros factores.
Sin
embargo, en el Cielo importará la manera cómo administramos los talentos que
recibimos, así como el grado de amor y unión que hayamos alcanzado con Dios.
Es
bien sabido que el culto a los beatos más bien está restringido, en cambio,
una canonización permite que este culto se extienda a la Iglesia universal. Por
lo tanto, la canonización de Juan Diego indica que él no es sólo un modelo a
seguir para los indígenas y pobres. Si la Virgen lo escogió, fue por su perfil
espiritual, que es, de hecho el perfil que el Evangelio marca siempre: si no nos
hacemos pequeños, como niños, no entraremos en el Reino de los Cielos. Juan
Diego sobresalió en esto.
Esta
canonización debe ponernos a pensar en las virtudes que él desarrolló como
respuesta al llamado de Dios y que lo llevaron al Cielo. Ciertamente no sabemos
mucho de él, así como tampoco sabemos mucho de la vida de la Virgen María y,
como en el caso de Ella, tampoco es casualidad. Lo que Dios quiso subrayar al
ocultar a su Madre fue su humildad, su "ser exclusivamente de Él", la
sencillez de su vida probablemente externamente tan parecida a la de las demás
mujeres de su tiempo, que no se consideró necesario describirla.
Juan
Diego fue ese tipo de persona ya desde antes de las apariciones y aún más
después. Sólo que después, a raíz de la fama que adquirió por ser el
mensajero de Santa María de Guadalupe, los ojos se centraron en él y
percibieron su profunda entrega a Dios en el silencio, la oración, la
mortificación y la caridad a los demás, al narrarles incansablemente a todos
el mensaje del Cielo e interceder por todas sus intenciones.
Juan
Diego no se sentía importante ni tampoco quería serlo; sabía que lo
verdaderamente importante no estaba en él sino fuera de él. El eje de su vida
no era su propia persona: era Dios y eran sus hermanos, bajo el cuidado maternal
de Santa María, Madre de Dios, por quien se vive.
La
santidad es sencillez, simplificación del alma, vivir, olvidado de uno mismo,
en función de Otro y de otros. Juan Diego, que ya era sencillo y humilde, se
fue simplificando cada vez más: se desprendió de todas sus preocupaciones
terrenas al abandonar tierras y bienes, pasando a tener un único motivo en su
vida: Dios.
Existe
un sorprendente paralelo entre nuestra época y la de la civilización azteca
inmediatamente anterior a las apariciones de 1531. Entonces, como ahora, la
sociedad estaba dominada por el ateísmo, los excesos paganos y la inmoralidad.
Innumerables víctimas eran sacrificadas vivas, (como lo son ahora en el
aborto). Deidades falsas abundaban (como ahora) en todos lados.
La
poligamia y depravación azteca rivalizan con el colapso moral universal de la
época actual. (...) Sin embargo, no todo está perdido: la oscuridad
desaparecerá inevitablemente con el radiante amanecer del triunfo de Nuestra Señora
sobre la serpiente. Como en 1531, cuando sólo un puñado de clérigos oraba por
la salvación en México, y Juan Diego se encontraba con el Cielo y decidía
quedarse en él ya desde su vida terrena, podemos confiar en que si los pocos
que viven una verdadera entrega total, al estilo de Juan Diego, perseveran y
multiplican sus filas, la Virgen intervendrá nuevamente y aplastará los
poderes de la oscuridad con la brillantez de su presencia.
Resumiendo, san Juan Diego, desde su humildad y sencillez, nos incita a no temer nada, a confiar total y absolutamente en Dios, a vivir exclusivamente para Él y sus intereses, y "todo lo demás se nos dará por añadidura", por manos de la Santísima Virgen de Guadalupe.
Basado
en artículo aparecido en Actualidad Litúrgica de Noviembre–Diciembre
de 2002, Año XXXI número 169, escrito por el R .P. Pedro Ignacio Rovalo,
S. J.