ESCUELA DE ORACIÓN
La Oración de la Iglesia al ritmo
de las horas
El
hecho de que la Liturgia de las Horas sea la oración oficial de la Iglesia puede
hacer creer a algunos que es algo impersonal, ritualista y desprovisto de
sentimientos. Es cierto que es una oración estructurada y que ya existe antes de
llegar a ser la oración de cada persona. Nosotros la recibimos de una Iglesia de
orantes que nos ha precedido. Pero hasta por ese motivo puede ser una escuela de
oración: es un tesoro incomparable para quienes la practican y es un modelo
inigualable para los que se inspiran en ella en su oración privada.
La oración, que se dirige a Dios, ha de establecer conexión con Cristo, Señor de todos los hombres y único mediador, por quien tenemos acceso a Dios. Pues de tal manera El une a sí a toda la comunidad humana, que se establece una unión íntima entre la oración de Cristo y la de todo el género humano. Pues en Cristo y sólo en Cristo la religión del hombre alcanza su valor salvífico y su fin (Ordenación General de la Liturgia de las Horas, OGLH n° 6).
La Iglesia siempre ha considerado que la Liturgia de las Horas es la oración de Cristo mismo. De hecho, esta misma OGLH (n° 108) tiene una frase de una fuerza insuperable: el que reza los salmos de la Liturgia de las Horas los reza «en nombre de la persona del mismo Cristo». Para el caso, se podría adaptar la frase de San Pablo (Gálatas 2, 20): «Ya no soy yo el que ora, es Cristo quien ora en mí».
El que ora con la Oración de la Iglesia, ciertamente acepta desprenderse un poco de sí mismo: él no escogió el himno, se le propone un salmo alegre, en tanto que él puede estar sufriendo una pena... Pero, ¿no puede decirse que una persona es entonces más cristiana y que, consecuentemente el cristiano es más él mismo cuando acepta ser incorporado de esa manera a Cristo y a la Iglesia, que es su cuerpo (cf Col 1, 18)? Al dejarse despojar de una parte de su capacidad de elección y de sus sentimientos personales, accede a una mayor comunión, no sólo en Cristo y en la Iglesia, sino también con toda la humanidad, en nombre de la cual ora (cf OGLH, n2 6).
Alguien
hacía alguna vez una reflexión a propósito de los salmos: «Es la Palabra de Dios
que regresa a Dios, pasando por nosotros». ¡Qué sorprendente y magnífica actitud
es la del cristiano que ora con la Oración de la Iglesia y le devuelve a Dios lo
que ha recibido de Él! Y lo que es cierto en el caso de los salmos lo es
también, con mayor amplitud, en el conjunto de los Oficios de las Horas que
puntualizan y santifican la jornada. La oración de la Iglesia no es un monólogo;
es la respuesta continua ofrecida a Dios en nombre de la humanidad retomando las
palabras mismas que Él nos ha dirigido.
Con la alabanza que a Dios se ofrece en las Horas, la Iglesia canta asociándose al himno de alabanza que perpetuamente resuena en las moradas celestiales, y siente ya el sabor de aquella alabanza celestial que resuena de continuo ante el trono de Dios y del Cordero, como Juan la describe en el Apocalipsis... Esta liturgia del cielo casi aparece intuida por los profetas en la victoria del día sin ocaso, de la luz sin tinieblas... De este modo la fe nos enseña también el sentido de nuestra vida temporal, a fin de que unidos con todas las criaturas anhelemos la manifestación de los hijos de Dios. En la Liturgia de las Ho ras proclamamos esta fe, expresamos y nutrimos esta esperanza, participamos en cierto modo del gozo de la perpetua alabanza y del día que no conoce ocaso (OGLH, n° 16).
Más allá de la exclamación: «¡Dios mío, ven en mi auxilio!», con la cual empieza la oración de las Horas, más allá de las intercesiones y de los salmos de súplica, la característica más importante y la función principal de la Oración de la Iglesia es la de alabar a Dios desde la mañana hasta la noche: alabanza al Dios Creador a quien las Horas nos recuerdan; alabanza al Dios redentor en su Hijo, que nos ilumina más allá de nuestras oscuridades; alabanza a Dios «luz sin ocaso», en la anticipación de los últimos tiempos. De hecho, el primer oficio del día ¿no lleva acaso el nombre de «Laudes» (es decir, «alabanza»)? que expresa la actitud filial por excelencia, la actitud de la creatura que se vuelve hacia su Creador.
Estos
pocos elementos de aprendizaje que la Oración de la Iglesia nos hace vivir,
deben quitarnos la idea de que esta liturgia es asunto de especialistas La
Oración de la Iglesia es ciertamente la oración de todos los cristianos; y la
Iglesia, como buena madre, nos inicia y nos invita a participar en ella.
Basada
en un artículo originalmente aparecido en la revista Célébrer, 307 Francia)
del Centro Nacional de Pastoral Litúrgica de Francia
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