La
significación de «la Mujer Sión» veterotestamentaria se aplica tanto a María como a la Iglesia. María, «tipo» de la
Iglesia, es un tema clásico, del que se ha hecho eco el Vaticano II;
abordaremos algunos aspectos que se hallan implicados en este
tema.
María
al pie de la Cruz, es verdaderamente la personificación
de la Iglesia, la «Iglesia
naciente»;
quiere
esto decir que nos encontramos aquí con un
dato teológico importante, tanto para la eclesiología como
para la mariología; este tema ha sido ya objeto de
notables estudios por parte de algunos teólogos modernos;
por ejemplo, se habla del «rostro mariano
de la Iglesia» y se ha afirmado que «Toda
la Iglesia es mariana».
En
Occidente se tiende a ver únicamente en la
Iglesia un organismo constituido por hombres, en el que, en
el plano de la dirección y la organización, las mujeres desempeñan
un papel de escasa importancia. En realidad, se ha acentuado de una manera
demasiado intensa y exclusiva su aspecto institucional y masculino, de modo que
el «rostro
mariano», el «rostro femenino y maternal», el aspecto místico de la Iglesia ha quedado oscurecido.
De
una manera hasta cierto punto alegórica podría aplicarse
el mismo tema a la escena de María y del discípulo al pie
de la Cruz. Una «Mujer» y un hombre permanecen junto
a la Cruz de Jesús.
Pensemos por un instante en otras palabras que Jesús
habría podido pronunciar en esta ocasión: palabras diferentes
de aquellas que encontramos en Jn 19,26-27, parecidas
a las del discurso de misión del Resucitado en los sinópticos
(cf. Mt. 28,29-30; Mc 16,15-18); habría podido decir
a María, por ejemplo, que observara todo lo que el apóstol
le mandase hacer (cf. Mt. 28,20) en nombre del mismo
Jesús.
Pero
¡nada de esto encontramos! ¿Quién es aquí
la figura principal, la que tiene el papel mas importante?
No es el discípulo, sino la «Mujer»: María. En cuanto al «discípulo
que Jesús amaba», la única misión que recibe es la
de tener a María por madre. Su primera tarea no es ir
a predicar
el evangelio, sino hacerse «hijo» de María. Para él y para todos los demás, es mas importante ser creyente que apóstol.
La
misión apostólica le será confiada más tarde, después
de la Resurrección Jn 20,21; 21,20-23). Pero ser hijo de María y de la Iglesia-madre es el primero y más fundamental
aspecto de toda su existencia cristiana. Y esto tiene
plena validez tanto para el sucesor de Pedro, para los obispos y los sacerdotes, como para cualquier creyente.
Jugando
un poco con las palabras, podemos decir: ser incorporados
como hijos de Dios al misterio
de
la Iglesia, nuestra
madre, es mas esencial que ejercer un ministerio
en
la
Iglesia.
En
el Calvario, en el momento en que la Iglesia nace
en estas dos personas, en esta mujer y en este hombre que
simbolizan la Iglesia, las palabras de Jesús son de una importancia crucial
para su reciproca relación. No se trata todavía de enviar al discípulo
en misión apostólica, ni de encomendarle la tarea de proclamar la Buena Nueva y de enseñar,
sino de una previa invitación a hacerse «hijo» de María, «hijo» de
la Iglesia, es decir, un verdadero creyente en
la Iglesia.
De
nuevo se pone aquí de relieve la significación de la constitución Lumen
gentium del
Vaticano II, que describe la Iglesia como «pueblo de Dios», y no, sin más,
como una organización diversamente articulada. La estructura de la Iglesia es necesaria, ciertamente, y la jerarquía
de la Iglesia tiene su importancia; pero no constituye su
más profunda esencia. La esencia de la Iglesia, que es la «Hija
de Sión», es
ser el pueblo de Dios, que vive en relación de
Alianza con Cristo, y en él, con Dios. Estas reflexiones no hacen
otra cosa que prolongar la teología de Jn 19,25-27.
Hay,
por una parte, el aspecto petrino e institucional,
que enmarca en lo que se conoce como «cauce
apostólico»;
pero hay también, por otra parte, el aspecto mariano y femenino de la Iglesia. Este último enfoque
es una adquisición de la eclesiología
contemporánea. Los dos aspectos tienen una importancia esencial para una teología
equilibrada de la Iglesia, bíblicamente
cimentada.
En
cuanto «pueblo de
Dios» y «Esposa de Cristo-, la Iglesia ha de interpretarse bíblicamente
sobre el trasfondo de la teología de la Alianza. Ahora
bien: es ahí precisamente donde se sitúa también la dimensión
mariana de la Iglesia y se pone de manifiesto una relación entre los dos
rostros de la Iglesia, el mariano
y el petrino. Ambos pertenecen a la estructura
de la Alianza; son las dos caras de una misma realidad.
Numerosos
textos de la tradición
hablan de la función maternal de la Iglesia.¿Por
qué?
Porque es a ella a la que debemos el haber nacido a la
vida sobrenatural. Es nuestra madre, la Iglesia, la que nos hace
descubrir a Cristo. Es nuestra madre, la Iglesia, la que nos
ha engendrado como cristianos. Es nuestra madre, la Iglesia,
la que nos ha instruido en la fe. Gracias a la Iglesia, nuestra
madre, venimos a ser hijos de Dios.
Aunque
algunos de
sus representantes pudieran inspirarnos aversión o nos llegaran a hacer sufrir,
estos sentimientos no tienen nada que ver con la realidad
fundamental de la Iglesia. El aspecto maternal de la Iglesia guarda un
paralelismo perfecto con todo lo que una
madre hace por su hijo: concebirle, darle a luz, educarle,
hacerle crecer, afirmarse y madurar en el circulo familiar;
todo esto se aplica a la Iglesia y a María.
Desde
un punto de vista bíblico, la significación fundamental
del misterio de María se encuentra, pues, en su función
esponsal y materna: ella es madre de Jesús y madre de
los discípulos; pero en su relación con Cristo viene a añadirse
otro aspecto, su función de Esposa: ella, la -Mujer»,
la Hija de Sión es la Esposa de Cristo, como antes hemos
visto. No deja de ser extraño que haya tantos teólogos
que todavía duden en afirmarlo. ¿Cómo María, se preguntan,
puede ser a la vez madre de Jesús y su Esposa? Es evidente
que esto no es posible más que en dos planos diferentes.
Como persona individual, ella es la madre de Jesús; pero en virtud del lugar que ocupa en la misión de Jesús y de
su función simbólica y representativa como «Hija de Sión».
María
es también su esposa y su colaboradora en la
obra de la salvación. No vacilemos en aceptar esta verdad, porque
se halla claramente contenida en la Escritura. Lo que
acabamos de decir de María puede aplicarse analógicamente
a la Iglesia, la cual es también Esposa y Madre.
Según
los autores medievales,
María es, en cierto modo, el cumplimiento de la esperanza
del Antiguo Testamento, pero ella es también la primera
realización del pueblo de Dios de la Nueva Alianza. María
se encuentra, pues, orientada en dos direcciones opuestas.
Es el punto de unión de la Sinagoga y de la Iglesia. La
orientación hacia el pasado se expresa en las formulas medievales:
«La
bienaventurada Virgen María
fue y permanece siendo el cumplimiento de la Sinagoga
(...); y es el nuevo comienzo de la
Iglesia santa».
Debemos
plantear una ultima cuestión: ¿Cómo
la
madre de
Jesús ejerce su función de madre del discípulo amado y, por
consiguiente, de todos los discípulos de la Iglesia?
No
nos lo dice el pasaje de 19,25-27, pero ayuda
una perícopa cercana, la que nos relata el episodio del costado
traspasado (19,31-37), con el que se concluye el relato joánico de la pasión; el ultimo versículo
es particularmente sugestivo: «(Ellos)
mirarán
al que
traspasaron» (19,37). Pero ¿a
quiénes
designa
el pronombre «ellos»? Casi sin ninguna duda
designa, en primer lugar, al discípulo
mismo (cf. el v.35); pero el plural ellos ha de
designar a las dos personas presentes al pie de la Cruz,
la Madre de Jesús y el discípulo; sin embargo, el discípulo representa
a todos los discípulos, a toda la Iglesia .
En
esa mirada de María y de los discípulos al costado abierto de Jesús, la madre de Jesús ejerce ya su papel de madre
y viene a confirmarse así un nuevo paralelismo con las
bodas mesiánicas. En Caná, María dijo a los servidores que hiciesen todo lo que Jesús les dijera. Estas palabras eran palabras
de Alianza, tenían por finalidad
orientar a los servidores hacia
Jesús y constituir
de este
modo el nuevo pueblo de Dios.
De
la misma manera que
Moisés en el Sinaí fue el mediador de la Alianza entre Yahvé
e Israel, así también María, según el relato de Caná, ejerce
el papel de mediadora en la realización de la Alianza entre
Jesús y aquellos que le sirven. De estas últimas palabras
de María en el evangelio se desprende un simbolismo general
de la función de María en relación con los creyentes,
en relación con la Iglesia.
María
y el discípulo amado al pie de la Cruz, con
la mirada fija en el costado atravesado de
Jesús, forman conjuntamente la imagen de la Iglesia-Esposa;
se cumple también lo que el mismo Jesús había anunciado: «Y yo, al ser
levantado de la tierra, atraeré todos hacia
mi» (12,32).
Hacia
Él
se
orienta la mirada de María y del discípulo; hacia
Él,
con
el costado abierto, y, por tanto, hacia la puerta de la
vida. El
discípulo fija la mirada en el corazón de Jesús, pero lo hace gracias a la mirada
de María.
En
su momento, las palabras
de María en Caná orientaron a los servidores hacia Jesús.
En este sentido, puede decirse, con una larga tradición,
que la Iglesia nació del costado atravesado de
Jesús. Pero en este nacimiento
de
la Iglesia, es María
la que ejerce la función de madre
con
su fe y con su mirada
fija en la llaga del costado de Hijo, ella invita a los creyentes,
sus hijos, a acercarse al corazón de Jesús, este corazón
donde la Iglesia habita en su misterio:
Cuando
abrieron su corazón, ya había Él
preparado
la morada, y abrió la puerta a su Esposa. Así, gracias a
Él,
pudo
Ella entrar y pudo Él
acogerla.
Así pudo «Ella habitar
en Él
y Él en
Ella».
Inspirado
en algunas meditaciones presentadas en el libro “María en el misterio de
la Alianza” de Ignacio de la Potterie, de la Biblioteca de
Autores Cristianos, Madrid 1993.