REFUGIO DE LOS PECADORES
Primeramente. Nuestro Señor, desde lo alto de la cruz, alcanzó un perdón universal para toda la humanidad culpable. Después, la concedió individualmente al primer pecador arrepentido que correspondió a esa gracia.
Y ese
perdón de Jesús fue la respuesta a la oración tan humilde, tan contrita, tan
confiada del Buen Ladrón.
¡Pero hay tantos pecadores que no piden perdón! ¡Hay tantos a quienes el orgullo les impide orar!
Uno de ellos decía esta palabra inspirada en una soberbia satánica:
¡Hombre, no te arrodilles! De pie, eres ya demasiado pequeño; ¿para qué te empequeñeces más?
A esos que no oran o que oran mal, ¿quién les alcanzará el perdón?
Esta necesidad no la descuidó Jesús; para remediarla instituyó una intercesora de oficio, un refugio para los pecadores, una Madre de todos los hombres, que constantemente velara por sus almas, les alcanzara el perdón de sus pecados y su salvación eterna.
Esa Madre que nos da la vida de la gracia es MARÍA. Empezó su oficio con el Buen Ladrón y lo ha continuado a través de todos los siglos y lo proseguirá hasta el fin de los tiempos.
Nuestro Señor cuando estaba en la Cruz: proclama ante el mundo entero, que María es Madre de todos los hombres.
Empieza San Juan afirmando esta gran verdad: «Junto a la
cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre».Hablando
humanamente es una crueldad sin nombre hacer que una madre presencie el suplicio
de su propio hijo; por el más elemental sentido de humanidad, todo el mundo se
hubiera opuesto a ello.
Y Jesús más que nadie, ya que ningún hijo como Él, tan amante y tan delicado con su Madre Santísima. ¡Y hubiera sido tan fácil evitarle esta pena! Bastaba que Jesús hubiera guardado en secreto su inminente Pasión; hubiera subido solo a Jerusalén y solo hubiera sufrido y muerto. A María le hubiera sorprendido, en la pequeña casa de Nazaret, la visita de su Hijo glorioso, la mañana de la Resurrección.
A fin de cuentas, en el contexto de la economía divina de la Redención, estaba dispuesto que María tomara una parte de primera importancia en el Sacrificio del Calvario, y ahí quedó para nosotros esa gran bendición de recibirla como nuestra Madre.
Obra: “Las últimas palabras de Jesús” de J. Guadalupe Treviño, M. Sp. S. de Editorial La Cruz, México 2003