Desconectarse
totalmente de cualquier asunto o pendiente, nada de teléfonos, ni distracciones
de radio, televisión, internet, periódicos, revistas o libros.
Alejarse
del ruido, de la actividad normal, huir del
mundo, hacia la interioridad de nuestro ser, dejar la actividad mental de
pensamiento e imaginación, y ubicarnos en el
corazón.
Recordar
la idea del desierto, la soledad, la arena y el cielo azul o estrellado. El
desierto, tema bíblico, lugar de la elección de Dios, lugar de la alianza, del
encuentro con Él sin distracciones ni estorbos de nada ni de nadie.
"La
llevaré al desierto, la seduciré, y le hablaré al corazón; ahí me responderá
como en los días de su juventud".
Evocar
a los "Padres del desierto", ermitaños que huyeron de la ciudad mundana y ruidosa para sin estorbos,
buscar una comunión personal íntima, directa y profunda con el Señor.
El
desierto como condición y ambiente propicio para una comunicación intensa con
Dios: pero también lugar de batalla
espiritual con el Enemigo, tema típico de la espiritualidad.
Percibir y sentir nuestro propio cuerpo, obra maravillosa
de Dios, microcosmos, en sus partes y miembros, en sus procesos internos, usado como un instrumento que propicia la quietud de la mente, y la concentración en Dios sin
dispersión ni movimientos.
Una voluntad decidida a vivir esta experiencia que implica
silencio exterior e interior, recogimiento total; alejamiento de las
distracciones por pensamientos, fantasías, recuerdos o preocupaciones. Escapar,
huir del mundo, del ruido exterior e interior, de tanto movimiento e inquietud del cuerpo y de la mente; buscar el
desierto, la quietud, la paz y la calma interior.
Nuestra carne y el mundo
metido en nosotros se resiste a entrar en el desierto; tal vez costará trabajo,
no hay un gusto sensible al principio, pero al final no querremos terminar,
desearemos continuar gozando del silencio, de la interioridad, de la comunión.
Solo la razón iluminada por la fe,
animada por el amor al deseo de Dios, nos hace aceptar y tomar este tiempo, uno
o varios días, para esa experiencia de interioridad y de contemplación.
Quiera Dios que llegues a
participar en esta experiencia, vivir con intensidad y con profundidad ese
tiempo de gracia. Fruto y consecuencia de esta experiencia de interiorización,
de contemplación y comunión directa con Dios; que a fin de cuentas nos ayudará
a superar el pecado, las malas inclinaciones, las ataduras desordenadas; nos
ayudará a vivir mejor, con mayor profundidad. Nos hará apreciar los diversos
tipos de oración personal y comunitaria, así como
aprovechar mejor el fruto espiritual de los sacramentos.
En otras palabras, nos dará
esa quietud, calma y paz interior que sólo Dios puede otorgar.
Invitemos
e invoquemos a Maria, nuestra Madre y Patrona, a que nos acompañe en este
desierto, que podamos como ella meditar la Palabra con el corazón. Qué ella
nos proteja de las asechanzas y ataques del Enemigo, al que rechazamos en el
nombre de Jesús.
Qué si tenemos este
gran privilegio, al volver, nuestra
visión de la vida sea totalmente diferente, intensa, profunda. Qué seamos “una nueva persona”, más completa y más realizada
Qué tengamos la capacidad de agradecer a Nuestro Señor la gran
deferencia de poder tener acceso a tan preciadas riquezas espirituales.
Escrito
del C. M. Alfonso J. Marín González, inspirado en el artículo “Apartarse
para orar. Retiro del desierto” de. Alfonso Padilla M. Sp. S.,
aparecido en el volumen 3 de la revista Kyrios de Junio 1997, publicación
del Centro de Investigación y Entrenamiento en Pastoral (CIEP).