Redescubrir la vida cotidiana
El destino de cada hombre se juega en la vida cotidiana: en ella se salva o se pierde; en ella es bueno o malo; en ella, según la Biblia, se revela, llama y salva Dios.
La
historiografía está descubriendo que, para comprender un pueblo o una época, no
basta con describir las grandes empresas de los personajes particulares, sino
que es preciso reconstruir la vida cotidiana de la gente.
A pesar de ello, está difundida la tendencia a huir de la cotidianidad en cuanto sea posible. Existe una actitud de rechazo contra ella. Tal vez se deba a que tenemos dificultades para comprender que el sábado bíblico viene después de los seis días caracterizados por la creatividad y los ilumina.
En los días laborables parecemos a menudo un conjunto de gente aburrida, de esclavos, de reclusos condenados a trabajos forzados. El traqueteo cotidiano toma el rostro de la insatisfacción, de la obligación de ser lo que no somos, de hacer lo que no queremos o no nos interesa en absoluto. Somos como alguien que espera huir de una prisión y que, entre tanto, se embute de tranquilizantes, anhela dejar el trabajo para descansar, espera liberarse de las preocupaciones para conseguir un poco de paz.
Tal vez, antes que huir, necesitemos tomar la decisión de entrar en esta realidad para poner al descubierto sus raíces profundas, el «tesoro» escondido por el que vale la pena vender todo para conseguirlo; eso es lo que hizo el mismo Hijo de Dios cuando decidió encarnarse: «Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre» (Gaudium et spes 22).
Para
valorar plenamente lo cotidiano no hay más que un camino: ponernos a la escucha
de Jesús, sentarnos a sus pies, escucharle precisamente en medio de nuestros
días, en su aparente monotonía.
Más allá de los caminos trillados, existe una sabiduría que nuestra civilización «productivista » ya no consigue aceptar. Necesitamos sentarnos cada día, superando este engranaje mortífero: trabajar para vivir, vivir para trabajar, producir para consumir y consumir para poder volver a producir. Tenemos necesidad de sentarnos y hacer sitio a cosas «gratuitas» (que no rinden) como la escucha, la contemplación, la plegaria...
El
evangelio nos habla de Marta, preocupada por las muchas cosas que debían
hacerse, como nos ocurre a nosotros con frecuencia, y de María, sentada a los
pies de Jesús, atenta a la escucha (cf.
Lc
10,38-42). Las palabras pronunciadas por Jesús en aquella ocasión constituyen,
no una invitación a huir del «mucho trabajo», sino a encontrarle a él, el Señor,
a través de la escucha, permaneciendo en la casa donde habitamos de ordinario,
entre las preocupaciones de nuestros días laborables.
Sentarse y escuchar al Maestro es beber en la fuente y saciar nuestra sed, es encontrar reposo para nuestras almas, tener ojos para ver su presencia dentro de «casa», llegar a ser señores del tiempo y no devorados por él.
Cuando regresaron los apóstoles de su viaje misionero y se reunieron en torno a Jesús para contarle «todo lo que habían hecho y enseñado», les dijo el Señor: «Venid vosotros solos a un lugar solitario, para descansar un poco». Y como «no tenían ni tiempo para comer», cogieron una barca y se fueron «ellos solos a un lugar despoblado» (Mc 6,30-32). Lo que sucedió en aquel lugar solitario no nos lo dice el evangelista, pero sabemos, por otras páginas del evangelio, que Jesús les explica aparte a sus apóstoles la realización del Reino de Dios, les entrega su Palabra, y que esta Palabra se vuelve creadora, se vuelve «reposo» (en sentido bíblico).
En
efecto, es la Palabra de Dios la que, después de haber creado todas las cosas a
lo largo de los seis días de los orígenes, crea el reposo del sábado; es la
lectura de la Ley la que convierte el sábado en el día del reposo.
Todo lo que tuvo lugar «en aquel tiempo» se renueva cada domingo. Jesús revela a los suyos, reunidos en un lugar despoblado, el misterio del Reino, y en esta revelación suya se cumple el «descanso»: su Palabra se convierte en la plenitud del descanso -un descanso no sólo físico, sino completamente restaurador-. Y lo que sucede en el ritmo semanal puede suceder también cada día: dando espacio a la Palabra llegamos al descanso propio de Dios.
Dios juega al escondite con nosotros. Se esconde en casa o cuando salimos a la calle. Se disfraza de viejecita, de chófer de autobús, de transeúnte anónimo, de niño y de todas las personas conocidas y desconocidas que nos encontramos. Debemos estar preparados y atentos para descubrirlo, porque aparenta enfadarse con nosotros, tal vez no nos comprende; a veces se muestra amable, simpático y amigable, hace sonreír... Dios es un infiltrado entre nosotros con ropa de clandestino; es el Enmanuel, Dios-con-nosotros.
Él dijo de sí mismo en el evangelio de Mateo: «Era forastero, y me alojasteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y fuisteis a verme» (Mt 25, 35ss). Se encuentra en nuestra vida cotidiana.
Ahora bien, ¿cómo descubrirle? ¿Cómo afinar el oído y aguzar la vista para darnos cuenta de su presencia? ¿Por qué, al llegar la noche y repasar la jornada, deberemos decir con pesar: «El Señor estaba allí y yo no lo sabía»?
Dejémonos
guiar por la Palabra. Ella cuenta muchos hechos semejantes a los nuestros, pero
aquí y ahora ya no son opacos, incomprensibles. El que los ha escrito ha visto a
Dios obrando en ellos. En esta escuela podremos aprender también nosotros a
sentir y a ver a Dios en nuestra vida cotidiana; lo que para algunos es crónica,
se puede volver para nosotros historia de salvación.
La lectura diaria de la Palabra nos llevará a intuir esta presencia, a creer en la proximidad, a gozar de la compañía del eterno Peregrino.
Inspirado en la introducción del volumen 5 Ferias del Tiempo Ordinario de la Lectio Divina, editada por Verbo Divino, Navarra 2004