Tener sabiduría no equivale a adquirir conocimientos científicos o acumular títulos universitarios; no es cuestión de capacidad intelectual o de recibir el premio Nobel.
La
sabiduría de la que habla la Biblia -a diferencia de la sabiduría griega- es
la capacidad para dirigir la propia vida, para realizar el proyecto de Dios,
para ser feliz. sabiduría se opone a insensatez, negligencia, imprudencia,
maldad, falta de dominio propio.
La
persona sabia tiene ideas claras respecto de sí misma. Y de lo que hay que
hacer para vivir bien. Y las lleva a la práctica.
Una
persona sabia está en paz consigo misma; respeta la naturaleza y cuida las
cosas; convive en armonía con los demás; sabe trabajar bien y le halla gusto a
lo que hace; disfruta de la amistad con Dios y se deja conducir por Él. Puede
tener sabiduría un joven o un anciano, un analfabeta o un profesor de
universidad, alguien que vivió hace tres mil años o un contemporáneo nuestro.
El
sabio desea aprender de todo y de todos, descubre las oportunidades para ser
mejor, le saca provecho a cualquier circunstancia, se pliega a la realidad,
agradece cada momento, vive el presente. El sabio saborea la vida.
Porque
tiene profundo conocimiento de sí mismo, porque se ha reconciliado con sus
sombras y porque sabe escuchar sin juzgar, el sabio es capaz de ayudar al otro a
entrar en el misterio de su persona y de motivarlo a vivir sabiamente. Por eso,
para pedir un consejo recurro a una persona sabia.
Debemos esforzarnos por adquirir la virtud de la sabiduría; pero como también es un don, debemos pedirla al Espíritu Santo.
El
autor del artículo es el R. P. Fernando Torre Medina Mora M. Sp. S.