La salvación es para hoy

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Los pobres y los enfermos, en tiempos de Jesús, eran receptores de puras malas noticias: «tienen que ir a empadronarse», «hay que pagar este nuevo impuesto», «ustedes no pueden entrar», «la salvación no es para ustedes»...

Después de haber sido tentado por el demonio en el desierto, Jesús fue a Nazaret, donde se había criado. Entró en la sinagoga e hizo lectura del pasaje del profeta Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva, para anunciar la liberación a los cautivos y la curación a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor».

Hasta aquí no hay novedad; este texto de Isaías ya era conocido por los que estaban ahí. La buena noticia no está en que Jesús recuerde este texto liberador, ni en una promesa de Jesús a mediano o corto plazo, sino en que eso que anunció el profeta Isaías se cumple hoy: «Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír».

A lo largo de su ministerio, Jesús no hará otra cosa que anunciar la Buena Nueva a los pobres y decir de muchos modos que la salvación es para hoy: «Hoy, mañana y pasado tengo que continuar mi viaje» (Lc 13,33). «Hoy ha llegado la salvación a esta casa» (Lc 19, 9). «Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 43).

«No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy», dice el conocido refrán. El Evangelio nos recuerda que la salvación es para hoy y que los cristianos tenemos mucho que hacer: Pongamos ya en práctica lo que acabamos de oír.

Es más, cada vez que escuchamos la Palabra de Dios, deberíamos decir: «Hoy mismo voy a empezar a cumplir en mi vida el mensaje del pasaje que he escuchado hoy»

Inspirado en reflexión del Misal Mensual de Buena Prensa, enero 2010.