REFLEXIÓN SOBRE MARÍA AL INICIO DEL AÑO
Hace
poco leí un artículo en que se reflexionaba sobre la rapidez con que pasa el
tiempo, haciendo una analogía entre el tiempo en la vida del ser humano y el
tanque de gasolina en un coche; si tu manejas, habrás observado que cuando el
tanque está bien lleno, puedes recorrer muchos kilómetros sin que la aguja se
mueva, al cabo de unos 50 o 60 kilómetros la aguja comienza a moverse de manera
lenta hasta llegar al medio tanque pero una vez que rebasas el medio tanque, la
aguja se mueve velozmente hacia la marca de tanque vacío.
Así sucede en la vida, los primeros años pareciera que el tiempo no pasa, que nunca vas a ser grande; en la adolescencia comienza a transcurrir aunque con lentitud y repentinamente llega la juventud, y el tiempo corre poco a poco más de prisa y te acerca a la madurez mucho antes de lo que esperabas, y a medida que ésta transcurre la aguja se acerca al «tanque vacío», literalmente ¡el tiempo vuela! Y ¡claro que vuela! Ya tenemos por delante otro año, y pensamos en los 365 días del 2007 que pasaron con rapidez pasmosa.
Varios de nuestros recuerdos pudieron ser significativos, pero el resto, que son los más, ¿dónde están?, ¿a dónde se fueron?, ¡tan sólo esperamos haberlos vivido bien y que a cada uno de ellos les hayamos dado su valor! si no fue así, ¡que desperdicio...!, pero, ¡ya pasó! y no hay manera de recuperar ni siquiera un minuto, sobre todo de aquellos que nos hubiera gustado vivir de otra manera.
Es
verdad, no hay para que volver al pasado, el pasado pasó y lo único que tenemos
es el presente, el hoy. Sólo el hoy es nuestro, verdaderamente nuestro, para
vivirlo plena y conscientemente, para llenarlo de eternidad o dejarlo vacío y
carente sentido. El hoy, nuestro hoy, puede estar saturado de problemas,
enfermedades e incertidumbres, puede ser bello y tranquilo o puede estar inmerso
en esa rutina que a veces encontramos aburrida y sin sentido alguno, pero sea
cual fuere la realidad de nuestro hoy es inmensamente importante ya que forma
parte del tejido total de nuestra vida.
Evidentemente nuestras realidades pueden ser diferentes, de hecho lo son, ya que no existen dos realidades iguales, sin embargo para ti y para mi, son el campo en que «cultivamos» nuestra santidad, es en ella donde Dios nos quiere ver actuando y luchando, es en ella donde nos quiere ver creciendo, por lo tanto la actitud con que la asumamos y el amor con el que le demos sentido será determinante.
Una reflexión sobre alguien que logró hacer muy bien lo anterior seguramente nos ayudará. Tratemos de meditar cómo lo hizo una mujer extraordinaria, a la que Dios eligió para ser la Madre del Salvador.
Cerremos los ojos por un momento y contemplemos a María. Imaginémosla en su vida diaria, en la rutina de su acontecer cotidiano, podemos imaginarla en su vida familiar, moviéndose entre sus quehaceres, aquietándose en sus momentos de oración, y disfrutando los ratos de convivencia con sus padres; participativa y alegre, aunque tranquila, en su ambiente religioso y social mismos que no iban separados, uno y otro se entretejían, ya que lo social estaba impregnado por la religión y se realizaba de acuerdo a la tradición
Seguramente
estamos de acuerdo en que a partir de la Anunciación, la realidad de María
sufrió un cambio drástico, la seguridad de su rutina se transformó en un
interrogante. Sin embargo su «modo de ser», lo que ella era en su interior, la
actitud natural que la caracterizaba, afloró al recibir el anuncio del Arcángel
Gabriel; para que esto nos quede más claro, recordemos que cuando a Zacarías le
fue anunciado el nacimiento de Juan el Bautista,
Zacarías le pidió al Ángel una señal, aflorando el escepticismo que había en su corazón; en la respuesta de María, también afloró el contenido de su corazón, en la manera de acoger la noticia salió a flote la verdadera estructura de su persona.
Imaginemos ahora ¿cómo sería María?, ¿Cuál sería la virtud estructural de su persona?
¿No piensas que la virtud estructural de María fue la Fe?, aunque su corazón rebosaba de Esperanza y Caridad me atrevería a asegurar que su virtud central era la Fe; y también creo que era una mujer congruente, sí, seguramente una de sus características personales era la congruencia ya que a lo largo de toda su vida nos lo demostró. Por lo tanto, podemos estar ciertos, que siendo la vida de María congruente con su Fe, la virtud resultante sólo podía ser la humildad.
Y claro, así era María la humilde, profundamente humilde. Ella, desde su Fe, se veía a sí misma como criatura y por lo tanto, como sierva de Dios. Se sabía pobre, -pobreza en el sentido de impotencia- para solucionar nada por sí misma. Y experimentaba en sí misma la pobreza -en el sentido de dependencia-, esperando la salvación únicamente de Dios. Con esta estructura interior, fruto de la Gracia desde luego, pero también fruto de su trabajo personal apoyado e iluminado en una profunda y eficaz vida de oración, María, en la Anunciación y a partir de ella, asumió la realidad de ser la Madre de Dios, con todas los interrogantes que esta maternidad traía consigo y a partir del «Hágase en mí según tu palabra», vivió su realidad, (la suya y de nadie más), en la certeza de que esa era la voluntad de Dios para ella, su función en la salvación, su vocación.
Y
seguramente que esta certeza tuvo que renovarla una y otra vez, en cada nuevo
día, en todas las circunstancias que se le presentaban, porque esa mujer que le
dijo sí a Dios era tan sólo eso, una mujer, que aunque llena de Gracia era tan
humana como cualquier ser humano, su corazón gozó y sufrió; experimentó la
frustración y amó y se sintió amada en plenitud; vivió la desolación de lo
irremediable y conoció la soledad.
Pero su corazón se mantuvo fiel a Dios y desde su humildad, su Fe se mantuvo inquebrantable pues su confianza estaba puesta en Dios. Hoy, nuestra realidad, puede ser vivida al modo de María, puede ser asumida como Ella lo hizo, pero deberemos trabajar en el interior de nuestro corazón porque lo que hay dentro de él, saldrá a la luz en cada nuevo reto.
Debemos trabajar con nuestras actitudes negativas, que son las que nos traicionan y nos impiden muchas veces seguir adelante, con frecuencia nos llevan a rechazar hoy lo que ayer «firmemente» asumimos y nos hacen regresar hoy cuatro escalones cuando ayer habíamos logrado subir uno.
Tenemos por delante un año, no, no es cierto tenemos tan sólo el hoy; el mañana no nos pertenece así que nuestro reto será vivir cada «hoy» como el único en el que podremos gozar la vida como un regalo de Dios, cultivar todo lo bueno que hay en nuestro corazón, luchar y trabajar por conseguir lo que anhelamos y vivir plenamente nuestra vocación con entrega, con la alegría de sabernos parte de un gran todo.
No
importa qué tan rápido pase el tiempo, no tendrá importancia que la aguja de
nuestra vida haya rebasado hace ya tiempo el medio tanque, si en esa realidad
que cada uno de nosotros vive, logramos crecer con una sonrisa en los labios
ante los ojos de Dios.
Y así viviendo cada momento en un acto de Fe, con la certeza absoluta de que eso que hacemos nos permite cumplir la voluntad de Dios y realizarnos como personas en el amor y en el servicio,
En conclusión, si asumimos nuestro quehacer en esa realidad personal, iremos pareciéndonos cada vez más a esa mujer que asumió en ella una realidad que transformaría la realidad de la humanidad.
Los invito a pedir la intercesión de Nuestra Santísima Madre, para este año que comienza, par el logro de nuestros proyectos personales y familiares; pero, pongamos también en sus manos a nuestros gobernantes y pidámosle que bendiga sus proyectos, sobre todo los que contemplan la atención a los más pobres y desvalidos; y en general pidámosle tener un mundo mejor.
Inspirado en el artículo “Como esa mujer” de María de las Nieves Reynoso de Castro, aparecido en el número 1010 de la revista “La Cruz”, México 2007.