RECUPERAR
EL SACRAMENTO DE LA RECONCILIACIÓN
Hablar sobre el sacramento de la reconciliación resulta difícil. En parte porque, aparentemente, este sacramento está en crisis y en parte porque hay muchas cosas que decir sobre él.
Es uno de los sacramentos más necesitados en el contexto actual por los
creyentes y, por lo mismo, se le requiere "actualizar" para vivirlo en
toda su profundidad y nutrirnos del amor inmenso de Dios, a través de Él. Les
quiero compartir algunas reflexiones desde mi experiencia personal.
Signos
de la crisis
a) Cada vez es más la gente que se aleja del sacramento, no le encuentra
sentido: ¿para qué confesarme con un hombre tan o más pecador que yo?; Dios
me perdona, con Él me arreglo directamente; ¿qué pecados puedo tener? Si yo
soy buena persona; ¿para qué me confieso si sigo pecando igual, no se remedia
nada? Este fenómeno lo podríamos llamar: el sin sentido del sacramento de
la reconciliación.
b) La manera de vivir el sacramento se ha empobrecido: se realiza mecánicamente
cada determinado tiempo (una semana, quince días, un mes, en días "de
guardar"; se confiesa sólo cuando "voy a ser padrino de...")
Este fenómeno lo podríamos llamar: el rito vacío.
c) Muchos sacerdotes siguen propiciando una experiencia poco feliz del
sacramento al comportarse rígidos, moralistas, legalistas, como jueces más que
como pastores. Este fenómeno lo llamaremos: práctica pastoral inadecuada.
Causas
de esta crisis
Históricas: Simplemente mencionaré algunos momentos de esa historia que, a mi juicio, influyen en la situación actual del sacramento.
En el pueblo judío, los fariseos eran los más representativos de esta
"línea dura" desde la cual se le imponía al pueblo la observancia
estricta de las leyes. Las primeras comunidades cristianas manifiestan esta
influencia sobre todo en la actitud radical ante los pecadores que cometían
algo grave, que eran separados de la comunidad (excomulgados) hasta que
cumplieran con la penitencia impuesta públicamente.
Un factor fundamental se dio en siglo III cuando la Iglesia pasó de
ser una Iglesia de los pobres, a ser una Iglesia para los pobres; de perseguida
a instalada; de las catacumbas a las grandes y ostentosas catedrales; de la
comunidad de hermanos con diferentes carismas puestos al servicio de los demás
a la estructura imperial. El emperador Constantino inició un proceso que culminó
en la transformación de la fe cristiana en religión oficial del imperio, y
esto a su vez desencadenó un proceso, de descomposición y pérdida del sentido
original del movimiento iniciado por Jesús.
La edad media (siglos V-XIV, aproximadamente), fue una época larga y,
en muchos casos, triste y difícil para la Iglesia. El proceso de hacerse
Iglesia no fue fácil. Posturas muy diferentes y hasta antagónicas respecto a
asuntos tan vitales como la divinidad y la humanidad de Jesús, hasta la lucha
de la jerarquía de la Iglesia por el dominio político, económico y social,
pasando por la corrupción de no pocos religiosos, monjes, sacerdotes, obispos y
hasta papas.
El
movimiento de la Reforma estuvo motivado, en parte, por esta situación. Por
supuesto que hubo otros motivos de tipo político, económico y social, no todos
los motivos eran "puros". Y ante las amenazas de la corrupción
interna (desviaciones doctrinales, morales, etc.) y de la reforma, la jerarquía
de la Iglesia cerró filas para fortalecer la institución, para cuidarla y
mantenerla. Esta reacción es muy comprensible, pero los efectos fueron muy
graves. La Iglesia se fue haciendo más rigurosa, legalista. Y el sacramento de
la reconciliación se convirtió casi en una especie de juicio, donde el pecador
(acusado) acudía ante el sacerdote (juez) para confesar su culpa y recibir una
penitencia (sentencia).
El
concilio de Trento (siglo XVI) fue el lugar donde este proceso de cerrar filas
se fortaleció y oficializó, y a partir de ahí esta postura se fue imponiendo
poco a poco, y se afianzó hasta antes del Vaticano II
Actuales: Este movimiento hacia el fortalecimiento institucional ha hecho, en buena medida, que el sacramento de la reconciliación se viva con mucha dificultad en la actualidad. Pero ahora hay otros factores (que tienen relación con los factores históricos) que enturbian la vivencia sana de este hermoso sacramento.
La pérdida de sensibilidad ante el pecado (personal y social), y sus
consecuencias. Convivimos a diario con la guerra, la violencia, el odio, la
mentira, que ya forman parte del paisaje de la vida. Esta convivencia tan
cercana nos ha "inmunizado". Parece comprensible, ¿quién puede
aguantar tanto dolor, tanta angustia? Esta insensibilidad suena a un mecanismo
de defensa para sobrevivir en medio de la desesperanza y el sufrimiento.
Hoy todavía muchos sacerdotes siguen ejerciendo la reconciliación casi
sólo como confesión-juicio. No por mala voluntad sino porque así aprendieron.
Se sigue enseñando en muchos seminarios esta concepción y esta práctica. El
Concilio Vaticano II no es tomado muy en cuenta.
La dificultad de una experiencia. del perdón gratuito de Dios. Persiste
la imagen del Dios juez, castigador. Mientras se mantenga esta imagen no se podrá
tener una vivencia realmente evangélica de la reconciliación.
Creo que es una manera de vivir la fe más segura. Es más fácil seguir
las reglas, las normas, cumplir con la ley y el rito, que arriesgarse a ir más
allá.
Se mantiene una concepción muy negativa del ser humano. A pesar de que
el Concilio Vaticano II, en el capítulo I de la Constitución Gaudium et Spes
(Gozos y Esperanzas), cuando habla de la dignidad de la persona humana, propone
una visión muy hermosa y equilibrada.
La enorme oferta de religiones, espiritualidades. Tanta oferta confunde,
hay todo tipo de posibilidades. Entonces cualquier camino lleva a Dios. Sin
negar que Dios sopla donde quiere y puede abrirle camino a sus hijos de muchas
maneras, no toda propuesta es sana y constructiva.
La absolutización del ser humano y su libertad. Todo se vale si me
siento bien. Nuestra cultura ahora sobrevalora la libertad, la singularidad del
individuo, de la persona, a tal grado que el individualismo se ha hecho un ídolo,
la libertad se interpreta como hacer lo que me gusta, me da placer, me hace
feliz, me realiza; y no como aquello que me hace más persona, me integra, me
compromete conmigo y con los demás a buscar lo que nos lleva a vivir más
cabalmente el amor. No se trata de ir en contra de la felicidad y la realización
de la persona. De hecho lo que Dios quiere para sus hijas e hijos vida plena y
feliz.
El
problema radica en que al absolutizar a la persona olvidándose de que la
libertad individual tiene un límite (el respeto y amor al otro), entonces se
rompe con la posibilidad de armonía comunitaria; entonces no hay límites, se
vale todo siempre y cuando me haga sentir bien.
La desintegración de la persona. Nuestro mundo hoy es más complicado y
confuso. Tenemos más nudos psicoafectivos, nos cuesta trabajo encontrar las
causas de ellos. Nos conocemos poco a nosotros mismos. Nos preguntamos como San
Pablo ¿Por qué hago el mal que no quiero y no hago el bien que quiero? ¿Qué
pasa en nuestro interior que seguimos comportándonos destructivamente? ¿Cómo
vencer o cuando menos manejar mejor nuestras limitaciones?
Todavía no hay un desarrollo más pleno de los laicos. Aunque el Vaticano II revaloró mucho su importancia en la vida de la Iglesia, mucho ha quedado en
letra muerta. Una fe nada o poco cultivada dificulta abrirse a nuevas maneras de
relacionarnos con Dios.
La dificultad de experimentar esperanza ante tanto mal en el mundo. Lo sucedido
en Nueva York, Madrid y otras partes del
mundo, nos ha provocado miedo y terror, y
en no pocas personas altos grados de angustia. Se ve muy lejos la posibilidad de
vivir en paz y armonía. Parece que Dios está muy lejos, parece que la historia
está destinada al fracaso. Ante un panorama tan desolador ¿Es posible la
reconciliación de la humanidad? ¿Tiene sentido el esfuerzo personal y
comunitario de conversión, de pasar del hombre viejo al hombre nuevo? El
sacramento de la reconciliación se vacía de contenido ante el fracaso de la
esperanza.
¿Mi experiencia con este sacramento ha sido
constructiva o destructiva?
¿Qué factores han
intervenido para que se dé así mi experiencia?
Primera parte del artículo del R. P. Jesús Acosta González, S. J. publicado en la Revista de Espiritualidad. Jesuitas de México. Número 13. Diciembre 2001-Febrero 2002. Centro Ignaciano de Espiritualidad. Guadalajara, Jalisco.