A
imitación de su divino Maestro, y tanto o más que muchos otros santos, ha sido
San Ignacio un signo de contradicción. Su obra apostólica y su libro de
Ejercicios Espirituales, que es como su alma, han sido discutidos no sólo por
los enemigos de la Iglesia, sino también, y más de una vez, por hombres
celosos de la gloria divina.
Examinadas
cuidadosamente estas controversias, y sin prevención alguna apologética o polémica,
podrían ayudarnos a penetrar lo que podemos llamar el misterio de los
Ejercicios.
Conviene
notar que muchas de esas críticas se contradicen y destruyen unas a otras.
Donde los inquisidores españoles y algunos teólogos creen encontrar el
iluminismo y otros descubren en ellos una espiritualidad opuesta al espíritu de
la Iglesia, es donde los Papas y los Santos ven el más puro catolicismo.
El
método que maestros espirituales han mirado como eminente y propio de almas
escogidas, por otros ha sido juzgado como apto, a lo más, para guiar los
primeros pasos de los recién convertidos o principiantes. Hombres doctos
consideran como enigmática e ininteligible una proposición, mientras que otros
la juzgan como vana y desprovista de toda originalidad. ¿Quién acierta? ¿Cómo
debemos juzgar los Ejercicios? .
Se impone una respuesta. Una obra que se presenta como un método de santificación, como una pedagogía cristiana, debe sujetarse al juicio de la Iglesia. Por muy pagado que un cristiano esté de la libre crítica, sabe que en estas materias su deber es someter su juicio al de los Papas y al de los Santos, que son las verdaderas competencias y los jueces calificados.
Ahora
bien; en estos cuatro últimos siglos han sido tan solemnes y terminantes las
aprobaciones y recomendaciones de esta clase que se han sucedido unas a otras,
que no dejan lugar a ningún pretexto, escrúpulo o duda.
Para
estar seguros de que no vamos a tomar a la ligera el estudio de los Ejercicios,
es muy conveniente comenzar por traer a colación los principales documentos que
iluminarán nuestra búsqueda.
Sería
extremadamente engorroso enumerar uno por uno los documentos pontificios que
desde la bula «Pastoralis
officii»
de
Paulo III, hasta la encíclica de Pío XI
«Mens nostra»
han
expresado la admiración y estima de la Iglesia por los Ejercicios, nos
limitaremos a citar alguno que otro pasaje de este último documento;
primeramente porque él resume y confirma muchos de los antiguos elogios; y
luego porque define con mucha claridad los méritos específicos de los
Ejercicios, su método y sus frutos.
Con
la doble autoridad de su magisterio y de su experiencia expuso en su momento el
Vicario de Cristo a toda la Iglesia, que en los Ejercicios se encuentra uno de
los remedios
más excelentes para
los males que asolan a la humanidad y uno de los medios más eficaces de
santificación, nos dijo:
Y
habiendo Dios suscitado en su Iglesia muchos varones, dotados de abundantes
dones sobrenaturales y conspicuos por su magisterio en la vida espiritual, los
cuales dieron sabias normas y métodos de ascética aprobadísimos, sacados, ora
de la divina revelación, ora de la propia experiencia, ya también de la práctica
de los siglos anteriores; por disposición de la Divina Providencia y por obra
de su gran siervo de Dios Ignacio de Loyola, nacieron los EJERCICIOS
ESPIRITUALES propiamente dichos.
TESORO, como los llamaba Ludovico Blosio, citado por San Alfonso María de Ligorio, en cierta carta «Sobre los Ejercicios en la soledad»; tesoro que Dios tiene manifestado a su Iglesia en estos tiempos, por razón de lo cual se le deben dar muy rendidas gracias.
A
estos Ejercicios espirituales, cuya fama se extendió muy pronto por toda la
Iglesia, acudió en busca de nuevos estímulos para correr más ansiosamente por
el camino de la santidad, entre otros muchos, San Carlos Borromeo, quien, divulgó
su uso entre el clero y el pueblo, no sólo con su continuo trabajo y autoridad,
sino también con aptísimas normas y direcciones, hasta el punto de fundar una
casa con el fin exclusivo de que en ella se practicasen los Ejercicios
ignacianos. Esta casa, vino a ser la primera de muchas que más tarde
florecieron por doquier.
Y
después de regocijarse del florecimiento en ese momento de los Ejercicios,
exhortó el Papa a los sacerdotes, religiosos y fieles cristianos, a los socios
de la Acción Católica y a los obreros, a hacer de las casas de retiro otros
tantos cenáculos.
Advirtió
que para sacar de los Ejercicios frutos de santificación son necesarios celo,
tiempo y método. Mas es cosa averiguada que, entre todos los métodos de
Ejercicios espirituales, que muy laudablemente se fundan en los principios de la
sana ascética católica, uno ha obtenido siempre la primacía; y ha sido
adornado con plenas y reiteradas aprobaciones de la Santa Sede y encumbrado con
las alabanzas de varones preclaros en santidad y ciencia del espíritu, ha
producido en el espacio de cuatro siglos grandes frutos de santidad.
Se
refiere al método introducido por San Ignacio de Loyola, cuyo admirable libro
de los Ejercicios, pequeño ciertamente en volumen, pero repleto de celestial
doctrina, desde que fue solemnemente aprobado, alabado y recomendado por Su
Santidad Paulo III, desde entonces ha brillado y resplandecido como el Código más
sabio y más universal del gobierno espiritual de las almas en la vía de la
salvación y de la perfección; como fuente inagotable de la piedad más
profunda y más sólida y
como
poderoso estímulo y
dirección
prudente para reformarse a sí mismo y llegar a la cumbre de la vida espiritual.
Al
comienzo de su Pontificado, Pío XI , accediendo a los deseos de los Prelados de
casi todo el orbe católico y
de
otros ritos, constituyó a San Ignacio de Loyola celestial Patrono de todos los
que se dedican a dar Ejercicios espirituales, y por consiguiente de todos los
Institutos, Asociaciones y Congregaciones de cualquier clase que ayudan y
atienden. a los que practican Ejercicios espirituales, lo declaró solemnemente
en su Constitución Apostólica «Summorum
Pontificum»
publicada el 25 de julio de 1922.
En
realidad en esa ocasión, no hizo más que sancionar con Su Suprema autoridad lo
que estaba en el común sentir de los pastores y de los fieles: lo cual habían
dicho implícitamente, junto con el citado Paulo III, arriba mencionado, otros
de sus insignes predecesores Alejandro VII, Benedicto XIV y León XIII, honrando
con repetidas aprobaciones los Ejercicios ignacianos: cosa que, con sus
alabanzas y aun con el ejemplo de las virtudes adquiridas o fortalecidas en los
Ejercicios, habían manifestado todos los que (para decirlo con las palabras de
León XIII), «florecieron más en doctrina ascética o en santidad de vida en
los últimos cuatro siglos».
Y, ciertamente, la excelencia de esta doctrina espiritual enteramente apartada de los peligros y errores de un falso misticismo; la admirable facilidad de acomodar estos Ejercicios a cualquiera clase y estado de personas, ya se dediquen a la contemplación en los claustros, ya lleven una vida activa en los negocios seculares; la unidad orgánica de sus partes; el orden claro y admirable con que se suceden las verdades que se meditan; los documentos espirituales finalmente que, sacudido el yugo de los pecados y desterradas las enfermedades que atacan a la Sociedad, han llevado al hombre por las sendas seguras de la abnegación y de la extirpación de los malos hábitos a las más elevadas costumbres de la oración y del amor divino; sin duda alguna son tales todas estas cualidades, que muestran suficiente y sobradamente la naturaleza y fuerza eficaz del método ignaciano y consecuentemente sus Ejercicios Espirituales.
Para
traducir el verdadero sentir de la Iglesia, se imponía el recurso a la
autoridad del Papa, juez y pastor supremo de ella.
Al
lado de estos testimonios hay otros más modestos, pero bien distinguidos, de
prelados ilustres, apologistas, historiadores y oradores sagrados que han
celebrado el poder santificante de los Ejercicios.
¿No
será ese el sentir unánime de la Iglesia?
Algunos
Apuntes Adicionales:
1.
La Encíclica jubilar Mens Nostra fue precedida y preparada por una serie
de otras aprobaciones solemnes. Sin hablar de la bula Pastoralis
offcii
por
la cual Paulo Ill en 1548, después de maduro examen, alababa, confirmaba y
recomendaba los Ejercicios, el mismo Pío XI recordó los elogios que dieron uno
tras de otro, Alejandro Vil, Benedicto XIV y León XIII.
2.
Por lo que hace a Pío X, promotor de la renovación litúrgica y de la
comunión frecuente y temprana, bien claro manifestó su admiración por la obra
de San Ignacio. Desde 1906 la Colección de la Biblioteca Vaticana de los
Ejercicios dedicó el primero fascículo de la serie, a recoger sobre ello
testimonios.
3. Pío XI por su parte, desde su elevación a la Cátedra de San Pedro,
aprovechando la feliz coincidencia que hacía coincidir el tercer centenario de
la canonización de San Ignacio con el de su retiro en Manresa (1522), le
confiere a San Ignacio por medio de la
Constitución Apostólica Summorum Pontificum el título y los honores de celestial
Patrono de todos los retiros espirituales.
4.
El 25 de julio de ese año, elogiaba bajo una forma más explícita estos
mismos Ejercicios por medio de las letras apostólicas Meditantibus nobis dirigidas
al Prepósito General de la Compañía de Jesús.
5.
En su momento San Francisco de Sales manifestó su predilección por los
Ejercicios (más con hechos que con palabras) aunque son bien significativas las
que emplea en su tratado del Amor de Dios. No tan sólo quiso este santo doctor
prepararse a su consagración episcopal haciendo 15 días de Ejercicios, sino
que cada año y bajo la dirección de un Padre jesuita, hacía los que se usan
de ocho días.
6. También se menciona particularmente el sentir de San Carlos Borromeo y
de Santa Teresa sobre este asunto. Sólo de paso. haremos notar, por su gran
valor, el cuidado con que Pío XI señala el alto estado místico de la gran
reformadora del Carmelo.
7. Por último, citaba Monseñor d'Hulst: «Los que dicen que no han
experimentado este método, ignoran la cantidad de recursos inesperados que en
él se contienen para el desarrollo de la vida espiritual. Comienzan por
asustarse de esas largas horas pasadas enfrente de sí mismos. Dicen que si de
ordinario cuesta tanto perfeccionar la oración mental por el espacio de una
hora, cuánto más difícil será sostener ese esfuerzo por varias horas cada día.
Aprensiones vanas. Los Ejercicios son para el ejercitante un guía más seguro y
un sostén más eficaz que todos los discursos. El que escribe estas líneas ha
visto personas alejadas de la piedad y aun metidas en los lazos del pecado, pero
deseosas de desembarazarse de él, acometer animosamente esta prueba y dominarla
con tanta facilidad como contento de su alma. Allí, a solas con su Dios, en esa
admirable combinación de actos interiores, allí es donde el alma obtiene el
conocimiento de su fin, el horror al pecado, la gracia suavísima del
arrepentimiento; luego, el deseo de seguir a Jesucristo por el camino que El nos
traza en la sucesión de sus misterios. Allí, con el trabajo fecundo de la
elección, se descubren los designios de Dios. Y de allí sale el cristiano
renovado, armado para la lucha, abrasado en amor para servir a su divino Rey».
Basada
en el libro «Hacia la unión con Dios» del P. Luis Peters, S. J.
de Editorial del Mensajero del Corazón de Jesús, Bilbao 1944.