RESISTENCIA A LA SANTIDAD

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Somos contradictorios. Deseamos llegar a la meta, y nosotros mismos nos ponemos obstáculos. Anhelamos un valor, y nos resistimos a alcanzarlo. Y entre más alto es el ideal (ser concertista, hacer un doctorado, subir al Everest...), más grandes son las resistencias. Estamos divididos: una parte de nuestro ser lucha contra la otra.

Dios nos ha llamado a la santidad. Toda persona, tú y yo está destinada a ser santa, a reproducir la imagen de Jesucristo (cf. Rm 8,29). Aunque no seamos conscientes de ello, queremos ser santos/as, estamos orientados hacia esa meta.

Pero, al mismo tiempo, nos hacemos sordos a la voz de Dios, sofocamos nuestros deseos de santidad, actuamos de manera opuesta. ¡Qué bien lo dijo san Pablo!: «No hago el bien que quiero, sino que obro el mal que aborrezco» (Rm 7,19).

Si no quiero alcanzar una meta, la que sea, no aparecen las resistencias; así me evito la lucha interior y el malestar por contemplar que aún estoy lejos de la meta; me siento más cómodo.

Más cómodo sí, pero no crezco, y me privo de la esperanza que suscita la meta, del gozo del caminar, de la satisfacción de llegar. Si no quiero conquistar el Everest, no pasa nada; pero si no quiero ser santo, y elijo la mediocridad o el pecado, me destruyo como persona.

En el momento en que nos decidimos a caminar hacia la santidad, se desata en nuestro corazón la lucha interior. Por ser la santidad el ideal más alto, ocasiona en nosotros las resistencias más fuertes. Esto nos asusta y nos puede llevar al error de pensar que la santidad no es para nosotros.

Sólo teniendo siempre metas concretas qué alcanzar crezco como persona. Sólo anhelando la santidad, y caminando hacia ella sin detenerme, seré la persona que Dios soñó al crearme, seré verdaderamente yo y alcanzaré la felicidad.

Autor: R. P. Fernando Torre Medina Mora, M. Sp. S.